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05 ÁRCHEZ: ENTRE SIERRAS, RÍOS Y FRUTALES

martes, 12 de mayo de 2009

Árchez entre frutales, sobre la hondura perfumada de un valle. Tímido Árchez bajo el cielo azul y entre el verde. Suenan en sus calles las melodías del río Turvilla. Árchez con esa torre alminar que todo lo vigila desde la altura. Árchez traspasado por su historia mudéjar y por sus leyendas. Árchez, con sus apenas 400 almas rezuma esencia andaluza. Árchez, Joya Merinita del Siglo XII. Fresco y delicado Árchez en su valle de naranjos, entre acequias y molinos. Árchez por descubrir. Ahí está, con su eterno alminar contemplando las laderas de la sierra. Árchez para recogerse.


Árchez, entre frutales

Parece el caserío de Árchez con su blancura entre verdes ser un fruto más de las vides, olivos y nísperos que le rodean. Se encuentra protegido en el fondo de un valle, a la sombra de Cómpeta y acariciado por el frescor de los árboles que le rodean. No resulta de extrañar que la población árabe escogiera este lugar para establecerse. Bebe de su río Turvilla, se refresca de sus frutales, se alimenta de sus cosechas. Se encuentra Árchez en ese trazado histórico que en la Axarquía se ha dado en llamar Ruta Mudéjar, desde la costa, pasado Algarrobo y Sayalonga, poblaciones de mayor presencia poblacional. Parece que será umbrío bajos los soles de justicia estival, fresco y apretado en los calores del verano. Un parking mínimo frente al ayuntamiento nos da la bienvenida y, de manera inmediata, podemos perdernos entre sus calles, laberinto blanco. En el comienzo de ese dédalo nos encontramos con un panel explicativo donde se indican los lugares de interés para ser visitados. Tomamos nota y nos prestamos a ello, con la intención primera de disfrutar de las callejas frescas y tranquilas, acompañadas por numeroso trinar de pájaros y arrullo de palomas. Pronto nos encontramos con una joya arquitectónica.

El alminar de Árchez

Sito en la Plaza Mudéjar y visible casi desde cualquier calle del municipio, el Alminar muestra el delicado poderío de la arquitectura árabe. Se eleva y recorta contra el cielo azul con sus fachadas de ladrillo rojo, su parte superior de albero y su cinta de azulejos blancos y azules. Una pareja de bancos, próximos a la base del alminar, invita a sentarse. Apacible rincón en el que ya resuena el bullanguerío del río cercano. Nos sorprende el repicar de campanas, insistente y agudo en su llamada a misa. El alminar, antigua torre de llamada del muecín a la oración se encuentra adosada a la Iglesia de la Encarnación. Precisamente en uno de sus muros y gracias a uno de los múltiples paneles explicativos que hay en el municipio conocemos que las campanas tienen nombre propio, una de ellas responde a Nuestra Señora del Pilar y otra a María de la Encarnación. Del mismo modo otro de los paneles explica cómo se desarrolló la construcción de este monumento sobresaliente y la trascendencia que tiene como monumento arquitectónico "Elemento vertical en la horizontalidad de la mezquita, el alminar evoca la gravedad vencida por el esfuerzo del hombre, estableciendo la comunicación entre dos espacios, el interior y el exterior". Para los amantes de la anécdota, no podemos dejar de reseñar la historia de una leyenda.
La leyenda de la lagartija y las tentaciones del vino dulce

