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94 MIJAS: O LA TRADICIÓN MILENARIA DEL TURISMO

martes, 25 de enero de 2011

Barcos en el horizonte, espejeando sobre un mar de plata líquida. Mira aquel hombre las embarcaciones que van y vienen. Se ven diminutas en la distancia. Lleva su fajín puesto, sus abarcas. Las tareas del campo han sido hoy especialmente duras. Se siente cansado. Sobre una piedra reposa y deja que el sol del mediodía le atrape los huesos, le caliente la piel. El burro pace y manea las hierbas de alrededor. El hombre dirige la mirada hacia el camino que lleva a la costa y les ve llegar. Son una pareja joven, muy joven. Pelo largo ambos, rubísimo, casi blanco. Lleva camisa abierta de flores él, gafas de sol oscuras y grandes. El pelo recogido en una coleta que se asemeja a una cascada sobre los hombros, sombrero de paja, una sonrisa resplandeciente, ella. Saludan en un idioma que el hombre no conoce. Sonríen. Ella se acerca al burro y lo acaricia despacio. Le pasa la mano por la testuz, por la quijada. Él explica por señas al hombre que a ella le gustaría montarse. El hombre comprende pero no entiende. ¿Quién se quiere montar en un burro por placer? Asiente. Ayuda. Ella se sube y el burro comienza a andar, remoloneando. Ella se ríe, él también. El hombre sonríe y mira. Un grupo de otros diez turistas rubios, de ojos azulísimos, jóvenes, de camisas floreadas se acercan por el camino. Todos señalan a la mujer montada a horcajadas en el burro. Palmotean. El hombre mira al burro y a la mujer, luego mira al grupo. El hombre comprende y entiende. Sonríe.

Mijas, una aproximación

Abalconada sobre la Costa del Sol, Mijas es un mirador privilegiado de casas apretadas y perfume andaluz. Se aloma sobre la sierra que lleva el mismo nombre y mira de tú a tú al espejo Mediterráneo. Quizá esa posición privilegiada sobre la costa y el mar hizo que Mijas viera llegar el flujo de turistas más pronto que otras localidades próximas y así se adaptó a los recién llegados de una manera práctica y radicalmente eficaz. Es la Mijas del burro-taxi, del museo de las miniaturas, del capricho de la plaza de toros… La cabeza de puente que mostrar al turista pasajero, al de la estancia corta, a los que llegan y se van. Pero Mijas va más allá de esa apariencia. Bajo los reclamos y oropeles se encuentra un pueblo blanco, de trazado milimétricamente árabe, de calles transversales largas que se combinan con otras cortas y duras de pendiente, quebradas y torcidas. Todas ellas de blanco inmaculado, blanco sobrio de detalles pero repleto de empuje, de solemnidad, de honestidad. Saludamos hoy en este viaje a la Mijas bella y superficial y a la hermosa Mijas, honda y auténtica.

Llegada

En los meses de repunte turístico no es sencillo aparcar en Mijas, en sus calles. El centro histórico es prácticamente intransitable en coche. Las calles se estrechan y el trasiego de viajeros y turistas es siempre numeroso. La mejor opción es estacionar en el gran parking público que, perfectamente señalizado, y en el mismo centro del municipio cuenta con diez plantas de aparcamiento. Eso hacemos y pese a la larga visita que realizamos en Mijas las tarifas no resultaron especialmente caras. Tiene la ventaja, además, de que su boca principal de salida se encuentra junto a la Oficina de Turismo, visita imprescindible y necesaria para conocer Mijas en la intimidad. Con un horario amplio e ininterrumpido, la oficina abre de 9:00 a 19:00 horas en invierno y de 9:00 a 20:00 horas en verano. Los sábados de 9:00 a 14:00 y los domingos permanece cerrada. El teléfono es 952.58.90.34 y el correo electrónico es turismo@mijas.es. Entramos. El personal nos atiende muy amablemente y nos facilita un plano completo y muy sencillo en el que aparece un callejero con dos rutas marcadas por delante (una de color rojo conocida como ruta comercial y que transcurre por el centro y otra, más amplia, de color amarillo conocida como ruta turística y que amplía horizontes un poco más allá) y una breve descripción de los monumentos a visitar por detrás. El plano es muy útil y vamos a seguir a pies juntillas el itinerario marcado. Salimos y nos dirigimos a la izquierda. En ese momento llegan dos autobuses repletos de jubilados. Son catalanes, de Mollet.

