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101 MÁLAGA: SUEÑO MEDITERRÁNEO (Primera Parte)

martes, 15 de marzo de 2011

Parpadean las luces de la calle Larios, titilan y alumbran y enmudecen y pintan y decoran y bosquejan la ciudad. Calle Larios, que parece marcar la senda desde el mar hacia el interior de la ciudad, que permite que el sabor de la sal, del Mediterráneo, del Mare Nostrum se cuele en el corazón de una capital siempre viva, de una ciudad que se despereza tarde y que se acuesta más tarde aún. Calle Larios, calle Marqués de Larios, arteria principal, fundacional, que parece dirigir con su pálpito las emociones de la capital, emociones que ya intuyeron los fenicios y los romanos y los árabes y los cristianos y los franceses y los burgueses y los turistas del siglo XX. La calle Larios es una calle de reposos y urgencias y, desde ella, se abre Málaga. Se abre la ciudad como una flor que muestra sus encantos a todos los visitantes y que muestra sus secretos a los viajeros que deseen descubrirlos. Málaga, que resume las esencias de la provincia entre sus calles. Málaga que es beata y bullanguera, artística y artesana, pícara y honesta. Málaga asomada al mar, inevitable, que perfuma sus calles con el salitre, que acompasa sus horas de siesta con el graznido de las gaviotas. Mar por el que recibió a los fenicios en el siglo VII a.C., que compuso salazones con los productos extraídos de su corazón más íntimo y azul para el imperio romano, que permitió que el mundo la descubriera a través de su puerto. Málaga de Semana Santa y catedral inacabada, de pescaíto y espeto, de Picasso y de biznagas, de azahar y jazmín, de mártires y cenacheros, de tapeo y de paseo, de alcazaba y de convento… Málaga para vivirla. Malaka, Málaga.

La preparación del viaje, de la visita, de la experiencia

Tiene Málaga tantos rostros como el viajero desee, se adapta su patrimonio cultural, histórico, sociológico, gastronómico y artístico a prácticamente todos los gustos y experiencias. De este modo se abren ante nosotros un sinfín de posibilidades que vamos a tratar de condensar, de aglutinar y desgranar. Para realizar una visita lo más completa posible se requiere tiempo. Tiempo para visitar, pero también tiempo para dejarse llevar. Málaga es una ciudad de rica historia, pero también profundamente dionisiaca. Gusta de mostrar sus placeres en forma de atardecer, de paseos largos al borde del mar, de templos culinarios, de perfumes de jazmín y de azahar, de patios típicos, de gastronomía popular, forma parte de su idiosincrasia, de su esencia, y eso no se puede olvidar en su recorrido.
En la página web http://www.malagaturismo.com/ encontramos muchas pistas y posibilidades para organizar nuestro viaje. Rutas, agenda, descripciones de monumentos, teléfonos de interés, guías de hoteles, guías de la provincia, etc.
