Y se apareció un hada. Entre el paisaje fantasmagórico e irreal bosquejado por la niebla, el bramido del viento que ascendía con virulencia desde el Valle del Genal, los enhiestos pinsapos tocando con las yemas de los dedos el cielo blanco y pétreo, allí, sobre una roca, apareció. Señalaba el camino entre el muro de nubes, y sonreía.
Una aproximaciónUn penacho de nubes apretadas corona los Reales de Sierra Bermeja. Destaca el blanco puro, inmaculado con el intenso color rojizo de sus laderas, el verde de sus bosques primitivos y apretados, el azul que se pinta en el cielo. Asemeja a un paraíso ignoto, perdido, remoto, escondido entre las brumas. Un reino de hadas y duendes y elfos y quizá de los hobbits y orcos de Tolkien. Los pinsapos, endémicos, únicos, orgullosos, mecen sus ramas en la húmeda y escondida cara norte del macizo montañoso. La otra
vertiente, la sur, mira al mar de tú a tú, desafiante. Los días despejados, cuando la reina de la montaña se despoja de su corona de nubes, Sierra Bermeja ofrece al visitante un paisaje excepcional, el mapa tridimensional y colorista de la Costa del Sol Occidental. Los días cerrados, muta, troca el paisaje, cambia y ofrece un rostro íntimo, más oscuro, intensamente atractivo, secreto, poblado de seres imaginarios. Los Reales de Sierra Bermeja se encastillan sobre una montaña roja. Roja, bermeja, ocre. Y esconden la posibilidad de hallar un hada en el camino.
Paraje Natural de los Reales de Sierra BermejaTres municipios comparten el privilegio de contar en su término municipal Los Reales de Sierra Bermeja: Casares, Estepona y Genalguacil. Cada uno de ellos, además dispone de fragmento distinto, diferente, de este paraje natural. Si Estepona se atribuye los miradores, Genalguacil los Pinsapos, y Casares la densa masa forestal de pinar. Es este, sin duda, un espectacular espacio protegido, por la magnitud de sus cimas (el Pico de los Reales alcanza los 1.450 metros de altura), por la riqueza de sus bosques y por su variedad faunística. Es además Los Reales un doble hito en biología. Aquí se descubrieron dos especies nunca vistas. La primera de ellas, el pinsapo, un tipo de abeto endémico de esta zona mediterránea, y la segunda de ellas, el meloncillo, un roedor de la familia herpestiade, similar a la mangosta.
Destaca el color de Los Reales, rojizo, intenso bermejo. De ahí su nombre. El colorido de la montaña proviene de las perioditas, mineral del que está formado el macizo y que ocupa la mayor extensión de suelo del mundo. Característica a la que hay que unir a los pinsapos, ya que este es el único bosque de este particular tipo de árbol que crece sobre este particular tipo de mineral.
Son muchas las razones para visitar Sierra Bermeja y su excepcionalidad es también una de ellas.
Ocupa una extensión de 1.236 hectáreas, de las cuales 100ha están pobladas por pinsapos. Separa Ronda del mar a lo largo de 35 kilómetros de sierra. Su altura media es de 1.000 metros y su cota más alta se alcanza en el Pico de Los Reales con 1.450 metros de altura. En su espacio protegido se cuentan más de 250 especies forestales y 60 especies de mariposas. Su temperatura media anual se sitúa en torno a los 14º y 17º.
Los Reales de Sierra Bermeja está surcado por varias rutas senderistas, siendo la más emblemática de ellas el Paseo de Los Pinsapos, con 4,5 kilómetros de distancia y 2 horas de duración solo en la ida. Una oportunidad única para disfrutar de los pinsapos centenarios (pueden alcanzar los 400 años de edad) y de más de 30 metros de altura algunos de ellos.
Los Reales de Sierra Bermeja cuenta además con un refugio abierto los fines de semana donde tomar un buen café, una olla contundente de puchero, de callos (lo que toque en el día) o un bien abastecido plato de los montes.