Los burro-taxi

Iniciamos la visita con un el tópico más típico de Mijas, los burro taxi. Una idea sencilla y que ha reportado a Mijas fama internacional, ya que este medio de transporte es conocido en el mundo entero. Los precios y tarifas se exponen en un panel informativo escrito en español, francés, inglés, alemán y japonés. El recorrido por el municipio cuesta 10 euros en burro y 15 euros en calesa tirada por burros. Cada uno de ellos tiene su número de identificación en forma de placa que pende sobre los ojos del animal. Por cierto, que están limpios y lustrosos, enjaezados con pertrechos de vivos colores. Esperan, mansamente a que alguien decide montarse sobre ellos. Los burro-taxi son un ejemplo único de transporte público que tiene su origen en la década de los años sesenta del siglo XX. Muchos de los veraneantes que visitaban Mijas en aquella época solicitaban a los trabajadores que regresaban del campo montados en burros y mulas fotografiarse con ellos como un recuerdo típico de Andalucía, los más atrevidos incluso pedían al trabajador del campo dar una vuelta subidos a ellos. Los visitantes ofrecían a los campesinos cuantiosas propinas, en muchas ocasiones mayores que sus salarios, así que no dudaron en dedicar parte de su tiempo en profesionalizar lo que se había convertido en rito turístico. Los burros-taxi son una institución en Mijas, en la actualidad se conservan más de una cincuentena de ellos y tienen acondicionadas sus propias plazas de aparcamiento en la Avda. Virgen de la Peña s/n. Para más información, llamar al teléfono 627 026 958. Pese a que puedan parecer una anécdota, los burro-taxi despiertan muchísimo la atención. El gran grupo de turistas jubilados que nos pisará los talones durante toda la mañana se para y ríe, acarician a los animales bajo la atenta mirada del cuidador, festejan su engalanamiento y los más osados piden sacarse una foto montado en ellos. Un burro rebuzna y el eco resuena más allá de la próxima ermita de la Virgen de la Peña.

El Mirador del Compás y la ermita de la Virgen de la Peña

A la izquierda del burro-taxi se encuentran el Mirador del Compás y la ermita de la Virgen de la Peña. Forman ambos un conjunto espectacular. La ermita, rocosa, excavada en el interior de un roquedal luce perfectamente troglodita. Se recorta contra el cielo de invierno y la imagen parece extraída de una época inmemorial, como si de una iglesia rupestre mozárabe se tratara. Excavada en la roca, parece la ermita arrancada a la montaña, como si se hubiera vaciado una parte sustancial de la roca y sustituido por elementos de mayor espiritualidad. Cuenta la leyenda que la Virgen de la Peña permaneció oculta en ese mismo lugar durante cinco siglos hasta que fue descubierta en 1586 por un albañil, padre de dos niños pastores que fueron guiados hasta el lugar por una paloma. El interior, oscuro y silencioso se compone de dos cámaras. La primera, la de culto, presidido el altar por una imagen de la virgen, la segunda alberga un museo mínimo con elementos religiosos, mitras, casullas, etc… El silencio es absoluto. Las velas encendidas conceden a la estancia una vaga sensación de antigüedad remota. El interior está decorado en esta época con flores de pascua, de color rojo intenso que dan un toque encarnado al interior. Una hilera formada por cuatro bancos dorados completa el interior de la ermita. Salimos. A la izquierda hay una pequeña tienda también troglodita donde se pueden obtener numerosos recuerdos de la ermita como escapularios, rosarios, postales, etc… La ermita es un bastión que despunta sobre el resto del Mirador del Compás, erigido sobre una atalaya natural y que se asoma, embarrancado a la Costa del Sol. El mirador es un balcón privilegiado, se abre hacia occidente como un baluarte. Hoy, esta mañana, las brumas han tomado el horizonte. El mar se esconde ralo, tras las nieblas, y los municipios próximos parecen absorbidos por las nubes marinas. Reposamos, nos acodamos sobre la balaustrada para mirar esta porción de la costa malagueña que esta mañana parece etérea, volátil, sutil.

El Carromato de Max

Desde el mirador, subimos por la avenida del Compás para comprobar algo a todas luces increíble. Lo que parece un antiguo vagón de tren se encuentra varado de manera transversal contra las casas blancas del centro urbano. Está pintado de amarillo y marrón. Sobre el tejado se asoma el nombre de: Carromato de Max. Parece un hechizo, el juego de un prestidigitador, de un mago. Podría ser, quizá, una ilusión hipnótica. Nos frotamos los ojos en una pantomima, sabemos qué es el Carromato de Max y sabemos quién fue el Profesor Max. Respondía al nombre real de Juan Elegido Millán y fue un hipnólogo e hipnotizador de notable éxito. Su nombre artístico era Profesor Max. En el año 1972 se instaló en Mijas y trajo con él una rareza, una auténtico museo de las cosas pequeñas, nada más y nada menos que un museo de miniaturas, lugar en el que se ensalza lo mínimo, la delicadeza de lo diminuto, la proeza de los artistas capaces de pintar un cuadro sobre una cabeza de alfiles, de tallar una bailarina en la cabeza de un fósforo. La entrada al museo cuesta 3 euros por persona para los adultos y 0,90 euros para los niños. El Carromato de Max permanece abierto desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Pagamos, corremos una cortina y nos adentramos en el mundo de lo minúsculo. La exposición se encuentra protegida por una serie de bóvedas de cristal. En cada una de ellas se expone una miniatura, una pequeña rareza. Desde la efigie de Abraham Lincoln pintada en una cabeza de alfiler, una copia de la última cena de Leonardo da Vinci sobre un grano de arroz, una bailarina tallada con precisión en la cabeza de una cerilla o la inquietante, y reducida, cabeza humana de un indio jíbaro. El Carromato de Max es un divertimiento, una curiosidad. Dice el panel explicativo que es el resultado de múltiples viajes, de contactos entre seres humanos distintos, de tribus ancladas en el tiempo “es un canto a la aventura”. Nos ponemos de puntillas, pegamos la nariz a las vitrinas, observamos a través de las lupas de aumento y vemos el mundo dibujado en un botón.

