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EN / 13 LOS REALES DE SIERRA BERMEJA: El reino del hada

martes, 4 de octubre de 2011

Y se apareció un hada. Entre el paisaje fantasmagórico e irreal bosquejado por la niebla, el bramido del viento que ascendía con virulencia desde el Valle del Genal, los enhiestos pinsapos tocando con las yemas de los dedos el cielo blanco y pétreo, allí, sobre una roca, apareció. Señalaba el camino entre el muro de nubes, y sonreía.

Una aproximación

Un penacho de nubes apretadas corona los Reales de Sierra Bermeja. Destaca el blanco puro, inmaculado con el intenso color rojizo de sus laderas, el verde de sus bosques primitivos y apretados, el azul que se pinta en el cielo. Asemeja a un paraíso ignoto, perdido, remoto, escondido entre las brumas. Un reino de hadas y duendes y elfos y quizá de los hobbits y orcos de Tolkien. Los pinsapos, endémicos, únicos, orgullosos, mecen sus ramas en la húmeda y escondida cara norte del macizo montañoso. La otra vertiente, la sur, mira al mar de tú a tú, desafiante. Los días despejados, cuando la reina de la montaña se despoja de su corona de nubes, Sierra Bermeja ofrece al visitante un paisaje excepcional, el mapa tridimensional y colorista de la Costa del Sol Occidental. Los días cerrados, muta, troca el paisaje, cambia y ofrece un rostro íntimo, más oscuro, intensamente atractivo, secreto, poblado de seres imaginarios. Los Reales de Sierra Bermeja se encastillan sobre una montaña roja. Roja, bermeja, ocre. Y esconden la posibilidad de hallar un hada en el camino.

Paraje Natural de los Reales de Sierra Bermeja

Tres municipios comparten el privilegio de contar en su término municipal Los Reales de Sierra Bermeja: Casares, Estepona y Genalguacil. Cada uno de ellos, además dispone de fragmento distinto, diferente, de este paraje natural. Si Estepona se atribuye los miradores, Genalguacil los Pinsapos, y Casares la densa masa forestal de pinar. Es este, sin duda, un espectacular espacio protegido, por la magnitud de sus cimas (el Pico de los Reales alcanza los 1.450 metros de altura), por la riqueza de sus bosques y por su variedad faunística. Es además Los Reales un doble hito en biología. Aquí se descubrieron dos especies nunca vistas. La primera de ellas, el pinsapo, un tipo de abeto endémico de esta zona mediterránea, y la segunda de ellas, el meloncillo, un roedor de la familia herpestiade, similar a la mangosta.
Destaca el color de Los Reales, rojizo, intenso bermejo. De ahí su nombre. El colorido de la montaña proviene de las perioditas, mineral del que está formado el macizo y que ocupa la mayor extensión de suelo del mundo. Característica a la que hay que unir a los pinsapos, ya que este es el único bosque de este particular tipo de árbol que crece sobre este particular tipo de mineral.
Son muchas las razones para visitar Sierra Bermeja y su excepcionalidad es también una de ellas.
Ocupa una extensión de 1.236 hectáreas, de las cuales 100ha están pobladas por pinsapos. Separa Ronda del mar a lo largo de 35 kilómetros de sierra. Su altura media es de 1.000 metros y su cota más alta se alcanza en el Pico de Los Reales con 1.450 metros de altura. En su espacio protegido se cuentan más de 250 especies forestales y 60 especies de mariposas. Su temperatura media anual se sitúa en torno a los 14º y 17º.
Los Reales de Sierra Bermeja está surcado por varias rutas senderistas, siendo la más emblemática de ellas el Paseo de Los Pinsapos, con 4,5 kilómetros de distancia y 2 horas de duración solo en la ida. Una oportunidad única para disfrutar de los pinsapos centenarios (pueden alcanzar los 400 años de edad) y de más de 30 metros de altura algunos de ellos.
Los Reales de Sierra Bermeja cuenta además con un refugio abierto los fines de semana donde tomar un buen café, una olla contundente de puchero, de callos (lo que toque en el día) o un bien abastecido plato de los montes.
En los días despejados no se puede obviar el mirador de Salvador Guerrero, una auténtica terraza sobre la Costa del Sol Occidental y que ofrece un paisaje inconmensurable.