En los días despejados no se puede obviar el mirador de Salvador Guerrero, una auténtica terraza sobre la Costa del Sol Occidental y que ofrece un paisaje inconmensurable.
El pinsapo y el meloncilloPinsapo y meloncillo. Nombres curiosos. Un árbol y un roedor. Ambos unidos por Sierra Bermeja. Fue en el año 1837 cuando el botánico suizo E. Boissier descubrió el pinsapo. Este hallazgo estuvo precedido de otro anterior que había realizado un farmacéutico malagueño, Félix Haenseler, un roedor al que se llamó meloncillo.
El meloncillo es conocido también como mangosta egipcia y se cree que fue introducido en la Península Ibérica pro los pobladores árabes. Este mamífero fue requerido como gran cazador de serpientes y muy apreciado como mascota. Curiosamente también se la llama serpiente peluda, por su forma alargada y vellosidad. También es conocido como el diablo de los matorrales.
El pinsapo, por su parte, tal y como apunta wikipedia es el “Abies pinsapo, el pinsapo o abeto español, es una especie arbórea del género Abies, perteneciente a la familia Pinaceae y de distribución restringida a la zona del sur mediterráneo de España. Está emparentado con otras especies de abetos de distribución mediterránea”. Con al siguiente descripción: 2Árbol de hasta 30 m, de porte elegante que, en algunos ejemplares viejos se torna retorcido o dividido en varios brazos. Corteza fina, gris claro, con grietas oscuras de poca profundidad. Hojas gruesas, de sección subcuadrangular, de color
verde oscuro y con bandas estomáticas blancas apreciables en ambas caras. Conos masculinos en la periferia de la copa, de color rojo púrpura, excepcionalmente amarillos. Piñas grandes, erguidas, situadas en la parte superior de la copa, que cuando maduran se deshacen para liberar los piñones, dejando caer al suelo unas piezas con dos escamas pegadas (la tectriz, muy corta; y la seminifera)”.
El pinsapo es un árbol particular, mayestático, erguido en su juventud, enhiesto, desafiante. Tienen además sus ramas tribuladas un aspecto que lo hace característico. Su endemismo realza su valor botánico y ecológico. Hay que descubrirlo.
El paseoAccedemos desd
e Estepona. La mañana es cálida y despejada, pero pronto observamos el penacho blanco que cubre la cima de Sierra Bermeja. La ascensión, en curvas pronunciadas, va dejando atrás un paisaje que crece con cada revuelta de la carretera. Costa del Sol,
Estepona, San Pedro Alcántara, Sierra Blanca y el pico de la Concha en Marbella, Sierra de las Nieves… 15 kilómetros de ascensión hasta llegar a un cruce de caminos. Derecha: Jubrique. Centro: Genalguacil (por carretera asfaltada hasta llegar a una pista forestal). Izquierda: Los Reales de Sierra Bermeja. Un grupo de turistas alemanes se asientan en la explanada protegidos en el interior de varios todoterrenos. Sobre el camino, estrecho, de montaña, que nos lleva a Los Reales se cierra la niebla. Nos
adentramos.
Conducimos despacio, con precaución. La carretera está asfaltada y un sinnúmero de agujas de pino al alfombran. En 2,5 kilómetros se encuentra el acceso al Paseo de los Pinsapos y en algo más de 4 kilómetros, el Refugio de Agustín Lozano y el Mirador de Salvador Guerrero. Hemos entrado en un mundo mágico. La niebla se mueve como un ser vivo a nuestro alrededor. Las curvas de la carretera se cierran y se abren sobre sí mismas. Creemos ver figuras entre los troncos de los árboles, figuras que aparecen y desaparecen. Y la intensa tierra roja. En una curva de izquierdas especialmente pronunciada comienza en Paseo de los Pinsapos. El espacio en la cuneta solo permite estacionar a dos o tres coches. Aparcamos. Salimos. La niebla nos envuelve igual que abraza al paisaje. Nos pertrechamos y comenzamos en camino. Es mágico. Sin duda, en un día despejado, las vistas que ha de ofrecernos del Valle del Genal tienen que ser espectaculares, pero hoy, envuelto en densa bruma, el paisaje tiene un aroma especial, de leyendas. Nuestro objetivo es llegar hasta la Plazoleta de los Pinsapos.