Para los viajeros urgentes, con poco tiempo y que deseen realizar una visita a los principales monumentos de la ciudad, Málaga Turismo ofrece una visita guiada al precio de 5 euros que incluye un recorrido exterior del Centro Histórico, y en la que se visitará (sin entrar en los monumentos) la Catedral, el Museo Picasso, el Teatro Romano, la Alcazaba, la Casa Natal de Picasso y la iglesia de Santiago para terminar con una copa de vino dulce en la bodega El Pimpi. La visita tiene una duración aproximada de 90 minutos, se realiza en español y en inglés. Si se requiriera en francés, alemán o italiano, habría que solicitarlo previamente en el teléfono 669.127.457.
Para los viajeros que quieran hacer un tour a su acomodo y gusto. En la misma web se pueden descargar hasta 8 rutas en formato pdf. Rutas señalizadas en un plano callejero muy útil y que son: Málaga monumental, Málaga botánica, Málaga romántica, Málaga sacra, Ruta de la piedra y el agua, Málaga tradicional, Málaga contemporánea y Málaga picassiana.
Para aquellas viajeros que deseen un poco de todo con tiempo, también se puede descargar un callejero de la ciudad donde se indica el posicionamiento de los monumentos más relevantes y hacer un trazado de la visita a su gusto y según sus intereses.
Aún con todo, el viaje, previamente informados y documentados, es aconsejable iniciarlo en la Oficina de Turismo de la plaza de la Marina, situada en la entrada de la calle Larios, hay otras repartidas por la ciudad, pero esta es la principal. Allí nos orientarán sobre horarios (casi todos los monumentos abren de manera ininterrumpida, pero hay algunos que no, y eso a la hora de planificar la visita es imprescindible), precios, etc. En la gran mayoría de monumentos y museos hay que pagar por entrar, tarifas que van desde 1 euro hasta 8, así que para evitar congestiones y hacer demasiada cola, es aconsejable llevar dinero suelto. Con la entrada a los monumentos se sufraga su conservación, la gran mayoría de las veces están bien empleados, ya que en el interior de los mismos siempre hay guías dispuestos a explicar, contar o solventar alguna duda surgida en la visita.
Para realizar nuestra visita a Málaga, hemos decidido emplear dos días. En el primero realizaremos una visita al Centro Histórico, con sus monumentos y museos, y en el segundo una visita al Teatro Romano, la Alcazaba, el Castillo de Gibralfaro y los barrios marinos y pesqueros de Pedregalejo y el Palo. Las opciones que ofrece Málaga para pernoctar son infinitas y de tantos precios como turistas. Nosotros optamos por un alojamiento en el centro, para dejar el coche estacionado en uno de los varios parking públicos y olvidarnos de él. Muchos establecimientos tienen convenios con los estacionamientos públicos y al pasar la noche en uno de ellos ofrecen buenos descuentos, es interesante preguntarlo antes de decidirse por uno otro.
Nos hacemos con una buena cantidad de folletos, diseñamos el trazado definitivo de nuestra ruta que incluye Picasso, la burguesía del XIX, varias iglesias y museos, la Catedral, Lorca, el Pimpi, una parada técnica/homenaje en el Pimpi…