La Plaza de Toros

Desde el Carromato de Max nos adentramos en el centro urbano del municipio. Mijas es un pueblo fuertemente turístico, que tiene en este elemento su principal baza económica. Pese a todo, no fagotiza la esencia andaluza como ocurre en otros lugares. Mijas no ha perdido su encanto de tipismo andaluz con sus casas blancas, paredes encaladas, calles estrechas… Eso sí, en su trazado se mezclan en delicioso cóctel los acentos de diversísimas procedencias con el cantarín acento malagueño. Comprobamos la presencia de un nutrido grupo de turistas orientales que fotografían con fruición cada rincón y ahora entendemos por qué el cartel de los burro-taxi está escrito también en japonés. Mijas está aseadísima, limpia a rabiar, perfectamente cuidada, como si las calles se hubieran lustrado antes de abrirse un telón
Los caminos a seguir en nuestra ruta están perfectamente señalizados. Cruzamos la plaza de la Constitución y ascendemos por la calle de la derecha hasta llegar a la Plaza de Toros. Entramos, y es un templo. Es una loa al toreo, recuerdos y efemérides, nombres de matadores y cuadrillas, de corridas memorables, un toro disecado que aparenta estar vivo. Aquellos y aquellas que deseen ser toreros por un instante pueden fotografiarse ante una gran imagen a la que le falta el rostro en el que el visitante puede introducir su cabeza y clic-clic-clic ser un matador efímero y eterno. No podemos resistir. Nos bautizamos como “Oliverita de Ojén” y “Antonia Marbellera”. Se puede acceder al albero, pisar la arena y el impacto que eso produce se ve reflejado en la cara de algunos turistas. Es una plaza de toros antigua, edificada en el año 1900 y tiene como mayor curiosidad su forma, es ovalada. Subimos a los escalones después de haber atravesado la puerta de chiqueros, el desolladero, los corrales. Nos sentamos en la presidencia y sacamos un pañuelo blanco que agitamos al aire. Desde la plaza se ve la sierra mijeña, siempre presente, y la iglesia de la Inmaculada Concepción. Después de un molinete, una chicuelina y una verónica al natural rematada por un limpio pase de pecho salimos.

La muralla, los jardines, el mirador, la iglesia…

Antes de dirigir nuestros pasos hacia la iglesia, caminamos por las murallas y el mirador. Las vistas, pese a la bruma sutil que ya va despejando, son espectaculares. La Costa del Sol occidental se abre ante nosotros, el centro urbano de Fuengirola y hacia el este las montañas primeras, el mar, las urbanizaciones… Los jardines, abalconados sobre el tajo, están muy cuidados. A cada tanto un banco que mira al mar. Nos sorprende el corte que parte en dos el paseo y que se ha domesticado, aterrazado sobre una serie de balcones por los que cae el agua. Las vistas son abrumadoras y el paseo calmo y deleitoso, exuberante gracias a la cantidad de plantas, árboles y flores que lo decoran y lo configuran. Nos prodigamos en el caminar lento. Disfrutamos. Desde el paseo accedemos a la iglesia de la Inmaculada Concepción que preside la explanada entre la plaza de toros y el tajo del barranco sobre el que se asienta el mirador. Se calcula que el templo fue construido entre 1541 y 1565 sobre las ruinas de una antigua mezquita y castillo, aunque vivió una profunda restauración en 1992, época en la que se descubrieron una serie de frescos datados en 1632. Salimos de la iglesia y tomamos la calle Murillo, pasamos bajo las arcadas y portalones de la Universidad Popular hasta conectar con la calle Coín que tomamos para dirigirnos hacia el barrio de Santana.