La leyenda de la lagartija dice lo siguiente: "Cuenta la tradición que en el proceso de fabricación de la campana de la iglesia cayó una lagartija y quedó incrustada e ella. A raíz de ésto, cualquier persona en edad de merecer y soltero podría subir a la torre y tocar la lagartija, en el plazo de un año, encontraría el amor...". Mientras releemos la recreación de esta historia popular, se nos acerca una mujer, nos invita a pasara a los bajos de su casa en lo que intuimos será una pequeña tienda en diario. Allí, en una alacena mínima nos ofrece todo un surtido de productos típicos archeros. Vino dulce, que nos da a probar, higos de Árchez, pasas, torta con almendras, un amplio surtido de dulces... En todos los envoltorios aparece el símbolo del municipio, su torre alminar. La mujer que nos atiende y que nos reclama la compra se llama María y, ante tanta tentación, caemos. Una botella de vino dulce de dos litros - Dura hasta dos años embotellada.- Nos señala María, 6 euros. Y un pan de higos selectos, 6 euros. Caprichos y tentaciones. Será más tarde cuando veamos a María de nuevo en acción, esta vez con dos turistas extranjeros a los que también lleva a su tienda. Sí parecen los archeros y archeras gentes afable y con ganas de entablar conversación. Continuamos el paseo.

La Iglesia y su plaza

Los naranjos, mecidos por la brisa, impregnan de dulce aroma todas las calles. La puerta de la Iglesia de la Encarnación nos muestra una pequeña plaza rectangular en la que se puede leer un panel explicativo en el que se detallan y explican las particularidades de la comida mudéjar, combinación exacta de dulce y salado "La cocina medieval andaluza se caracterizó por el uso de las fermentaciones, de lo agridulce, de las especias, de las hierbas aromáticas y de los dulces. El alcuzcuz, a base de harina de trigo, carne, legumbre, verduras y frutos secos era el plato completo más corriente, como el alhale, carnero curado en sal, o los cocidos de bovino, palomos, perdices y francolines... sin olvidar los panes de pasas y almendras, los buñuelos de queso con miel y los célebres higos de la Axarquía, tan elogiados por Al'Umari e Ibn Al Jabib, con los que se preparaba pan y arrope"... Tendremos la oportunidad, más tarde, de comprobar algunas de estas afirmaciones. Entramos en el templo. Una sola nave ofrece en su frente un altar penachado de nubes blancas y azules. A la izquierda nos llama la atención una imagen de la Virgen de Monserrat, conocida popularmente como La Moreneta. Preguntamos acerca de su presencia en la iglesia y tras dos contestaciones contradictorias optamos por quedarnos con la intriga. Salimos de iglesia. Al final de la plaza, a la derecha y de espaldas al templo hay una buena fuente de dos caños en los que sumergir la cabeza, refrescarse y paliar la sed. A la vuelta de la plaza nos encontramos con una de las muchas sorpresas que ofrece Árchez.... ¡¡Una casa de inspiración gaudiesca!! Como si un fragmento de la Casa Batlló de Barcelona se hubiera trasladado hasta este valle. Sumamos la Virgen de Monserrat y esta casa y deducimos a vuela pluma y sin mucho fundamento que la presencia de algún reducto catalán en estas tierras ha de ser factible. Observando el alminar desde cualquiera de los puntos del municipio, casi se puede imaginar la voz del muecín llamado a la oración. Se respira en Árchez cierta brisa de pasado de relumbrón. Avanzamos por sus calles y accedemos a la Puerta del Río.