El pinsapo y el meloncillo

Pinsapo y meloncillo. Nombres curiosos. Un árbol y un roedor. Ambos unidos por Sierra Bermeja. Fue en el año 1837 cuando el botánico suizo E. Boissier descubrió el pinsapo. Este hallazgo estuvo precedido de otro anterior que había realizado un farmacéutico malagueño, Félix Haenseler, un roedor al que se llamó meloncillo.
El meloncillo es conocido también como mangosta egipcia y se cree que fue introducido en la Península Ibérica pro los pobladores árabes. Este mamífero fue requerido como gran cazador de serpientes y muy apreciado como mascota. Curiosamente también se la llama serpiente peluda, por su forma alargada y vellosidad. También es conocido como el diablo de los matorrales.
El pinsapo, por su parte, tal y como apunta wikipedia es el “Abies pinsapo, el pinsapo o abeto español, es una especie arbórea del género Abies, perteneciente a la familia Pinaceae y de distribución restringida a la zona del sur mediterráneo de España. Está emparentado con otras especies de abetos de distribución mediterránea”. Con al siguiente descripción: 2Árbol de hasta 30 m, de porte elegante que, en algunos ejemplares viejos se torna retorcido o dividido en varios brazos. Corteza fina, gris claro, con grietas oscuras de poca profundidad. Hojas gruesas, de sección subcuadrangular, de color verde oscuro y con bandas estomáticas blancas apreciables en ambas caras. Conos masculinos en la periferia de la copa, de color rojo púrpura, excepcionalmente amarillos. Piñas grandes, erguidas, situadas en la parte superior de la copa, que cuando maduran se deshacen para liberar los piñones, dejando caer al suelo unas piezas con dos escamas pegadas (la tectriz, muy corta; y la seminifera)”.
El pinsapo es un árbol particular, mayestático, erguido en su juventud, enhiesto, desafiante. Tienen además sus ramas tribuladas un aspecto que lo hace característico. Su endemismo realza su valor botánico y ecológico. Hay que descubrirlo.