Barrio de Santana

Parece retirarse el turismo masivo de esta zona de Mijas, dando paso a una vida mijeña más auténtica, quizá sin tanta alharaca pero igualmente hermoso. Parece este un barrio etéreo gracias a las blanquísimas paredes que conforman sus calles. Aseado, sin aparentes florituras que hay que descubrir adentrándose en las callejas que cruzan la vía principal. Caminamos, saludamos a los vecinos y vecinas que nos corresponden con amabilidad. Al final de la calle vemos la ermita de Nuestra Señora de los Remedios presidiendo la plaza de los Siete Caños. Popularmente el templo es conocido como la ermita de Santana y fue construido en el siglo XVIII. Es sencilla, pero con carácter. Dos hombres se encuentran sentados junto a ella, dando la espalda a la fuente de los Siete Caños de la que hoy no brota agua. Se respira en el barrio un aroma de pura autenticidad. Las callejas que parten de la vía principal recuperan los quebrados clásicos del trazado árabe. Explotan las paredes con las macetas trufadas de flores, tiestos coloridos, azules, rojos, verdes… Muchas plantas. Tramos cortos de escaleras que dan lugar a escondidos patios exiguos, calles cortadas o rincones floreados. Suena el rumor de la vida cotidiana que serpea entre las calles del Agua, Sierra, Larga del Palmar, Nuñez Sedeño, Alegre, Olivo, del Pilar, Cruz… Desde esta última podemos acceder a un mirador situada en la parte superior del centro urbano, en la carretera de Coín y que ofrece una panorámica excelente del conjunto de Mijas en primer término, la costa en segundo y el mar hasta el horizonte. Hoy las brumas le otorgan un carácter mágico, casi simbólico a esta costa que se apellida durante la mayor parte del año “del Sol”. Regresamos a las calles y anotamos el nombre de las casas como Falhala, Casa Vistas, Margarita, de Mi Abuelo, Cueva, Romanos….

El Museo Etnográfico o la reconstrucción de la vida cotidiana

Descendemos por la calle San Sebastián hasta la plaza de la Libertad, donde se encuentran la iglesia de San Sebastián y el Museo Etnográfico. La iglesia, esquinera y alejada del mundanal ruido gracias a un biombo situado en la entrada esconde en su interior una edificación sencilla, simple, de una sola nave, frecuentada por los mijeños y mijeñas gracias a su ubicación estratégica en el centro del municipio. En el lateral de la iglesia, ocupando el que fuera durante años el ayuntamiento de Mijas, se encuentra el Museo Etnográfico., la Casa Museo, porque se trata, en realidad, de la recreación de una casa de un pasado reciente que a menudo olvidamos y en la que se reconstruye con todo detalle la vida de principios del siglo XX con sus aperos, herramientas y útiles cotidianos. Resulta una visita estupenda. Las diferentes habitaciones están divididas en actividades, así podemos visitar un antiguo horno, una habitación completa con bacinilla incluida, un molino harinero y la recreación de algunos trabajos del campo. Se acompañan, en muchos casos de maquetas en las que se explica cómo se llevaban a cabo las labores. Es una vuelta al pasado, un vistazo atrás a cómo eran las cosas hace apenas unas décadas, una vida que nuestros abuelos y abuelas han vivido de pleno y nuestros padres de refilón, un pasado que forma parte del presente actual. El grupo de jubilados de Mollet entran y disfrutan, muchos de ellos reconocen los aperos y explican a otros, más jóvenes, para qué servían, cómo se utilizaban. Sonríen al recordar que esa cama era igual que la que había en el cuarto de la abuela y esa jofaina idéntica a la que el abuelo utilizaba todas las mañanas para asearse. Nos deleitamos con la visita. Salimos del Museo y nos encontramos en el corazón mismo de la ruta comercial, donde una serie de tiendas con souvenirs y artesanías de todo tipo, gusto, color y condición reclaman nuestra atención. El ayuntamiento de Mijas, como nos explica un conocido mijeño al que encontramos callejeando, ha puesto cuidado en dotar a las tiendas de un mismo sentido estético para que no se rompa la armonía de pueblo blanco. Así, por ejemplo, todos los toldos que cubren la entrada a los comercios son iguales y de color crema. Recorremos las callejas y entramos en algunas tiendas, vemos, comprobamos. Esto también forma parte de la visita a Mijas, curiosear, ver, comprar alguna artesanía, algún souvenir. Y a tan deleitoso fin nos abandonamos.

Despedida

Paseamos por el tajo aterrazado de los miradores y contemplamos el Mediterráneo ante nosotros, como una presencia magnética. Una inmensa lámina de agua en calma, un espejo magnífico y rotundo por donde quizá llegara Ptolomeo, geógrafo de la Escuela de Alejandría, que nombró en sus escritos a esta ciudad de Tamisa por primera vez en el siglo II d.C. Tamisa que fuera romana y que gracias a su proximidad a la Via Apia, que comunicaba Cádiz y Málaga, tuvo una actividad más que notable. Mixa que fue árabe prontamente tras la llegada de los ejércitos del Magreb y que en el año 714 d.C. ya se exhibía como una ciudad destacada. Y luego Mijas, la que vio pasar al general Torrijos el 2 de diciembre de 1831 en pos de las libertades del pueblo y que terminó con la sangre de sus soldados derramada sobre la arena. Esas calles son las que pisamos, las calles de la historia y el pasado, las calles del presente y del futuro. Vive Mijas desde su otero, viendo cómo pasan las civilizaciones y cómo ella permanece, sin que el devenir del tiempo cambie en exceso su fisonomía y su carácter, añadiendo un renglón más a su historia viva.