Relumbra el verde húmedo e intenso entre la niebla. Los pinsapos descienden hacia el valle a nuestros pies. Se ocultan. Se asoman. Y las nubes blancas les engullen y les expulsan. El camino, descendente, está perfectamente señalizado y no tiene pérdida. En algún tramo está poblado de rocas y es necesario aumentar la precaución.
Los pinsapos, altos, erguidos, abren sus ramas en horizontal, parecen seres de alargados brazos. El musgo, verde, tiñe los roquedales que marcan partes del camino. Algunos matorrales nos acarician las piernas mientras andamos. El ambiente fantasmal nos rodea y espolea la imaginación, creyendo ver gnomos y elfos bajo las primeras setas, taimados orcos acechando tras un tronco especialmente grueso, los hobbits tolkienanos saltando de roca en roca… Lo que no imaginábamos era encontrar un hada en el camino. Sobre un saliente, con una corona de flores enmarcándole el pelo, los ojos azules, y un vestido blanco y amarillo flameando al viento. En su mano derecha lleva un tambor al que parece azuzar. Una sonrisa ladeada se pinta sobre su
rostro. Es sorprendente, sobrecogedor. Un hada. Hemos visto un hada que nos señala el camino a seguir con una sonrisa. Nos despedimos de ella, aún sin aliento, y continuamos. Se abre el paisaje y se cierra. Laderas pobladas de matorrales verdes, cercadas por los altos pinsapos, por algún quejigo escondido. El sendero, siempre rojizo, nos guía.
Los árboles se cierran sobre nosotros. Sorteamos algunos obstáculos. Observamos las torrenteras sembradas de rocas que caen hacia el valle. Las salvamos a trancos, sin mayor problema. Es un bosque repleto, vivo, mágico. Se escuchan los sonidos de la naturaleza, vivos, próximos. El bramido del viento que empuja la niebla desde el valle. Las gotas de rocío que caen sobre el camino resuenan en las hojas a nuestro paso. Todo es fantasmagórico y mágico. Apreciamos las particularidades de los pinsapos, sus agujas.
Seguimos camino hasta llegar a un puente que salva una importante torrentera, lo cruzamos, miramos hacia abajo y comprobamos la impresionante fuerza de la naturaleza. Continuamos el sendero que asciende hasta llegar a la plazoleta de los pinsapos.
Lorca canta a las majestades de los árboles desde una placa: “Árboles / ¿Habeis sido flechas / Caidas desde el azul? / ¿Qué terribles guerreros os lanzaron? / ¿Han sido las estrellas? / Vuestras músicas vienen / del alma de los pájaros / de los ojos de dios / de la pasión perfecta / ¡Árboles! / ¿Conocerán vuestras raíces toscas / mi corazón en tierra? “. La plazoleta de los Pinsapos es un cruce de caminos que nos pueden llevar al Pico de los Reales en 2,2 kilómetros o al Puerto de Peñas Blancas en 3,5 kilómetros. En la plazoleta, unas bancadas de piedra circundan hasta cuatro enormes ejemplares de pinsapo para facilitar el reposo del caminante. Alguien, no hace mucho tiempo, también se dedicó a levantar un minúsculo refugio, apto para refugiarse una sola persona de una cambio súbito y brusco de tiempo. Más una escuálida guarida que un buen parapeto.
Nos sentamos un tanto, reposamos, tomamos algo de agua, un ligero tentempié. En silencio. Escuchamos el lenguaje del bosque, repleto de quejidos, de sonidos que escapan, de murmullos de agua, de trinos fugaces, de movimientos untuosos. La niebla va y viene, como un
prestidigitador oculta y muestra el paisaje ante nuestros ojos. Si las condiciones meteorológicas no nos hablaran de cerrazón habríamos ascendido hasta el Pico de los Reales o hasta el Puerto de Peñas Blancas. Hoy, optamos por la prudente retirada que siempre ha de acompañar al senderista. Además aún tenemos que ir hasta el Área Recreativa de los Reales y hasta el mirador de Salvador Guerrero.