El paseo

Accedemos desde Estepona. La mañana es cálida y despejada, pero pronto observamos el penacho blanco que cubre la cima de Sierra Bermeja. La ascensión, en curvas pronunciadas, va dejando atrás un paisaje que crece con cada revuelta de la carretera. Costa del Sol, Estepona, San Pedro Alcántara, Sierra Blanca y el pico de la Concha en Marbella, Sierra de las Nieves… 15 kilómetros de ascensión hasta llegar a un cruce de caminos. Derecha: Jubrique. Centro: Genalguacil (por carretera asfaltada hasta llegar a una pista forestal). Izquierda: Los Reales de Sierra Bermeja. Un grupo de turistas alemanes se asientan en la explanada protegidos en el interior de varios todoterrenos. Sobre el camino, estrecho, de montaña, que nos lleva a Los Reales se cierra la niebla. Nos adentramos.
Conducimos despacio, con precaución. La carretera está asfaltada y un sinnúmero de agujas de pino al alfombran. En 2,5 kilómetros se encuentra el acceso al Paseo de los Pinsapos y en algo más de 4 kilómetros, el Refugio de Agustín Lozano y el Mirador de Salvador Guerrero. Hemos entrado en un mundo mágico. La niebla se mueve como un ser vivo a nuestro alrededor. Las curvas de la carretera se cierran y se abren sobre sí mismas. Creemos ver figuras entre los troncos de los árboles, figuras que aparecen y desaparecen. Y la intensa tierra roja. En una curva de izquierdas especialmente pronunciada comienza en Paseo de los Pinsapos. El espacio en la cuneta solo permite estacionar a dos o tres coches. Aparcamos. Salimos. La niebla nos envuelve igual que abraza al paisaje. Nos pertrechamos y comenzamos en camino. Es mágico. Sin duda, en un día despejado, las vistas que ha de ofrecernos del Valle del Genal tienen que ser espectaculares, pero hoy, envuelto en densa bruma, el paisaje tiene un aroma especial, de leyendas. Nuestro objetivo es llegar hasta la Plazoleta de los Pinsapos.
Relumbra el verde húmedo e intenso entre la niebla. Los pinsapos descienden hacia el valle a nuestros pies. Se ocultan. Se asoman. Y las nubes blancas les engullen y les expulsan. El camino, descendente, está perfectamente señalizado y no tiene pérdida. En algún tramo está poblado de rocas y es necesario aumentar la precaución.
Los pinsapos, altos, erguidos, abren sus ramas en horizontal, parecen seres de alargados brazos. El musgo, verde, tiñe los roquedales que marcan partes del camino. Algunos matorrales nos acarician las piernas mientras andamos. El ambiente fantasmal nos rodea y espolea la imaginación, creyendo ver gnomos y elfos bajo las primeras setas, taimados orcos acechando tras un tronco especialmente grueso, los hobbits tolkienanos saltando de roca en roca… Lo que no imaginábamos era encontrar un hada en el camino. Sobre un saliente, con una corona de flores enmarcándole el pelo, los ojos azules, y un vestido blanco y amarillo flameando al viento. En su mano derecha lleva un tambor al que parece azuzar. Una sonrisa ladeada se pinta sobre su rostro. Es sorprendente, sobrecogedor. Un hada. Hemos visto un hada que nos señala el camino a seguir con una sonrisa. Nos despedimos de ella, aún sin aliento, y continuamos. Se abre el paisaje y se cierra. Laderas pobladas de matorrales verdes, cercadas por los altos pinsapos, por algún quejigo escondido. El sendero, siempre rojizo, nos guía.
Los árboles se cierran sobre nosotros. Sorteamos algunos obstáculos. Observamos las torrenteras sembradas de rocas que caen hacia el valle. Las salvamos a trancos, sin mayor problema. Es un bosque repleto, vivo, mágico. Se escuchan los sonidos de la naturaleza, vivos, próximos. El bramido del viento que empuja la niebla desde el valle. Las gotas de rocío que caen sobre el camino resuenan en las hojas a nuestro paso. Todo es fantasmagórico y mágico. Apreciamos las particularidades de los pinsapos, sus agujas.
Seguimos camino hasta llegar a un puente que salva una importante torrentera, lo cruzamos, miramos hacia abajo y comprobamos la impresionante fuerza de la naturaleza. Continuamos el sendero que asciende hasta llegar a la plazoleta de los pinsapos.
Lorca canta a las majestades de los árboles desde una placa: “Árboles / ¿Habeis sido flechas / Caidas desde el azul? / ¿Qué terribles guerreros os lanzaron? / ¿Han sido las estrellas? / Vuestras músicas vienen / del alma de los pájaros / de los ojos de dios / de la pasión perfecta / ¡Árboles! / ¿Conocerán vuestras raíces toscas / mi corazón en tierra? “. La plazoleta de los Pinsapos es un cruce de caminos que nos pueden llevar al Pico de los Reales en 2,2 kilómetros o al Puerto de Peñas Blancas en 3,5 kilómetros. En la plazoleta, unas bancadas de piedra circundan hasta cuatro enormes ejemplares de pinsapo para facilitar el reposo del caminante. Alguien, no hace mucho tiempo, también se dedicó a levantar un minúsculo refugio, apto para refugiarse una sola persona de una cambio súbito y brusco de tiempo. Más una escuálida guarida que un buen parapeto.
Nos sentamos un tanto, reposamos, tomamos algo de agua, un ligero tentempié. En silencio. Escuchamos el lenguaje del bosque, repleto de quejidos, de sonidos que escapan, de murmullos de agua, de trinos fugaces, de movimientos untuosos. La niebla va y viene, como un prestidigitador oculta y muestra el paisaje ante nuestros ojos. Si las condiciones meteorológicas no nos hablaran de cerrazón habríamos ascendido hasta el Pico de los Reales o hasta el Puerto de Peñas Blancas. Hoy, optamos por la prudente retirada que siempre ha de acompañar al senderista. Además aún tenemos que ir hasta el Área Recreativa de los Reales y hasta el mirador de Salvador Guerrero.
En el regreso, como en la ida, no nos hemos cruzado con nadie. Caminamos ensimismados, en silencio, mirando la naturaleza indómita que nos engulle. Cruzamos el puente, cruzamos la torrentera, nos dejamos acariciar por los pinsapos. Llegamos al saliente. El hada no está. Ha desaparecido.
Qué se puede esperar de la gracia sutil y volátil, delicada, de un hada del bosque… quizá que siempre forme parte de nuestra imaginación.