Los molinos

El olor dulce, penetrante, permanente nos acompaña. Accedemos al paseo del Río Turvilla, fresco, arbolado. Un puente nos da acceso a los restos de una casa que pudo haber sido molino, y creemos encontrar una comuna hippy. Mujeres de vestidos floreados y pelo larguísimo nos saludan cuando cruzamos. Llegamos hasta el que fue Molino de Doña Fidela, que también lleva una leyenda "comprado el molino por un archero a la propietaria original y haciendo éste obras de restauración en el edificio ha que hallare un cofre repleto de monedas de oro...." Ahora, centro neurálgico de la comuna hippie, se llama Molino Winkler. Buscamos el siguiente Molino, el de Don Matías. Preguntamos a Rafael, un archero que nos indica con exactitud el camino a seguir. Se le ve dibujado en los ojos una pregunta -¿A dónde irán estos? - pero nos atiende con muchísima amabilidad. Pasada la fuente de El Pilar, cogemos el camino del cementerio, por su flanco derecho enseguida veremos una acequia. Hay que continuar por ella hasta el final, allí, nos esperará el Molino de Don Matías. Es un camino trufado de amapolas, nísperos, olivos, chumberas... y sobre ellas bancales de vides que ascienden hacia la sierra. Como permanente banda sonora el sonido del río Turvilla, invisible a nuestra izquierda, y a la derecha el de la acequia por cuyos bordes caminamos. No es un camino apto para todos los públicos, la acequia se rompe en un par de tramos y hay que bordearla, pasar bajo un par de troncos, sortear unas matas y ortigas. Sólo recomendado para personas con cierto espíritu aventurero. Caminamos cerca de veinte minutos entre huertas hasta que entre lo umbrío de varios matorrales altos divisamos nuestro objetivo: el Molino Matías, del que sólo se intuye su esplendor, ahora completamente abandonado. Regresamos. La dificultad del camino nos ha abierto el apetito.

La Posada Mesón Mudéjar

Un amigo nos ha recomendado en Árchez la Posada Mesón Mudéjar, situada en el centro del pueblo, frente a la portada de la Iglesia de la Encarnación, sin posibilidad de pérdida. Llevados por los aromas del pasado y sabiendo que estamos en uno de los pueblos incluidos en la ruta mudéjar de la Axarquía, no podemos menos que hacerle honor a la historia archera. La Posada Mesón Mudéjar es un establecimiento cuidado al detalle. Todos sus elementos, en armonía, hacen de él un lugar cálido, confortable. Velas sobre las mesas, arcos de madera, color albero en las paredes... Además del restaurante posee cinco habitaciones decoradas con delicadeza. Nos sentamos en una pequeña mesa en el patio. Saludamos a Serafín, el propietario, y dejamos que el menú circule ante nosotros: chipirones salteados con ajillo, guindilla y cilantro, revuelto de ortigas del río de Árchez, merluza mudéjar, ajoblanco, pollo mudéjar...
Pedimos 4 cervezas, 2 botellas de agua, 1 ensalada mudéjar, 1 cordero a la miel, 1 pollo mudéjar,1 helado de chumbo = 41 euros. Recomendamos fervientemente sus helados artesanos tal como de higo y pasas, algarrobas o el propio helado de chumbo. Deliciosos. Los precios son razonables y las raciones son generosas. La carta, muy especial, y el toque último, muy bueno. Tras el deleite gastronómico, un paseo.

Despedida

Nos despedimos de Árchez caminando por el paseo del Río Turvilla, el fresco de las sombras y de los frutales aplaca el calor y la inmediatez del río calma la impenitencia del sol. Caminamos despacio, sin poder evitar echar un vistazo al alminar que todo lo preside y dejando volar la imaginación, ideamos aquellos tiempos del S. XVI, cuando la población morisca trasegaba por estos pagos. Casi podemos ver una chilaba a la vuelta de una esquina, pero esto ya no sabemos si es realidad o producto del embrujo mudéjar.

Recomendaciones y enlaces de interés

Recomendaciones: Charlar con los archeros, se sacarán un buen puñado de historias agradables de escuchar y de decir. Dejarse llevar por el pausado ritmo que destila Árchez.
Enlaces de interés: Tres páginas web indispensables para conocer más acerca de este pueblo de la Ruta Mudéjar. La primera de ellas, la del Patronato de Turismo de la Costa del Sol, la segunda, la página web municipal de Árchez. Y tercera, la página web personal de un vecino archero.
Dónde comer: Árchez, además de la Posada Mesón Mudéjar tiene otras opciones gastronómicas. Recomendamos ésta por tener la versión más completa del arte culinario mudéjar.