Otras informaciones y enlaces de interés

La Cala de Mijas y Las Lagunas: El término municipal de Mijas desciende desde la sierra hasta el mar y comprende tres núcleos poblacionales entre los que se encuentran, además de Mijas pueblo, la Cala de Mijas y Las Lagunas. Dos centros urbanos destinados al turismo residencial y vacacional con apego a las playas y al sol. Precisamente en la Cala de Mijas se ubica el Centro de Interpretación de las Torres Vigía, sede además de la Oficina de Turismo de este núcleo poblacional. El centro de interpretación tiene como objetivo dar vida al Torreón de la Cala que tras una cuidadosa restauración alberga en su interior este museo que analiza la importancia, funcionalidad e historia de las torres vigía que jalonan el litoral mijeño. Está compuesto por la Sala de las Torres, la sala Torrijos y la Sala de la Pesca Tradicional. El Centro de Interpretación de las Torres Vigía se encuentra en la calle Torreón s/n, en la Cala de Mijas. Durante el invierno su horario es: sábados, domingos y festivos de 10:00 a 14:00 horas y de 16:00 a 19:00 horas. En verano el horario pasa a: de martes a domingo de 10:00 a 13:00 horas y de 20:00 a 23:00 horas. La entrada es libre. Para más información se puede llamar al teléfono (+34) 952 59 03 80. (Fotografías extraída de la página web municipal de Mijas)
Otras actividades de ocio: El Hipódromo de Mijas (http://www.hipodromocostadelsol.es/) está considerado como uno de los mejores y más completos de España. Además de las clásicas carreras de caballos, el recinto también acoge actuaciones musicales y posee varios restaurantes. Las carreras se celebran los domingos por la mañana en la época invernal y los sábados por la noche en la estival. Mijas cuenta en su término municipal con un Parque Acuático (http://www.aquamijas.com/) perfectamente equipado y que posee los clásicos toboganes de diferentes alturas y velocidades, además de un completo servicio de restauración y hostelería.
Enlaces de interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol, la página web municipal de Nerja y el resto de direcciones aparecidas en este reportaje, muy útiles a la hora de preparar la visita.

Este blog queda abierto a los comentarios, anotaciones, opiniones que los navegantes deseen realizar. Nos vemos en El Color Azul del Cielo.

92 CASARES: LA HISTORIA VIVA DE UNA ATALAYA

martes, 11 de enero de 2011

Año 61 A.C. El emperador desciende de su caballo. Capa encarnada, corona de laurel sobre la testuz. Entre sus ropajes y túnicas se deja entrever la piel cetrina y escamada causa de su mal. Dos edecanes le desnudan y el amo de aquel mundo antiguo se sumerge poco a poco en las aguas turquesas de ese manantial de sulfuros. El César, rey de reyes, se deja llevar. Se encuentra agotado, sus reacciones herpéticas han ido a más y sólo desea reposo. Una sesión, dos sesiones. Las centurias reposan en estos parajes, bosques de pilums amontonados en el descanso. Días más tarde la piel del César se recompone, adquiere un vital tono rosado. Los ejércitos de la poderosa Roma continúan su conquista de Hispania. Un emperador, Julio César, curado, comienza la leyenda de los Baños de la Hedionda.

Año 1936 D.C. La contienda civil de ha desatado. Apenas pasa un mes de la insurrección. Es 11 de agosto y Sevilla se consume en el calor de su propio estío. Kilómetro 4 de la carretera que une Sevilla con Carmona. Blas Infante ha sido hecho preso por varios miembros de la falange en su casa de Coria del Río. No hay juicio, pero sí sentencia. El político, escritor, antropólogo, musicólogo, notario e historiador es fusilado sin cuartel. Muere el niño nacido en Casares y nace el Padre de la Patria Andaluza.

Alberga Casares entre sus calles una multitud de historias. Las leyendas y la cronografía real se entremezclan, creando una red de relatos que pueblan nuestra imaginación. Dado su lugar privilegiado, estas calles que nosotros ahora pisamos, fueron antes holladas por íberos, por fenicios, por romanos (quién sabe si por el mismísimo Julio César), por árabes, por políticos fundacionales… Quien camina por las calles casareñas, retorcidas sobre sí mismas, realiza un paseo por la historia de Málaga. Desde su atalaya privilegiada se controlaba el Campo de Gibraltar, el acceso desde Ronda hasta la costa, el Valle del Genal, Algeciras… Bastión casi inexpugnable que se mantiene prácticamente inalterado con el paso de los años y que hace volar nuestra imaginación más allá de sus propias paredes encaladas. Pisamos las callejas y las plazas, ascendemos sus empinadas cuestas, bajamos a los recodos del camino, nos asomamos a sus miradores privilegiados, oteamos el presente desde esta atalaya del pasado.