Desde la plaza de la Marina hasta el Museo de las Artes Populares, pasando por la Casa de Guardia y el mercado de Atarazanas

Iniciamos nuestros recorrido en la plaza de la Marina, que recoge el rumor del tráfago portuario a su espalda y se abre a la ciudad en tres direcciones. Hacia el este se encuentra el paseo del Parque, hacia el norte la calle Larios y hacia el oeste la Alameda. Seguimos este rumbo. Caminamos bajo los árboles, contemplando el ir y venir de los coches, los turistas, los malagueños, todo en un totum revolutum que hace de esta ciudad lo que es. Nuestra idea es llegar hasta el mercado de Atarazanas, sin duda uno de los centros neurálgicos de las mañanas malagueñas, donde el tráfago de gentes y mercancías es constante. Pero antes, en el número 18 de la Alameda, nos encontramos con uno de los templos de Málaga, la Antigua Casa de Guardia. Un monumento a la taberna tradicional, a la cantina de barrica y vino dulce, al tiento del caldo terreno. Barra de madera, productos frescos, la luz entrando con timidez en su interior. En su página web (http://www.antiguacasadeguardia.net/) incluyen toda la información necesaria para poder disfrutar del bar antes incluso de recalar en él. Decir, como nota, que está fundado en el año 1840, que permanece inalterable desde entonces y que está considerada como la bodega más antigua de la capital. Anotamos horarios. La Bodega aún legañosa, está despertando.
Continuamos el camino por la Alameda hasta encontrar la desviación (indicada) hacia el Mercado de Atarazanas. Nos encanta. Los mercados tienen ese algo especial que marca el pulso de la ciudad con sus horarios, con su algarabía, con sus productos. El de Atarazanas se edificó en el siglo XIX y su arquitecto, Joaquín de Rucoba dejó intacta la fachada mudéjar labrada en mármol. Entramos y en la luz tan particular que tienen los mercados nos sumergimos. Productos mil, frescos, los pescados aún cabecean y se mueven. Compras, soniquetes, llamadas. Malagueños con urgencias y turistas con la boca abierta. Palpita el mercado de Atarazanas y su vidriera transmite una gama de colorido imposible. Transitamos por sus puestos de pescado, de encurtidos, de carnes y verduras… Por su olor particular. El nombre del mercado proviene de la ocupación del antiguo edificio que aquí se ubicaba, una atarazana, que venía a ser un taller o un lugar de fabricación.
Con el perfume inconfundible del mercado aún en la nariz continuamos nuestra visita, para llegar hasta otro templo malagueño del comercio. Continuamos por la calle Atarazanas hasta Puerta del Mar y de ahí hasta la plaza Félix Saénz. Precisamente aquí se encuentra el edificio con los almacenes del mismo nombre. En marzo de 2011 se encuentra en pleno proceso de rehabilitación, pero es, sin duda un edificio majestuoso. Y es que en la visita al Centro Histórico hay que mirar hacia arriba. Son numerosas las construcciones destacadas, con las galerías abalconadas acabadas en madera blanca, con balcones cerrados y con visillos, con las persianas de listones enrolladas y los balcones de forja negra. El siglo XIX y principios del XX fue el periodo de la eclosión económica de la capital malagueña, su centro, punto de reunión de la burguesía creció al florecimiento de la industria y del comercio. Los potentados burgueses construyeron aquí sus tiendas, sus casas, sus lugares de encuentro. En la actualidad Málaga desprende aún ese encanto rococó, neobarroco y decadente de aquella época. Muchos edificios se encuentran restaurados y en nuestra visita no podemos dejar de mirar hacia arriba. El de los Almacenes Félix Sáenz corresponde a la corriente modernista, elevado entre los años 1912 y 1914 por Guerrero Stracham. En su interior albergó hasta hace relativamente poco tiempo (la empresa cerró en 2007) los almacenes del mismo nombre, uno de los primeros centros comerciales de la capital, abrió sus puertas en el año 1886 y llegó a tener 300 trabajadores.
Continuamos el paseo por el centro a la búsqueda del río Guadalmedina, a su vera, en el pasillo de Santa Isabel se encuentra el Museo de las Artes y Costumbres Populares. Ocupa un antiguo edificio del siglo XVII llamado mesón de la Victoria. Es completísimo. El repaso por el pasado reciente es casi abrumador, desde los detalles más insignificantes de la vida cotidiana hasta un antiguo coche de bomberos forman parte del patrimonio del museo. Se encuentra dividido en 19 salas y en todas ellas se explica con piezas inigualables y auténticas los trasiegos de los malagueños y malagueñas con el devenir de los años. Detallar un sillón de partera del siglo XVI, una traíña aún utilizada en el siglo XX, los aperos de labranza para la recolección y la siega en el campo, la recreación casi perfecta del interior de una casa burguesa. Resulta fascinante comprobar cómo han cambiado las tradiciones en apenas cincuenta o sesenta años, la evolución de los útiles cotidianos. La entrada al museo cuesta dos euros por persona. Sentimos el sabor de lo añejo en el paladar. La recuperación de las artes populares en forma de patrimonio etnográfico es impagable y en el museo se le da la relevancia que debe tener.

Desde el Museo de las Artes Populares hasta la Catedral (sin entrar aún)