Este blog queda abierto a los comentarios, anotaciones, opiniones que los navegantes deseen realizar. Nos vemos en El Color Azul del Cielo.

04 FRIGILIANA: AZUL SOBRE BLANCO

martes, 5 de mayo de 2009

Frigiliana es esencia blanca. Frigiliana es explosión de color. Aromas de pasados intensos, de presentes perfumados, de futuros por descubrir escondidos tras sus esquinas. Frigiliana desciende desde las laderas de la sierra para ver el mar, al fondo. Y en el camino, olvida olivos, almendros, naranjos, limoneros, aguacates, nísperos. Villa combativa en la que aún se escuchan los ecos de la cruenta batalla del Peñón. Frigiliana, donde las flores rojas y violetas dibujan su sombra en las paredes inmaculadas. Frigiliana para ser sentida, para ser recorrida con morosidad, despaciosamente. Frigiliana para respirar el intenso embrujo de sus calles. Frigiliana única. Frigiliana de las Tres Culturas.

Allí está

Entre los bancales de frutales que buscan el mar se percibe el intenso blanco de la villa. Encaramada al perfil exacto de la Sierra de Almijara, desciende en pendiente hasta su plaza principal y ya desde ella se intuye el embrujo que destila. ¿Por dónde empezar cuando hay tanto que disfrutar? La información que hemos preparado para este viaje la hemos extraído de la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y de la web municipal de Frigiliana. En esta última se nos propone una ruta dividida en cuatro tramos que nos parece muy interesante y muy práctica. Primer tramo: del Apero al Portón; segundo tramo: del Portón al Torreón; tercer tramo: del Torreón a la Ermita; y cuarto tramo: el Barribarto. Pero antes, hemos de aparcar. Al llegar a una primera rotonda en la entrada de Frigiliana se nos indica Centro Pueblo y Circunvalación, aunque las dos rutas propuestas nos llevan al mismo sitio, aconsejamos escoger la segunda, pues nos conduce directamente a los lugares de estacionamiento. Hay un parking público de pago perfectamente visible, pero aconsejamos dar una o dos vueltas en las inmediaciones para intentar aparcar en la calle. Quizá andemos un poco más, pero dado el tiempo que nos llevará visitar la Villa es mucho más económico dejar el coche al aire libre. Sólo un poco de camino y otro poco de paciencia.