Llegada, aparcamiento, primeras impresiones

Dado el trazado de la villa, conviene estacionar en la parte de arriba del municipio o emplear el gran aparcamiento público que hay construido en la parte más reciente. Si se viene desde Manilva, se puede intentar estacionar en una pequeña plaza que hay en la entrada. Aún con todo, la mejor recomendación es dejar el vehículo en la parte superior del municipio y descender por sus numerosas calles que como ríos blancos desembocarán en la Plaza de España, centro neurálgico de la población. De este modo hacemos y nada más pisar las primeras callejas empedradas nos envuelve el silencio de la mañana, los sonidos cotidianos, una cafetera, un maullido sordo, un entrechocar de platos en la pila de lavar. Trasunto estas sensaciones del correr despacioso del tiempo. El piso de las calles está empedrado y las paredes inmaculadas, lucen blanco de cal. Cuajan las macetas flores coloridas. Tras los rincones se escapa la naturaleza incontenible, y así podemos observar parte de Sierra Crestellina, la dehesa del próximo campo gaditano, las cumbres últimas de la serranía rondeña. Descendemos así por la calle Monte, percatándonos del ingenio del antiguo arquitecto que fue capaz de adaptar las casas, cúbicas, al terreno abrupto y soliviantado. Es un municipio cuidadísimo, aseado. Huele a tostadas y a aceite en la mañana. Se escuchan los trinos de una bandada de pájaros.

La Plaza de España

Llegamos, en nuestro descenso, hasta la Plaza de España, lugar donde confluyen la gran mayoría de las más importantes calles casareñas. Punto de reunión de jóvenes y de mayores, que se asolean sentados en los bancos y hablan sobre el tiempo extraño que esta mañana se cierne sobre nosotros. Cruzan las mujeres cargadas con la compra y el pescadero traslada su mercancía hasta el próximo mercado municipal. La visita se nos antoja sencilla, ya que desde aquí parten, como una rosa de los vientos las calles y callejas que nos trasladarán a los lugares a visitar. Además, los caminos a seguir están perfectamente señalizados. En la plaza coexisten tres de los monumentos que deseamos ver en la villa. De hecho, el muro izquierdo de la iglesia de San Sebastián sirve de espalda de la propia plaza, delimitándola hacia el este, en el sur, un recio busto de Blas Infante, coronado por banderas, y en el centro, la fuente de Carlos III. Esta fuente consta de tres caños de agua fresca y se sitúa en el centro de la plaza. En su frontis se puede leer una inscripción que la fecha en el siglo XVIII. Apenas a veinte metros y presidiendo con mirada hacia el horizonte la vida de los casareños y casareñas, el busto de Blas Infante, padre de la patria andaluza y que nació en esta localidad el cinco de julio de 1885. Político, escritor, abogado, musicólogo… Blas Infante fue muchas cosas, pero se le conoce como el autor del ideario andaluz. Sus inquietudes le llevaron muy pronto por la senda del federalismo y el nacionalismo, haciendo que Andalucía ocupase un lugar relevante en la política nacional. Dentro de sus actividades públicas, quizá la más popular fue la composición en 1933 del Himno de Andalucía. Fue fusilado en Sevilla el 4 de agosto de 1936. Un historicista nos contempla, hierático desde su privilegiada posición. La bandera española a la derecha y la andaluza a la izquierda le acompañan. Junto al busto de Blas Infante se encuentra la iglesia de San Sebastián, en cuyo interior se venera la imagen de la Virgen del Rosario del Campo, objeto de una romería muy popular y querida por los cacereños en el traslado de dicha imagen al campo en el tercer domingo de mayo. El templo fue construido en el siglo XVII aunque su actual fisonomía resultada muy distinta de la original debido a los destrozos sufridos en la Guerra Civil. El interior, plácido y silencioso, paredes blancas y presidiendo el altar mayor, la Virgen del Rosario.

Hacia la Explanada del Castillo

Casi desde la puerta de la iglesia parte la calle Villa, una de las callejas más típicas de Casares y cuyas piedras pisaron los antiguos al conducir hasta la entrada del mismo nombre, una de las dos a través de las que se puede acceder hasta el recinto del castillo. En el transcurso del paseo nos topamos con calles estrechas, de paredes blanquísimas, adaptadas al terreno de forma casi milagrosa. Cruzamos delante del ayuntamiento de Casares, saludamos a una vecina que sube la cuesta despaciosamente, a dos hombres que charlan animadamente, a dos turistas extranjeros que sonríen cámara en ristre. Vive Casares en completo sosiego, se contagia la tranquilidad de sus calles al espíritu. Ganamos altura poco a poco y se vislumbra ya el poder de este magnífico otero en el que se encontraba situada la antigua fortaleza, su magnífica posición geoestratégica. Llegamos hasta la puerta de la Villa, un zigzag de calles bajo un arco que esconde un secreto en su interior, el Museo de Etnohistoria. La entrada cuesta 2 euros, y con el mismo ticket se puede visitar también la Casa Natal de Blas Infante. Abierto de lunes a sábado de 11 h. a 14'30 h. y de 16 h. a 18'30 h. Telf.: 952 895 148. En su interior se “muestran vestigios arqueológicos y utensilios de la vida cotidiana pública y familiar desde el Neolítico hasta el siglo XX”. Tras cruzar la puerta de la Villa y antes de acceder a la explanada del castillo, seguimos el camino que nos indica “Mirador” para asomarnos a un brumoso Mediterráneo precedido de campiña y dehesa que desde esta altura parece irreal, de juguete. Embebidos por esta imagen, continuamos.