Caminamos por el pasillo de Sta. Isabel hasta tomar la calle Carretería que nos conduce desde la ribera del río, de nuevo al interior del centro de la ciudad. En nuestro caminar nos topamos con una par de comercios curiosos, erigidos en altar de la venta de imágenes religiosas, santos, escapularios, figuras del Belén, etc… Continuamos el camino, mirando hacia arriba, descubriendo siempre algún edificio que merece la pena ser visto. Más comercios curiosos, populares, tradicionales. Llegamos hasta la entrada a la calle Biedmas, donde se encuentra ubicado el Museo del Vino, en una plaza cuyo nombre le va que ni pintado, la plaza de los Viñeros. El museo ocupa el rehabilitado Palacio de Biedmas, de estilo barroco y erigido en el siglo XVIII y pretende ser un recorrido por todas las etapas de elaboración del vino, además de una muestra de los caldos propiamente malagueños. En su página web (http://www.museovinomalaga.com/) se puede acceder a toda la información, que incluye clases de cata, litografías, tienda, etc. El museo albergará además la sede del Consejo Regulador de las Denominaciones de Origen “Málaga”, “Sierras de Málaga” y “Pasas de Málaga”. La entrada cuesta 5 euros y en la misma se incluye una cata de dos vinos con Denominación de Origen. Tentador.
Salimos a la calle Carretería y nos dirigimos, pasando junto a un lienzo de la muralla medieval, hacia el Museo de la Semana Santa. En la acera derecha se nos direcciona perfectamente hacia el edificio de reciente apertura. Entramos, previo pago de tres euros por persona. Aquellas personas que no hayan vivido la Semana Santa malagueña de cerca e alguna ocasión se sentirán abrumadas. En el interior del espacio expositivo encontramos todos los elementos que la conforman, desde cómo se ordena una cofradía, hasta cómo se talla una imagen, pasando por una muestra del detalle de mantos y coronas e incluso de los inmensos frontales de dos tronos y uno de ellos completos. La Semana Santa trasciende lo religioso o espiritual para transformarse en un evento cultural y social de primer orden en la capital malagueña. En el museo se explica su evolución, su desarrollo, su importancia, sus aspectos más destacados y más curiosos. La majestad de los tronos es inconcebible, así como imaginar su peso imposible. Los profanos entendemos algunas de las claves tras la visita, comprendemos algunos porqués que hasta entonces nos podrían resultar inexplicables, desvelamos algunas incógnitas. Resulta una visita muy instructiva. Además, el museo se ubica en un edificio importante, el antiguo Hospital de San Julián, fundado por la Hermandad de la Santa Caridad, “hija de la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla” en 1683 e inaugurado en 2010 para el propósito actual. Su página web (http://www.mssmalaga.es/) ofrece muchos e interesantes datos. El museo huele a incienso a velas prendidas, suenan los ecos de las bandas… Salimos de nuevo a la calle con un fragmento de la semana santa malagueña prendido en la mochila.
Tomamos la calle Ballesteros y desde allí la calle Andrés Pérez, de nuevo a la búsqueda del Centro Histórico. En nuestro camino nos cruzamos con la iglesia de la Divina Providencia y su espigada torre que despunta hacia el cielo entre las estrechas callejas hasta llegar a uno de los principales templos de la capital malagueña, la iglesia de los Mártires. Es un edificio majestuoso, de arquitectura poco convencional, con un diseño exterior fuera de lo común dentro de los cánones habituales. Destaca su revestimiento exterior en ladrillo rojo, vibrante