Tramos primero y segundo: del apero al portón y del portón al torreón

Las indicaciones turísticas de la Villa se encuentran perfectamente visibles. Encontramos de manera casi inmediata y en la plaza desde que se contempla el enorme edificio del Ingenio y las construcciones de las Maquinillas una señal que nos lleva hasta el primer punto de destino, la Casa del Apero, que además hace las veces de oficina de información turística. La Casa del Apero ya es un prodigio de conservación, con su patio empedrado, su discreto rincón y la fuente indispensable para acallar los clamores del calor en verano. A la vez nos asalta cierta sana envidia, porque a ese patio desembocan dos casas particulares que en las noches estivales podrán contemplar el primero de los monumentos que ofrece Frigiliana. La Casa del Apero, como se destila de su nombre era un edificio dedicado a guardar los diferentes utensilios de labranza, además de caballerizas y que estaba inextricablemente unido a la fábrica de miel de caña del Ingenio. Ahora es casa de la cultura, oficina de información turística, museo y sala de exposiciones. Allí, previo pago de 1 euro, adquirimos un plano de la Villa en el que se detallan las posibilidades de la visita. Preguntamos por un lugar típico para comer y se nos recomienda... Lo veremos más adelante... Iniciamos desde aquí nuestra ruta con la intención de sumergirnos en la que está galardonada con el Primer Premio Nacional de Embellecimiento de los Pueblos de España. Dirigimos nuestros pasos hacia El Ingenio, antigua residencia de los marqueses de Manrique y, en la actualidad, única fábrica de miel de caña en funcionamiento de Europa. Ya nos advierten desde la oficina de turismo que la visita no es posible por cuestiones de preservación de la higiene. Comienzan desde aquí las primeras impresiones de las flores vivísimas sobre las paredes de blanco inmaculado. Iniciamos el camino por la calle Real, arteria principal del barrio bajo y que, en su camino, nos encontraremos con la gran mayoría de los elementos a visitar. Numerosas tiendas de artesanías, vinos y mieles se abren camino como tentaciones primeras. Tras descubrir los Reales Pósitos con sus arcadas de rojo intenso, se abre ante nosotros una bifurcación. Hacia la izquierda continuaremos por la calle Real, un camino casi liso, y por la derecha podríamos ascender al Barriobarto por la calle del Darra. La información nos indica que continuemos por calle Real (aunque luego habremos de recuperar la altura de una tacada por las escaleras de la calle Almona). Continuamos adelante. Comienza el dédalo de calles. Absolutamente todo el pueblo está empedrado y trufado de arriates y de tiestos y de flores de vivísimos colores y de perfume de naranjos... Paseamos despacio, dejándonos llevar por el ritmo que destila la Villa. En el inicio del callejón de correos hay una fuente, réplica de la que antiguamente hubo en ese lugar. Nos refrescamos con gozo antes de visitar en ese mismo callejón el Taller de Calabazas, una tienda donde el artesano fabrica todo tipo de objetos con este producto del campo, desde lámparas y colgantes hasta palilleros o esculturas. Sin duda, más allá de los monumentos, el auténtico embrujo de Frigiliana reside en las sorpresas que deparan sus callejones, sus rincones minúsculos, sus detalles de flores. Y los nombres, los nombres de sus callejones, del batanero, del señor, del horno... El silencioso rincón del Torreón esconde uno de los tesoros de Frigiliana, una vasija que contiene grabada la inscripción de las tres culturas. En esa inscripción la cruz cristiana, la media luna musulmana y la estrella de David judía aparecen juntas, en armonía cinceladas delicadamente en relieve sobre una tinaja. Hay que buscarla entre tiestos y macetas de flores y cáctus bañados por un tierno perfume de jazmín. De ahí, de aquel descubrimiento parte la idea de organizar el Festival de las Tres Culturas, que este año se celebrará los días 28, 29 y 30 de agosto, con la actuación de Pitingo y Medina Azahara entre otros. Tiene ese símbolo cierta cualidad mágica, un portento de energías que se desprende de él, o quizá sólo sea el deseo y la racionalización de su significado. Quién sabe.

Tercer tramo: del torreón a la ermita. Y el secreto de las doce cabezas. Avituallamiento