En el regreso, como en la ida, no nos hemos cruzado con nadie. Caminamos ensimismados, en silencio, mirando la naturaleza indómita que nos engulle. Cruzamos el puente, cruzamos la torrentera, nos dejamos acariciar por los pinsapos. Llegamos al saliente. El hada no está. Ha desaparecido.
Qué se puede esperar de la gracia sutil y volátil, delicada, de un hada del bosque… quizá que siempre forme parte de nuestra imaginación.
El mirador y el refugioNos despojamos del barro adherido a las suelas. Bebemos un trago de agua. Nos montamos en el coche y conducimos con precaución hacia arriba. Llegamos a na explanada, nuevo cruce de caminos que nos señala a la derecha la dirección hacia el Pico de los Reales, el Área
Recreativa de los Reales a 120 metros, el paseo y mirador de Salvador Guerrero a 1 kilómetros. Dejamos el coche estacionado e iniciamos un nuevo camino, esta vez por una tramo de carretera de montaña. Apenas en 5 minutos aparece ante nosotros, fantasmal, el Refugio de Agustín Lozano, construido en 1899. Un caserón blanco, con una gran puerta de madera. Todo el ambiente continúa siendo fantasmal hasta que, de improviso… Dos niños salen corriendo desde el interior del refugio… les saludamos, así como a
otros viajeros valientes que se asientan en el interior. El refugio es también una sucinta taberna. Regresaremos en veinte minutos. Caminamos hacia delante. La niebla se cierra más y más. El espolón, el saliente hacia el mar que es el mirador de Salvador Guerrero está ocupado por la niebla. Un mirador ciego, oculto. Sabemos que el mar está ahí, que la efigio de la Costa del Sol está ahí, pero es imposible verlo. El viento azota. Recordamos. En nuestro viaje a Genalguacil, el 30 de junio de 2009, estuvimos en este mismo lugar. Lucía un sol espléndido. Creo que podremos
utilizar las fotografías de aquella jornada para ilustrar este escrito. Con esa idea regresamos por un camino casi invisible, borrado por la bruma espesa. Caminamos hasta el refugio, entramos, saludamos con esa camaradería propia de los montañeros, de los senderistas. Huele a puchero. Intensamente. Aún
no es hora. Casi escuchamos el bullir de la olla en el fuego. Nos informa uno de los responsables del refugio que abren sábados, domingos y festivos y que de comer ofrecen lo que haya ese día, véase puchero, callos, coles, platos de los montes (lomo, huevo, chorizo, papas, pimientos). Lo que tercie. Es un plan excelente para una mañana de fiesta. Pedimos dos sucintos cafés y nos sentamos en una de las cuatro mesas alargadas de madera que hay en el gran salón. El refugio es humilde y huele a chimenea, hoy apagado. Tomamos nota. Este invierno, uno de esos días crudos, probaremos la olla y saboreamos os un café recio al amor de la chimenea. Sin falta. Los niños siguen jugando.
Despedida
El hada vuela, despega sus pies gráciles de la roca contundente. Ve como esos dos viajeros, caminantes, silenciosos, dejan atrás los pinsapos y se adentran en la niebla. Les sigue aún con su mirada y sabe que caminan por la senda correcta. El hada vuela, rápido, desaparece entre las copas de los árboles, como un súbito destello de luz.
Enlaces de interés y consejos útiles
Senderismo: Sin duda es un lugar excelente para caminar. Las sendas son agrestes, pero están bien equipadas. Hay itinerarios para todos los gustos, de mayor y menor dureza. Es fácil encontrar webs donde los detallan. En la Ventana del Visitante encontramos tres de ellos.
Enlaces de interés: Toda la información aparece en la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol Occidental y en la web especializada de la Junta de Andalucía, la Ventana del Visitante. Los ayuntamientos de Casares, Estepona y Genalguacil también la incluyen en sus webs.
Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.
Ubicación: En este mapa de Google se puede referenciar el lugar de este Paraje Natural.
Ver El Color Azul del Cielo "Espacios Naturales de Málaga" en un mapa más grande
EN / 13 LOS REALES DE SIERRA BERMEJA: El reino del hada
martes, 4 de octubre de 2011
Publicado por Israel Olivera en 0:01 2 comentarios
Etiquetas: Casares, coles, Estepona, Genalguacil, hadas, Los Reales de Sierra Bermeja, meloncillos, pinos, pinsapo, plato de los montes, refugio, Sierra Bermeja
EN / 12 SIERRA CRESTELLINA: Los picos y el cielo
martes, 20 de septiembre de 2011
Y el verde esmeralda del bosque y el azul intenso del cielo y el blanco de las últimas nieblas y el gris de las altas crestas. Con toda esta paleta de colores intensos dibujamos un paisaje duro y serio, recio, dos picos columbrados por aristas grisáceas que apuntan hacia el cielo, el tejado pardo de un refugio que parece pender de la pared misma de la sierra, al fondo, un bosque cerrado de intensos verdes, reluciente tras el rocío, una fina línea que marca el sendero que tendremos que recorrer, la bajada de vértigo entre el roquedal. Y en todo ello, la esperanza de vislumbrar el planeo delicado y sutil de los buitres leonados, el vuelo radical de algunas rapaces, el cimbreo de los árboles causado por algún mamífero huidizo. Esto es Sierra Crestellina, un pico señorial que mira a Casares y al mar.
El Paraje Natural Protegido de Sierra CrestellinaSon dos picos afilados que apuntan hacia lo alto, blancos. Cara al mar del Valle del Genal, balcón hacia el Campo de Gibraltar y escuderos de Sierra Bermeja. El municipio de Casares se adormece sobre su falda y e corona con ellos cual nido de águila. Una de sus particularidades reside en su color, grisáceo, blancuzco en sus cimas peladas, muy distinto del color ocre de la ya citada Sierra Bermeja. Parecen relucir ambos picos bajo el cielo, como un aviso para navegantes, una referencia ineludible de viajeros y marinos,
cruce de caminos entre Algeciras, Málaga y Ronda. Caminos que fueron surcados desde tiempos inmemoriales por fenicios y romanos y árabes y cristianos y piratas berberiscos.
Imaginamos también caminar por las laderas de Sierra Crestellina a un Blas Infante niño. El padre de la llamada patria andaluza nación en Casares y quizá estas montañas fueran parte de su zona de juegos, quizá aquí, en la altura y la proximidad del Mediterráneo, entre el blanco de las nubes y el verde de los bosques forjó su primigenia idea de Andalucía. Conjeturas.
Lo que sí es una realidad es que Sierra Crestellina, que recibe este nombre precisamente por sus crestas y cortados de considerables altura, fue nombrado Paraje Natural Protegido en el año 1989, que su superficie es de 478 hectáreas, que en el año 2002 se considero Zona de Especial Protección para las Aves, que está propuesto a día de hoy como Lugar de Importancia Comunitaria y que sus dos picos más altos son el de Sierra de Casares (906 metros) y Cerro de las Chapas (948 metros).
Su composición caliza, propensa al desgaste por la erosión hace que el paraje esté salpicado de numerosos cuevas, simas y grutas como la de la Virgen, la del Almez, la del Puerto de Ronda, la del Abrigo del Granaíno o la del Abrigo de Pacis.
La vegetación y flora que se acomoda en su terreno destila esencia mediterránea: alcornoques, quejigos, romero y tomillo, encinas (incluyendo la famosa encina de Pepe Díaz a la que datan con más de 300 años de antigüedad), aulagas y esparragueras, espino negro, acebuches, pino pinaster, jara… Una variedad amplia que se ve reforzada con repoblación artificial de pino carrasco. Introducción artificial que se realizó tras el devastador incendio de 1984, en el que se quemó la zona más occidental de la sierra.