y brillante, su altísima torre campanario que parece querer despegar hacia las alturas. Y el interior es apabullante, recargado, ejemplo claro del horror vacui (miedo al vacío) del barroco. Intenso perfume a inciensos que adensan el aire y la luz tamizada por los cristales de las vidrieras. Las gentes entran y salen, se arrodillan, murmuran una oración en alguna de sus capillas, encienden una vela votiva, se marchan. Los goznes de la puerta chirrían en cada ocasión en la que alguien entra o sale. La iglesia de los Mártires (San Ciriaco y Santa Paula) fue erigida en entre los siglos XV y XVIII, fue fundada tras la conquista de la ciudad por las tropas cristianas, aproximadamente en el año 1491 y consagrada en 1505. Caminamos despacio por su interior, con respeto y reverencia, procurando molestar lo menos posible a los feligreses. Salimos y tomamos la calle Mártires, cruzamos la calle Compañía y la calle Especierías hasta llegar a la iglesia de San Juan, otro de los templos referenciales de Málaga. Es uno de los cuatro templos fundados por los Reyes Católicos tras la conquista y rendición de la ciudad en su camino a Granada. Erigida en los siglos XV y XVII mezcla sin complejos el estilo gótico con el mudéjar. En 1543 se terminó la torre. En 1554 se realizó la primera ampliación. En 1620, la segunda ampliación. Y en 1680 se levantó el pórtico situada en la nave lateral derecha. En la actualidad es uno de los templos, junto con el de los mártires, más visitados por los feligreses, ya que su ubicación en el Centro Histórico permite más fácil acceso.
Desde la iglesia de San Juan accedemos hasta la plaza de la Constitución, cabecera de la Calle Larios, puntal de la vida malagueña, siempre concurrida. Pero antes, queremos acercarnos hasta el edificio de la Sociedad Económica de Amigos del País, una construcción con una historia interesante y que ha albergado en su interior, desde su construcción en 1785, diversas ocupaciones. Montepío de Socorro a los Cosecheros, del Consulado Marítimo y Terrestre, de la Sociedad Económica de Amigos del País y del colegio de Jesuitas. Las informaciones nos cuentan que es un edificio “típico de la arquitectura doméstica del siglo XVIII, con balcones corridos en sus pisos superiores donde se abren huecos regulares y patio central rodeado de galerías voladas”.
La plaza de la Constitución es otro de los centros neurálgicos de la capital malagueña. Por aquí transitan las procesiones de Semana Santa en su tiempo, los jóvenes que se desplazan a la calle Granada y la plaza Uncibay para su recreo personal, los malagueños y malagueñas con sus compras, los turistas guiados, los turistas sin guiar… Si la calle Larios es arteria principal, la plaza de la Constitución es corazón del Centro Histórico.
Desde la plaza, cruzamos el Pasaje de Chinitas en busca de la catedral y el Palacio Episcopal. Pasaje de Chinitas, de significación malagueña y referencia lorquiana. La historia del Café de Chinitas requeriría un reportaje en sí mismo. Decir tan sólo que fue lugar de parranda intelectual, de desorden público, de tertulia literaria y política, de buena escandalera, “a medio camino entre lupanar y escenario galante”, que apunta el Diario Sur. Todo entre finales del siglo XIX y principios del XX (cerró en 1937).
Federico García Lorca lo menta en una de sus obras del siguiente modo:
“En el café de Chinitas
dijo Paquiro a su hermano:
“Soy más valiente que tú,
más torero y más gitano”.
En el café de Chinitas
dijo Paquiro a Frascuelo:
“Soy más valiente que tú,
más gitano y más torero”.