Las tentaciones a la derecha comienzan a ser muchas. Pese a no querer salirnos de la ruta preestablecida, un tirón nos hace mirar hacia arriba, hacia las peñas, hacia el Barribarto. Y es que este caserío se abre a la vista, se intuye y presiente como un tótem sobre nosotros. Se vislumbran sus calles a través de El Zacatín, una de las conexiones de calle Real con calle Alta. Se intuyen los vestigios de una torre, la presencia del rebelde morisco El Darra ahí arriba, sopesando la posibilidad de dar la vida en su lucha contra los cristianos. Todo parece posible en Frigiliana. Pasado el desvío que nos induce hacia la cima, El Zacatín, llegamos hasta la plaza de la Iglesia de San Antonio, uno de esos lugares donde sentarse, descansar y comprobar como las sencillas y delicadas paredes de la Iglesia contrastan con el intenso azul del cielo. La Iglesia de San Antonio, que guarda un secreto en su interior. No se observa a primera vista. Caminamos por la nave central, un delicado artesonado de madera sobre nosotros. A la izquierda vemos un grupo de personas agachadas. Se sacan fotografías. Tras ellas, en una hornacina... 12 cabezas. 12 cabezas con doce nombres, los doce apóstoles. Nos acercamos más entre el estupor de los visitantes fotografiados... No son cabezas, son máscaras. Máscaras que representan a los doce apóstoles. ¿Para qué se utilizarán? En la información no aparece nada, pero preguntamos. Las máscaras de los doce apóstoles se utilizan en la celebración de la Semana Santa, los doce acompañan al Cristo en su último día. Saciada la curiosidad y confesado el secreto, salimos de la iglesia y continuamos el paseo. Caminamos por el lateral izquierdo del templo y accedemos a una plazuela a través de "La Bodeguilla". En la plazuela, una trifurcación. Enfrente, la calle de El Garral que asciende al Barribarto, la siguiente, una calleja sin salida, el tercero.... el Callejón del Inquisidor, estrechísimo, en el que se sitúa una fuente con, de nuevo, una media luna, una estrella y una cruz. Tres símbolos, tres culturas. Comienza aquí en estas calles el barrio morisco, un red de calles más intrincada aún si cabe con rincones sorprendentes que recomendamos descubrir, reductos repletos de color, de rojos claveles, portones azules, zagüanes lilas... En las casas, sillas de enea con macetas de flores. Y continuamente, los nombres, callejón de las ánimas, de los moriscos... Llegamos de nuevo a la calle Real, frente a la plaza de la Fuente Vieja nos encontramos con un reclamo irresistible. "Tapa y caña, 1 Euro". El bar se llama "la Alegría del Barrio", taberna de señorío popular, con todo el sabor de lo propio, de lo auténtico, sin aparatajes, una bar de barrio. El ventilador en el techo, las paredes repletas de fotografías, radios antiguas sobre un estante. 4 cañas, 1 tapa de boquerones, 1 tapa de filetitos y 2 tortillas de bacalao = 4 Euros. Estas últimas son recomendación de la casa y están deliciosas, más aún si se mojan con un poco de miel de caña. Una de las hijas del propietario las degusta con fruición, recién hechas y embadurnadas de miel. Un acierto. Tras este avituallamiento seguimos trayecto, visitamos la Fuente Vieja, más adelante el monumento moderno a las tres culturas y al final de la calle, la ermita del Ecce Homo. Llega la hora de subir al Barribarto, y las vemos. Las escaleras de la calle Almona que nos llevarán hasta ese pedazo de historia que allí se fraguó. Subimos despacio, sin prisas, con paradas.


Cuarto tramo: El Barribarto
El Barribarto es impresionante, dédalos de callejuelas, repletos de macetas. Violetas, rojos, azules, verdes sobre las paredes inmaculadas. Las cortinas de las puertas se baten con la brisa. Se hacen realidad las íntimas particularidades de Andalucía en estas calles de apacible transitar. Cada recodo, cada rincón merece ser visitado morosamente, con paciencia y con quietud, en silenciosa procesión, dejando que la vista y el olor y el tacto se sumerjan en esta íntima Frigiliana que parece no haber cambiado en los últimos quinientos años. Y el cielo siempre rotundo, inmenso y azul. Muchas puertas abiertas y casas con nombre femenino Casa Sofía, Casa Rosarico. Vemos, ahora desde arriba la calle El Garral, El Zacatín, cómo desciende hasta la Calle Real que antes hemos transitado. La calle Almona se transforma en calle santa Teresa y en calle Alta y en calle Sto. Cristo. Pese a la altura, el laberinto de calles aún no nos ha permitido ver el mar que se intuye más allá de las casas y de las terrazas, en el horizonte. En una de las calles que ascienden hacia los restos del castillo, la calle Chorrera, nos encontramos con el "Harén Fantástico", una suerte de artilugio mecánico que tras la introducción de 50 céntimos nos muestra las querencias de media docena de odaliscas árabes bailando. No logramos localizar el camino hacia el emplazamiento del antiguo Castillo de Lízar. Caminos que se acaban, puertas cerradas... Proseguimos. Como recomendación en el Barribarto y en Frigiliana en general, no guardar la cámara de fotos, cada rincón es susceptible de ser retratado. Seguimos hacia adelante cuando, de pronto, se abren las calles para dejar paso a un amplio mirador sobre el mar. Un banco invita a sentarse y disfrutar este espectáculo de arquitectura y naturaleza. Se contempla el mar, las montañas, el caserío blanco en una fusión completa hasta el Mediterráneo. Se le llama el Mirador del Sto. Cristo. Entablamos conversación con Antonio, un hombre mayor sentado sobre una silla entre el sol y la sombra, que nos cuenta los avatares de su vida en este barrio y nos detalla cómo en la guerra civil y a causa de un bombardeo se desprendió una roca desde lo alto del Barribarto hasta la parte más baja de Frigiliana. No tenemos posibilidad de contrastar la historia, pero allí contada, con la mirada en el mar y el sol sobre la cara, nos parece una buena historia. Caminamos. La montaña invade las casas y las calles y éstas se adaptan a lo abrupto, a lo sinuoso de la sierra. Un poco más adelante hay otro mirador completamente invadido por las mesas de un restaurante. Continuamos y, descendiendo ligeramente, llegamos al Peñón de la Sabina, un espléndido balcón bajo el que se observa la parte más nueva de Frigiliana, el Ingenio y las primeras estribaciones del Barribarto desde la calle El Darra. Fotos.