La Explanada del Castillo

Antigua construcción defensiva musulmana que pudo dar nombre al municipio según una de las teorías, ya que traducido al árabe como Caxara, Casares significa fortaleza. Los lienzos de las antiguas murallas, las láminas que aún se sostienen en pie se adaptan al filo de los barrancos utilizando estos farallones como elementos defensivos naturales, así el recinto adopta la forma caprichosa de la peña sobre el que está construido. Un torreón se espiga hacia el cielo. Si nos quedaba una mínima duda de su valor geoestratégico, aquí se disipan todas ellas. El recinto alberga la antigua iglesia de la Encarnación, restaurada al detalle, imponente al coronar su edificación y su altísima torre campanario todo el conjunto; la ermita de la Vera Cruz, apenas un bosquejo de lo que era; el cementerio municipal, aventado al socaire; casas particulares; hasta tres miradores… El paisaje es impresionante, desde la dehesa gaditana del Campo de Gibraltar hacia el oeste, la Costa del Sol hacia el este, el Mediterráneo brumoso en esta mañana de invierno, al norte, unas de las joyas naturales casareñas, Sierra Crestellina. A nuestros pies se extiende el centro urbano. Se recoge Casares sobre sí misma, y nos trae aromas de pasado antiguo e historiado. Desde aquí, parecen las calles abrazarse a sí mismas. Casi podemos imaginar a los vigías de Al-Andalus, comprobando cómo las reatas de mulas y burros ascendían o descendían el camino de Ronda cargadas con productos del mar, de la sierra; oteando el horizonte y los escarpes de la costa africana, la bocana de ese puerto que es el Estrecho de Gibraltar para el Mediterráneo. Recorremos el recinto de la fortaleza despacio y con deleite, saboreando cada paso, cada rincón. Nos asomamos a sus miradores que parecen volar sobre el municipio. Un recorrido entre piedras y vestigios amurallados que hará las delicias de los viajeros y viajeras más jóvenes.

La Casa Natal de Blas Infante

Descendemos por la calle Recinto del Castillo y conectamos con la calle Arrabal, estrecha, floreada, de paredes blancas, hasta toparnos con la calle Pepelargo. Si bajamos accedemos a un mirador que se vuelva sobre la parte norte del pueblo, si ascendemos, vemos la puerta del Arrabal, segunda de las entradas a la Explanada del Castillo. Todas las callejas que discurren desde la propia calle Arrabal expiran sobre sí mismas, o en minúsculos patios, antiguos adarves. Es necesario recorrerlas con tranquilidad para disfrutar de las esencias casareñas, no sólo de la vista, sino también de los perfumes a flores delicadas y pucheros bravos de invierno. La luz juega con las bunganvillas que se desprenden desde las azoteas. Recortan las sombras algunos rincones. Nos incorporamos, de nuevo, a la calle Villa desde el lateral izquierdo de la iglesia de San Sebastián, cruzamos la plaza España y enfilamos la calle Carrera para dirigirnos a la Casa Natal de Blas Infante. Tal y como nos informa la web municipal de Casares: “Situada en el nº 51 de la Calle Carrera se encuentra la casa en la que el 5 de julio de 1885 nacía en Casares Blas Infante, Padre de la Patria Andaluza. En la actualidad, además de ser un punto de información turística, la casa alberga una exposición permanente con fragmentos de la vida y obras de este ilustre casareño, que nos acercan a un mejor conocimiento de su pensamiento y de su propia persona. Además, la casa posee una pequeña sala de exposiciones temporales, que suele albergar muestras de artistas locales y comarcales. Abierta de Lunes a Sábado de 11 h. a 14'30 h. y de 16 h. 18'30 H. Telf.: 952 895 521”. El aspecto exterior de la casa corresponde a una construcción clásica de piso y planta. Pese a ser hijo del secretario del juzgado, el edificio no luce ostentación. Aquí nació Blas Infante el 5 de julio de 1885. Fue notario, historiador, antropólogo, musicólogo, escritor y periodista. Desde muy joven se despertó en él el amor por su tierra andaluza, por aquel entonces en posesión de numerosos caciques más o menos importantes. Las injusticias sociales, el deseo ferviente de colocar a Andalucía en su lugar correspondiente y la pasión por su paisaje y paisanaje hizo que pronto brotara en él la idea de una patria andaluza que se vio reflejada en la que quizá sea su obra más emblemática, el Ideal Andaluz. Tuvo numerosos cargos políticos hasta que fue apresado por la falange y murió fusilado en Sevilla el 11 de agosto de 1936 sin juicio alguno. En el año 1933 compuso el Himno de Andalucía, incorporando al mismo cantos tradicionales de los jornaleros, entre sus versos hay uno más que significativo: “¡Andaluces, levantaos! / ¡Pedid tierra y libertad! / Sea por Andalucía libre, / España y la Humanidad”. Con estos sentimientos rondando la cabeza regresamos hasta la plaza de España y ascendemos, despacio, poco a poco por la calle Monte hasta el lugar en el que hemos dejado estacionado el coche.