El señoreo de los buitres leonados es indiscutible dentro de la fauna que se encuentra en el paraje, que cuenta con una estimable colonia y zona de nidificación en la sierra. Además de esta especie carroñera, se hallan rapaces como el halcón peregrino, el águila perdicera o el cernícalo vulgar, y mamíferos como el meloncillo, el gato montés, la cabra montés o el corzo.
Con todos estos mimbres y documentación anotados en el cuaderno de viaje, iniciamos nuestro recorrido.
El sendero de Crestellina NaturalVemos el pico enhiesto, allá en lo alto. Un grupo de nubes grises, brumas marinas, cubre la parte norte del recorrido. Brillan las calizas en la cima de los picachos, como si de un faro se tratara. La mañana, fresca y viva, que anuncia la inminente llegada del otoño, alienta el camino, las ganas de andar, de descubrir un nuevo recorrido para nosotros.
El sendero de Crestellina Natural es una ruta circular de ocho kilómetros que se puede realizar en aproximadamente tres horas. La primera parte nos llevará hasta el Puerto de las Viñas, caminando sobre una pista semipavimentada que conduce a numerosas fincas diseminadas por la zona oriental de la sierra, bosques de alcornoques, un paso natural al valle del Genal y las primeras estribaciones de un cerrado bosque. La segunda parte de la ruta nos llevará a través de ese bosque por un amplio sendero natural, a la sombra de los picos más altos, faldeando a media altura la sierra, con unas inmejorables vistas, hasta el Refugio de Sierra Crestellina. Para y fonda antes de acometer una importante bajada (que se debe realizar con precaución, no aconsejable para niños ni para personas con vértigo)
que cae casi a pico hasta la carretera que nos llevará de nuevo a Casares. Comenzamos.
La mañana es agradable, temperatura perfecta para caminar. Hemos visto algunas nieblas en Sierra Bermeja y algunas nubes grises y densas en el cielo a nuestra llegada. La predicción meteorológica no anuncia lluvia, pero siempre es aconsejable llevar entre nuestros pertrechos una camiseta de recambio y un impermeable fino. Hemos estacionado el coche en las proximidades del Restaurante Laura. Rente a él nos encontramos los paneles informativos de la ruta y se inicia el camino. Pista de tierra semiasfaltada, en ascenso constante durante casi la mitad del recorrido que nos llevará diligentemente y sin pérdida hasta el Puerto de las Viñas. La singularidad de este primer tramo reside en el uso que el ser humano ha dado a estas laderas y su vaguada. Alcornoques tratados, campos de cultivos que se deslizan como ríos entre las rocas salientes, fincas de postín y fincas de labranza. Se respira paz y sosiego. Durante todo el recorrido nos cruzamos con dos coches y con los ladridos de dos perros guardianes. Apenas a 300 metros del inicio vamos a encontrar una fuente del siglo XVIII conocida como Fuente Arquita, se acompaña el conjunto de dos frondosos y umbríos árboles y par de bancos. Es un buen lugar para llenar botellas y cantimploras con agua fresca, ya que en el resto del recorrido no encontraremos agua potable.
Desde los primeros pasos y salvada la primera curva nos hacemos una idea cabal del sendero, casi se dibuja hasta el puerto de frente y pro la derecha para desviarse hacia la izquierda, perfilándose a media altura de la ladera hasta desembocar en el Refugio, cuyo tejado se contempla pronto y vemos la bajada que nos llevará, casi, hasta el punto
en el que ahora nos encontramos.
Las cimas de la Sierra de Casares y el Cerro de las Chapas se tiñen de rojo con la llegada del sol, despunta el colorido y contrasta con la luna mañanera, aún presente en el cielo. Al fondo del valle, ascendiendo hasta el puerto de las Viñas, un intenso bosque esmeralda, profundo y apretado. Caminamos despacio, el camino no tiene mayor complicación. Todo es ascendente y en algunos tramos se empinan un tanto las cuestas, pero es fácilmente salvable. Observamos las casas de campo, sus nombres curiosos, sus procedencias insólitas, como la finca el “Rincón de Xochipili” cuyo nombre
responde al “dios de las aztecas, del canto, la poesía, del teatro, del amor, del baile, del mundo vegetal, de la primavera y el Príncipe de las Flores de México” tal y como reza un panel cerámico a la entrada de la finca. Continuamos camino, si pérdida. No tomar ning
ún otro sendero a
izquierda o derecha.