La Bodeguilla

Descendemos hasta la calle Real por entre las callejas, nos perdemos entre los aromas y los colores. Pero lo poético no está reñido con lo pragmático, así que decidimos escoger un lugar para comer entre la numerosa oferta que ofrece el barrio antiguo de Frigiliana. Hemos leido unas indicaciones, y hemos preguntado y hemos hecho averiguaciones. Entre los nombres que se nos ofrecen, uno se repite, La Bodeguilla "El Rincón más típico de Frigiliana", como reza su publicidad. Esta mañana pasamos por allí, se encuentra paralelo a la Iglesia de San Antonio, así que no hay problema para llegar. Apenas una decena de mesas se apiñan entre el callejón del Inquisidor y el comienzo de la calle Garral. Sillas de hierro y mesas camillas sin ostentaciones. Charlamos con Rosario, la propietaria, que nos atiende con amabilidad exquisita y nos cuenta que este es uno de los pocos restaurantes de la villa que ofrece platos típicos y de auténtica comida casera. Choto, migas, sopa de tomate, ajoblanco. Los precios son muy razonables si tenemos en cuenta que estamos comiendo en el corazón de Frigiliana. Los platos más caros, el entrecote a 10 euros y el plato especial La Bodeguilla, a 10 euros. Nos decantamos por choto a 9,50 euros y el plato especial a 10 euros al que añadimos 4 cervezas y dos vasos de vino dulce de postre. Total, 27,50 euros. El plato especial lleva huevo frito, papas a lo pobre, chorizo y morcilla, choto, pisto, carne en adobo y migas. Completísimo y delicioso. Caben destacar las migas, caseras y sabrosísimas. Es un restaurante completamente familiar bajo la premisa de "Después de 20 años nos sentimos orgullosas de nuestra clientela y esperamos gracias a Dios y a nuestros clientes, sigamos muchos años más". Se paga en el interior de la casa, entre las fotos de comuniones, bodas y reinas de la feria.