Los Baños de la Hedionda y El Secadero

Tomamos dirección costa a través de Manilva. En nuestro camino, festoneado por enormes molinos de viento, observamos Casares en el retrovisor. Se aleja la fortaleza inexpugnable, se hace más pequeña y se abre ante nosotros el mar Mediterráneo. Desde San Luis de Sabinillas, en Manilva, tomamos la dirección Málaga, hacemos una primera rotonda y una segunda, para dirigirnos hacia una carretera situada junto a un centro comercial. Seguimos las indicaciones que nos llevarán hasta el paraje, cruzando bajo el puente de la autopista, de los Baños de la Hedionda. En el camino nos cruzaremos con un antiguo puente-acueducto en desuso, y con algunas villas curiosas. Una vez llegados hasta un centro de esparcimiento en la que reposa una sencilla ermita, estacionamos si queremos continuar a pie los próximos doscientos metros o continuamos con el coche, aunque no es especialmente recomendable dado el estado de la carretera y es, además, muy transitado en los meses de verano. Caminamos. Es un paraje un tanto singular, antes de llegar a los baños propiamente dichos nos encontramos una serie de construcciones que pertenecieron a un antiguo balneario que funcionó por estos lares, se encuentran abandonadas en su mayor parte y dejan mucho margen a la imaginación. En una explanada entre juncos, bajo el camino principal encontramos una edificación blanca. La sorpresa deviene en su interior, formada por varios arcos de medio punto que sustentan una bóveda repleta de agua color turquesa. La consistencia del agua parece densa y el movimiento descubre hilos algo más oscuros. El olor, sulfuroso y fuerte, acompaña a este manantial donde, según dice la leyenda, se sumergió Julio César para calmar sus afecciones herpéticas y que, visto su buen resultado, ordenó construir sobre él esta peculiar edificación. Durante la época veraniega muchas personas utilizan el barro y arcillas del río aledaño para aplicarse diversos ungüentos. Regresamos al coche y, una vez en la carretera principal, tomamos dirección Málaga para acercarnos hasta el Secadero, que es como se conoce a la franja de costa que posee el municipio de Casares. El Secadero está constituido básicamente por vivienda de verano y complejos turísticos, su playas, de arena oscura y salipcadas de piedra hacen las delicias de los submarinistas. Casares cuenta con cuatro playas que suman 2,2 kilómetros de longitud. La playa Ancha, la playa Chica se encuentra resguardada del viento por el promontorio de la Torre de la Sal, la playa de la Sal y la playa de Piedra Paloma, que permanece en estado seminatural, con un paseo de albero que lo enfrenta a su límite con la costa. Precisamente aquí recaemos y por ese camino paseamos bajo el sol de invierno, delicado y templado. Nos cruzamos con un par de ciclistas y una corredora de footing, seguimos la dirección que nos marca el pequeño cabo que se adentra en el mar y sobre el que está construida la Torre de la Sal. Es un paseo agradable, tranquilo. La Torre de la Sal es un edificio defensivo erigido en el siglo XVI para proteger la costa de las posibles invasiones y que tiene como particularidad con otras que pueblan la Costa del Sol poseer una planta cuadrada. Observamos desde aquí como el mar plácido, lame los arenales. Una pareja pasea con un perro al que lanza un palo más allá de la orilla.

Despedida

Con la luz del fulgurante Mediterráneo en nuestras retinas nos despedimos de Casares. Resuenan en nuestra memoria los ecos del Himno de Andalucía y los disparos que acabaron con la vida de Blas Infante, también la llamada del muecín a la oración desde los muros de la antigua fortaleza, el perfume de las flores y de los pucheros, de las brasas de picón, la mirada sobre el horizonte que parece infinito y que perfila África, las estribaciones últimas de la serranía rondeña, el Estrecho de Gibraltar… Oímos los cascos de un caballo, miramos atrás y aquí aparece el perfil egregio de Julio César… ¿Estuvo o no estuvo por estos pagos? Al final, lo que queda es la leyenda….

Otras informaciones y enlaces de interés

Blas Infante: La vida de Blas Infante queda perfectamente reflejada en la Fundación que lleva su nombre, en la que aparecen, además de la biografía, pensamientos y publicaciones del político, los objetivos de la institución o las actividades que llevan a cabo. La página web es http://www.fundacionblasinfante.org/. Existe otra página web dedicada al político andaluz con más datos y reseñas sobre su biografía, www.blasinfante.com .
Senderismo: Uno de los grandes atractivos que posee Casares para el turista activo es Sierra Crestellina, un promontorio surcado de rutas que incluye un refugio de montaña desde el que partir para realizar rutas más amplias o simplemente disfrutar del descanso o de la noche. Para consultar las rutas se puede visitar la página web municipal y consultar las once que discurren por el término municipal y que se encuentran perfectamente señalizadas.
Enlaces: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web municipal del Ayuntamiento de Casares.

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