Llegamos así hasta el Puerto de las Viñas, un paso natural hacia el Valle del Genal, cuyas últimas estribaciones podemos contemplar, mientras la niebla desciende muellemente desde Sierra Bermeja hacia los castaños a punto de madurar. Vemos un caserío flotando entre el bosque, podría ser Jubrique. Una señal nos indica el camino hacia el refugio. Hemos tardado aproximadamente una hora.
Nos adentramos en el bosque.
El viento mece las copas de los árboles y dota nuestro paseo de una banda sonora inigualable. Silban algunas rachas entre el cresterío de los picos. Se mueve la maleza a nuestro paso, entre bisbiseos rápidos y secretos. Huyen de nosotros los habitantes del bosque. El bosque es cerrado, apretado y apenas se puede vislumbrar nada ladera abajo, su boca oscura colmada de troncos y jaras
forma una tupida barrera. Caminamos en silencio, despacio, inspirando los aromas sentidos que emanan de la foresta.
De pronto nos sorprende un aleteo recio, súbito. Flap-flap-flap-flap- Miramos hacia arriba y nos da tiempo a disparar la cámara para captar el vuelo de una rapaz desde su nido. Todo ha sido tan rápido que apenas nos da tiempo a enfocar.
Escuchamos cómo cae alguna piña, haciendo un ruido de ecos solitarios. Caminamos sobre un colchón mullido de agujas de pino secas. A la derecha dejamos el camino que lleva hasta los 948 metros de altura del Cerro de las Chapas, que casi vemos sobre nuestras cabezas en una apertura del bosque. Seguimos.
Tras una curva. El paisaje prodigioso. Hasta ahora hemos caminado sumidos en la casi oscuridad, al abrigo del tupido enramado. De pronto, éste se despeja y ofrece la vista interminable de Casares sobre su peñón, del mar al fondo, como el presagio de un largo viaje, las primeras estribaciones del Campo de Gibraltar… Es deslumbrante.
El camino ahora se abre a la sierra a la derecha y al bosque y la vaguada a la izquierda. Discurre a media altura, bajo los picos, casi en línea recta y sin demasiadas oscilaciones del terreno. Ralentizamos la marcha para disfrutar del paisaje que esconde y asoma el municipio de Casares en un juego de escondites. Sentimos, desde el sendero, el poder que otorga la altura y que permite otear más allá, ver un nuevo paisaje sobre otro conocido, situarse más cerca de las nubes y con una vista privilegiada sobre los espejismos del mar.
Desde aquí vemos, perfectamente, el recorrido que hemos realizado. La pista que nos ha llevado desde el centro urbano hasta el Puerto de las Viñas, y el bosque esmeralda que hemos dejado atrás. Aún se ven, las imponentes alturas de Sierra Bermeja hacia el este.
El mar se esconde tras una cortina caliginosa, el sol juega con sus reflejos. Y Casares, con los restos amurallados de su castillo.
Seguimos el camino, tiramos fotos, anotamos, nos paramos y contemplamos el paisaje. En una hora, aproximadamente hemos llegado hasta la desviación que nos llevará al refugio y a mirador de la Cosalba (a 300 metros). Tomamos el desvío a la derecha que nos llevará hacia el mirador, mientras una creciente brisa transformada en viento nos azota.