Dicho queda. Desde aquí, y con el eco de la parranda resonando en los oídos caminamos hacia lugar más trascendental para el espíritu. La Catedral.

La Catedral y el Palacio Episcopal


Con los ecos lorquianos aún resonando como castañuelas en los oídos, nos acercamos a la rotundidad, la majestad de la Catedral, que Málaga, siempre dado a lo bufo y a lo solemne a parte iguales llama con naturalidad “La Manquita”, ya que de sus dos torres proyectadas tan sólo se pudo construir una, y así quedó el templo, manco (manca en esta caso al ser catedral) de una de sus torres. Si la catedral resulta impresionante por su magnitud y hechuras desde fuera, la visita al interior resulta impagable. Pero antes, vamos a visitar el llamado Palacio Episcopal, situado junto a la Catedral, en la plaza del Obispo. Este es un clásico centro de reunión turístico. La sombra de la catedral se proyecta sobre la plaza y bajo su protección son muchos los viajeros que se fotografían y retratan. Otros, toman un tentempié en algunas de las terrazas que ocupan parte de la delimitación. Hay murmullo de gentes, de idiomas diversos, de lenguas distintas y acentos lejanos. Grupos grandes y grupos pequeños siguen a banderas y paraguas con obediencia. Se cuentan aquí las cosas de la Catedral, de sus anécdotas y curiosidades. Mientras el Palacio Episcopal vigila. Es un conjunto de edificios que configuran una gran manzana erigidos entre los siglos XVI y XVII y que albergan en sus fachadas y contenidos diversos estilos destinados a diversas funciones. En la actualidad sus estancias interiores se utilizan como Museo Diocesano y sala de exposiciones. Dejamos atrás el museo y nos preparamos para entrar en la Catedral.
Aguardamos algo de cola y pagamos, religiosamente, 5 euros por persona. El interior del edificio, y pese a conocerlo ya, nos deja de nuevo sin habla. Es, espectacular. Ya los árabes escogieron este mismo emplazamiento para erigir su mezquita-aljama, la mezquita mayor de la ciudad durante los ocho siglos de permanencia árabe en la ciudad. Será a partir de 1528 cuando se inicie la construcción de la Catedral de la Encarnación que se prolongó durante los siglos XVI y XVIII y que resultó inacabada. Más concretamente el remate de la fachada principal y la torre sur, de ahí el sobrenombre, ya mencionado, de La Manquita. La página web de Málaga Turismo nos ofrece alguna explicación más: “De su interior cabe destacar la obra escultórica del coro, con 42 tallas realizadas por Pedro de Mena, y los dos órganos, magníficos instrumentos musicales -cuentan con más de 4.000 tubos-, raros ejemplares del siglo XVIII que aún se conservan en buen uso”. Las palabra, aún se quedan cortas. La altura interior del edificio sobrepasa el sentido de la medida, resulta altísima, más aún cuando nos encontramos bajo su cuerpo central, 41,79 metros de altura. Las columnas colosales sustentan todo el techo y gracias a un doble semicírculo forman un altar mayor único, presidido por una gran cruz de piedra y por cuya parte trasera se puede circular. La luz realiza juegos de tamiz imposible, los colores de las vidrieras pintan de manera caprichosa aquí y allá, obedeciendo a la lógica única del sol y su capricho. Los cuadros que penden de sus paredes también son grandes formatos, enormes, desproporcionados. Los turistas van de uno a otro, hacen amago de sentarse en su coro, caminan de aquí a allá y todos nos sentimos un tanto minúsculos, hormigas hacendosas que tiran fotos (sin flash), atienden a los comentarios, anotan, leen, reposan sobre los bancos de madera, rezan. Nos perdemos en el interior de la Catedral que nos devora sin contemplaciones, disfrutamos con cada detalle, con cada anécdota leída o escuchada, con algunos comentarios sorprendentes. La Santa Iglesia Catedral Basílica de la Encarnación vive a caballo de dos estilos, el barroco de su exterior y el renacentista de su interior, precisamente está considerada uno de los máximos exponentes de este tipo en Andalucía. En la siguiente referencia web las personas más interesadas podrán encontrar una información exhaustiva y muy detallada del conjunto catedralicio. Resuenan en nuestra cabeza los ecos oídos, entrevelados, en el templo, la luz prodigiosa, el coro delicado, los cuadros imponentes, la música de los órganos silenciosos… Nos asalta, en la calle la luz del sol y cierto pellizco en el estómago.