La búsqueda del emplazamiento del Castillo de Lízar

Optamos, en la tarde, más fresca, por recorrer las calles de Frigiliana para visitar las múltiples tiendas de artesanía que ofrecen todo tipo de productos. Hay varios comercios en los que se puede adquirir la miel de caña, deliciosa, y el vino realizado con sus vides próximas. Los precios, para todos los gustos, la artesanía, también para todos los gustos. Tras el paseo, bajada ya la comida, pero aún con la espina clavada en nuestra infructuosa búsqueda del acceso al emplazamiento del Castillo de Lízar, decidimos preguntar. ¿Cómo se llega hasta allí arriba? Desde la calle de El Zacatín se ve, pero no se puede acceder. Nos cuentan que hay que salir del pueblo, que el acceso no se realiza desde el Barribarto. Tomamos nota. Conviene ir en coche, los más animados pueden hacer el camino andando, pero son casi dos kilómetros de subida muy seria. Hay que atravesar el pueblo, dejando a la izquierda el nuevo pabellón municipal, a la derecha la entrada a la calle Rosario, y tomar dirección carretera de Torrox. Aproximadamente a 600 metros encontramos un desvío a la derecha en el que se indica "El Fuerte de Frigiliana". Allá vamos. Carretera de ascenso mal asfaltada y con su tramo final de pista. Hay que seguirla todo recto, entre algunas casas diseminadas en la parte superior hasta llegar a una gran alberca. Justo encima de la alberca hay una pequeña explanada donde dejar el coche y en la que vemos un panel explicativo que nos indica que estamos en el Pozo de Lízar. Enfrente, la sierras cortadas a pico, majestuosas e impresionantes, detrás, un pequeño promontorio en el que se aprecian algunos muretes derruidos. Miramos el promontorio, a la izquierda hay un camino marcado que proviene desde Frigiliana, un tanto a la derecha, una flecha blanca sobre una roca nos indica el camino. No es malo, pero sí estrecho y con cierta altura. Recomendamos a las personas con algo de vértigo que no se suban. El resto... se va a encontrar con una vista impresionante. Al fondo, el mar, a la izquierda, las sierras, a la derecha, las lomas repletas de frutales que llevan hasta Torrox, debajo, el Barribarto de Frigiliana. Vemos perfectamete su trazado, el Zacatín, la calle Chorrera, casi a vista de pájaro. El cielo azul sobre nosotros. No hay paisaje comparable. Resulta apabullante, casi estremecedor. El atardecer nos acompaña. Casi podemos sentirnos como el morisco El Darra esperando la llegada de los ejércitos de cristianos viejos. Pero ahora, en la cima, aguardamos ver la Frigiliana que no se ve, la que queda tras las calles encaladas y da paso a los umbríos patios decorados de explosivas flores, la de puertas adentro, la que se aferra a la tierra y mira al mar.

Recomendaciones y enlaces de interes

Dos recomendaciones útiles: Primera: Calzado cómodo, Frigiliana es una lugar para andar, para subir y bajar, para perderse y reencontrarse, para recorrer e investigar. Segunda: ligera ropa de abrigo, en las ncohes refresca y aunque en verano hace calor, el entramado de las calles permite las sombras y que corra cierta brisa.
Comer en Frigiliana: recomendamos la Bodeguilla por tradicional, pero son numerosos los restaurantes que desde el Barribarto ofrecen comidas caseras con unas vistas panorámicas impresionantes. En precios hay de todo, más y menos modestos.
Productos: No se olvide comprar la miel de caña elaborada en El Ingenio, única fábrica de Europa en la que todavía se fabrica. Es densa y untuosa y tiene un sabor excelente para combinar con salados o utilizarla para salsas.
El Festival de las Tres Culturas: este año celebra su cuarta edición. Conciertos y espectáculos para todas las edades. Su esencia es la mezcla, la convivencia entre árabes, judíos y cristianos. Una cita cada edición más destacada dentro del programa de actividades culturales que Málaga ofrece en verano. Podeís visitar su enlace en el Festival de las Tres Culturas.
Senderismo: El entorno natural de Frigiliana es espectacular, existe un completo programa de senderos para los visitantes más animados que podeis ver detalallado en Programa de Senderos.
Enlaces de Interés: para realizar este viaje hemos consultado tres páginas web la del Patronato de Turismo de la Costa del Sol, la web municipal de Frigliana y la página Frigiliana.info

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