Antes de llegar al mirador realizamos una parad técnica ante un panel explicativo: El buitre leonado. “El cortado calizo que se extiende ante nosotros alberga el más importante núcleo de población de buitre leonado de la provincia de Málaga (…) Se las puede sorprender al amanecer, sobre las repisas, a la espera de que el sol caldee el ambiente y forme corrientes ascendentes de aire calientes, conocidas como corrientes térmicas”. Observamos atentamente. Escudriñamos con los prismáticos. Hoy no es nuestro día de suerte. Y es raro porque en los viajes realizados por esta zona camino del Genal o de Ronda, ha sido siempre imagen
inevitable contemplar el planeo de los buitres sobre nuestras cabezas. Otra vez será. Ascendemos desde aquí hasta el mirador y, batidos por el viento, contemplamos el paisaje. Casares, el Mediterráneo, el bosque de aerogeneradores, como gigantes de novela de caballeros, el Campo de Gibraltar. La mañana, no permite una visión nítida del paisaje y lo envuelve en misterios. Descendemos, retomamos el camino y llegamos, sin pérdida hasta el refugio de Sierra Crestellina, parada obligada para el descanso y
el avituallamiento antes de afrontar el último tramo de bajada.
El refugio es una casa sencilla, con dos mesas en el exterior de un porche protegido y una pequeña habitación cerrada. Lo bueno es que se puede reservar en el Ayuntamiento de Casares, llamando al teléfono 952 89 51 48. Es una opción estupenda para pasar una noche o un fin de semana en un entorno natural privilegiado y contemplar, por ejemplo, el amanecer y atardecer desde el
mirador de la Cosalba.Nos sentamos en una de las mesas. Buen refrigerio, agua, algo de dulce. Todo es silencio, sólo se escucha el murmullo del viento, que ha aflojado. Revisamos, recogemos la poca basura que hemos generado y retomamos el camino.
Desde el refugio hasta la carretera todo es descenso, un pronunciado descenso. El camino, perfectamente señalizado, discurre entre pinos, anejo a una torrentera. Los cascajos de piedra que salpican todo el desnivel pueden inducir a resbalones, así que, hay que tener cuidado, precaución, acudir con un buen calzado y un bastón, al ser posible (y bien manejado). Bajamos sin mayor problema, sorteando las dificultades que nos salen al paso hasta llegar a la zona más complicada. Recogemos la cámara en la
mochila, atamos el bastón a uno de sus correajes y bien asidos a la piedra salvamos el camino que transcurre casi a roca pelada y mirando a un precipicio serio. Tomando las precauciones mínimos no tiene porqué surgir ningún problema. Tras el paso, desenfundamos de nuevo la cámara y nos introducimos en un bosquete de algarrobos, siempre decendiendo hasta vislumbrar Casares sobre nosotros por primera vez en todo el trayecto. Salimos a la carretera bordeando campos privados de cultivo y desde este punto, subimos hasta el lugar en el que hemos estacionado el coche.
Miramos hacia arriba y al fondo del valle y casi podemos trazar con un dedo en el aire el recorrido completo que hemos realizado.
Despedida
Planean en círculos, apenas sin batir las alas, mecidos por las corrientes de aire caliente. Otean el horizonte y vigilan los campos en la tierra, a la búsqueda infatigable de sustento. Su envergadura descomunal, de casi dos metros y medio, impone. Ni un graznido. Silencio. Atisban y descienden con delicada ligereza, sabiendo que el alimento no es huidizo. Tras el primero, otro y otro y otro, en bandada ordenada. Casi sentimos su presencia.
Esto imaginamos encaramados al mirador de la Cosalba, mientras la brisa refresca nuestra piel y en la mirada aún se pinta el color azul del cielo y el verde esmeralda del bosque.
Enlaces de interés y consejos útiles
Enlaces de Interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web de la Junta de Andalucía, Ventana del Visitante. Además, la página web municipal de Casares.
Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.
Ubicación: En este mapa de Google se puede referenciar el lugar de este Paraje Natural Protegido.
Ver El Color Azul del Cielo "Espacios Naturales de Málaga" en un mapa más grande
Publicado por Israel Olivera en 0:01 3 comentarios
Etiquetas: buitre leonado, Casares, costa, paraje natural, rutas senderistas, senderismo, Sierra Crestellina, turismo activo