Parada técnica / homenaje en El Pimpi

Teníamos la intención de visitar en primer lugar el Museo Picasso y, después acercarnos a una de las bodegas más famosas y con más solera de la capital, El Pimpi, pero el tiempo se nos ha echado encima entre perfumes cardenalicios y decidimos variar nuestros planes y dirigirnos nuestros pasos desde la Catedral a la calle Granada a través de la calle San Agustín. La calle Granada es uno de nuestros paseos preferidos de la ciudad, comunica la plaza de la Constitución con la plaza de la Merced y siempre es bulliciosa, de trasiego constante, de un marchar de gentes. Aquí se encuentran algunas tabernas populares como La Campana o El Piyayo, donde tapear y comer bien a gusto, algunos restaurantes de cierto postín como el Mariano en la plaza del Carbón o El Clandestino, muy próximo. También en la calle Granada, en la plaza del Siglo, se encuentra el moderno edificio del Patronato de Turismo de la Costa del Sol, en cuyas oficinas se gestaron la idea de es blog de viajes que ha recorrido los 101 municipios de la provincia y el nombre de El Color Azul del Cielo. El periódico La Opinión de Málaga también tiene su redacción en esta calle, así como numerosas tiendas y comercios. En cuanto a tabernas, tenemos nuestra querencia personal y se llama Pimpi. Su historia y la de su nombre son estupendas. En el puerto de Málaga, a comienzos del siglo XIX había algunos jóvenes serviciales que ayudaban a las tripulaciones de los grandes barcos y a sus pasajeros a descender a tierra y a descargar sus equipajes, a estos jóvenes y niños se les llamaba “pimpis”. Con el paso del tiempo, los servicios de estos “pimpis” fueron aumentando y se convirtieron en los primeros guías turísticos de la capital, cuya seña de identidad era una bicicleta con la que se trasladaban de un lugar a otro. Un día, más o menos organizados, se hicieron cargo de una bodega que había frente al Teatro Romano, bodega a la que se denominó “El Pimpi” y que desde su creación se convirtió en punto de encuentro indispensable de jóvenes malagueños y de turistas. Ahí quizá radica parte de su encanto, que a la sombra de sus barricas y toneles se cobijan tanto los más puros “boquerones” como los más sonrosados nórdicos o asombrados japoneses todos al amor de la buena comida y la buena bebida. Además entre sus paredes se celebran tertulias, encuentros de poetas, flamencos, escritores y artistas… Antonio Gala, Manuel Alcántara, Lola Flores o Antonio Banderas han firmado en sus barricas. La historia remota del Pimpi que llega hasta 1800, se combina con su historia moderna, que nos reclama hasta el año 1971, cuando se creó el actual local sobre los vestigios (y nombre) del anterior sin mover ni una viga. A nosotros nos gusta por el ambiente auténtico, por sus inmensos y añejos carteles de toros, por el sabor inconfundible de lo tradicional, por el ambiente bullicioso y tranquilo dependiendo de las horas, porque tan pronto se come como que se almuerza o se tapea o se picotea o se cena. Nosotros entramos para hacer una parada técnica y el espíritu del Pimpi la transformó en un auténtico homenaje. En su carta tenemos tablas de ibéricos y quesos, carne a la sal y tortilla “de papas” casera, ligeritos y tostas, rellenitos, ensaladas… Para saber qué es cada uno de estos bocados… hay que descubrirlo in situ. Pedimos 6 cañas, 1 picadillo de tomate, un ligerito serrano (lomo con salsa de pimiento), un ligerito pringá (deliciosa carne de puchero), un ligerito montes (lomo en manteca), un ligerito palomar (chicharrones), un salmorejo (para limpiar) y una tortilla de patata casera. Total, 33,35 euros. Se nos pasa el tiempo de forma veloz, charlamos, comentamos, reímos, pedimos una caña y luego otra, un ligerito más. Miramos las fotos tiradas a lo largo de la mañana, planificamos el tiempo de la tarde, y sobre todo, disfrutamos, recordamos a los amigos y amigas con los que hemos compartido mesa aquí mismo, a los que queremos traer, a los que nos hubiera gustado acercar. Sonreímos y nos pertrechamos. Es hora de visitar a uno de los grandes hijos de Málaga, al menos su obra, el genio Pablo Ruiz Picasso, cuya obra sentimos palpitar al otro lado de los muros de la bodega, tan próximo está el museo que lleva su nombre del dionisos malagueño que es el Pimpi. Salimos.

Desde este enlace se viaja hasta la segunda parte de "101 Málaga: Sueño mediterráneo"

4 comentarios:

Pantxike dijo...

Estuvimos en Malaga en Octubre del año 1992 y pensabamos que conocíamos algo
de la ciudad, pero después de leer esta magnifica guia escrita de forma soberbia por Israel ,llegamos a la conclusión de que en aquella visita no vimos nada y que tenemos que volver y por supuesto tomar algo en la bodega "El Pimpi".
Feliz semana Anto e Israel.
Besitos.
Pantxike.

Pantxike dijo...

Estuvimos en Málaga capital allá por los años 1991 y 1992 y pensabamos que conocíamos algo de la ciudad,pero después de leer esta documentada guia, hemos llegado a la conclusión de que nos vimos nada y por supuesto que tenemos que volver y como no, tomar algo en la bodega de "El Pimpi".
Besitos y feliz semana Anto e Isra.
Os queremos.
Pantxi.

Nekane dijo...

Pantxi ha DICHO CASI CON MIS PALABRAS MIS PENSAMIENTOS.ASÍ QUE DICHO QUEDA. Sólo que lo de EL PImpi creo casi con toda seguridad que voy avolver a catarlo antes que tú jeje.
Grandiosa Málaga.Preciosa.
Un abrazo,isra.

Carmen Rosa dijo...

No lo podría haber descrito mejor.
Una marabilla..... como malagueña: Gracias.