El mirador y el refugio

Nos despojamos del barro adherido a las suelas. Bebemos un trago de agua. Nos montamos en el coche y conducimos con precaución hacia arriba. Llegamos a na explanada, nuevo cruce de caminos que nos señala a la derecha la dirección hacia el Pico de los Reales, el Área Recreativa de los Reales a 120 metros, el paseo y mirador de Salvador Guerrero a 1 kilómetros. Dejamos el coche estacionado e iniciamos un nuevo camino, esta vez por una tramo de carretera de montaña. Apenas en 5 minutos aparece ante nosotros, fantasmal, el Refugio de Agustín Lozano, construido en 1899. Un caserón blanco, con una gran puerta de madera. Todo el ambiente continúa siendo fantasmal hasta que, de improviso… Dos niños salen corriendo desde el interior del refugio… les saludamos, así como a otros viajeros valientes que se asientan en el interior. El refugio es también una sucinta taberna. Regresaremos en veinte minutos. Caminamos hacia delante. La niebla se cierra más y más. El espolón, el saliente hacia el mar que es el mirador de Salvador Guerrero está ocupado por la niebla. Un mirador ciego, oculto. Sabemos que el mar está ahí, que la efigio de la Costa del Sol está ahí, pero es imposible verlo. El viento azota. Recordamos. En nuestro viaje a Genalguacil, el 30 de junio de 2009, estuvimos en este mismo lugar. Lucía un sol espléndido. Creo que podremos utilizar las fotografías de aquella jornada para ilustrar este escrito. Con esa idea regresamos por un camino casi invisible, borrado por la bruma espesa. Caminamos hasta el refugio, entramos, saludamos con esa camaradería propia de los montañeros, de los senderistas. Huele a puchero. Intensamente. Aún no es hora. Casi escuchamos el bullir de la olla en el fuego. Nos informa uno de los responsables del refugio que abren sábados, domingos y festivos y que de comer ofrecen lo que haya ese día, véase puchero, callos, coles, platos de los montes (lomo, huevo, chorizo, papas, pimientos). Lo que tercie. Es un plan excelente para una mañana de fiesta. Pedimos dos sucintos cafés y nos sentamos en una de las cuatro mesas alargadas de madera que hay en el gran salón. El refugio es humilde y huele a chimenea, hoy apagado. Tomamos nota. Este invierno, uno de esos días crudos, probaremos la olla y saboreamos os un café recio al amor de la chimenea. Sin falta. Los niños siguen jugando.

Despedida

El hada vuela, despega sus pies gráciles de la roca contundente. Ve como esos dos viajeros, caminantes, silenciosos, dejan atrás los pinsapos y se adentran en la niebla. Les sigue aún con su mirada y sabe que caminan por la senda correcta. El hada vuela, rápido, desaparece entre las copas de los árboles, como un súbito destello de luz.

Enlaces de interés y consejos útiles

Senderismo: Sin duda es un lugar excelente para caminar. Las sendas son agrestes, pero están bien equipadas. Hay itinerarios para todos los gustos, de mayor y menor dureza. Es fácil encontrar webs donde los detallan. En la Ventana del Visitante encontramos tres de ellos.

Enlaces de interés: Toda la información aparece en la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol Occidental y en la web especializada de la Junta de Andalucía, la Ventana del Visitante. Los ayuntamientos de Casares, Estepona y Genalguacil también la incluyen en sus webs.

Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.



Ubicación: En este mapa de Google se puede referenciar el lugar de este Paraje Natural.


Ver El Color Azul del Cielo "Espacios Naturales de Málaga" en un mapa más grande

18 ALGATOCÍN: DE MATANZAS, PRINCESAS Y CALLES INTRINCADAS

martes, 11 de agosto de 2009

Hay una leyenda. La leyenda de una princesa mora. Se llamaba Algatoisa y era la hija de un rey moro de Ronda. Sobre los cimientos de su castillo se erigió la actual Iglesia de la Virgen del Rosario. Ningún documento certifica la existencia de esta bella princesa capaz de dar nombre a un pueblo. Pero los mayores cuentan que los mayores cuentan que los mayores cuentan... Y la tradición oral se confunde con la realidad y con la historia hasta ser imposible comprobar qué de verdad y qué de leyenda tuvo la existencia de la princesa Algatoisa. Así, los historiadores, científicos de ley, aseguran que el nombre de Algatocín proviene del asentamiento en esta zona de una tribu bereber que respondía al nombre de Al Atusilyn y aunque será cierto, siempre preferiremos imaginar el espíritu de Algatoisa deambulando por el dédalo intrincado de las callejas algatocileñas. Un perfume a flores se huele al pasar tras un esquina, ¿será ella?

Aproximación


Antes de llegar al centro urbano de Algatocín y si venimos desde Gaucín por la carretera que une Ronda con Algeciras, tenemos una parada obligatoria para ubicarnos geográfica y mentalmente en el lugar que vamos a visitar. Apenas a un kilómetro del pueblo se encuentra el Mirador del Genal, un balcón asomado a al valle del río con el mismo nombre y que ofrece una panorámica sin igual. Se observan desde allí los pueblos blancos de Alpandeire, Fajarán, Jubrique o Genalguacil, la cima del pico Torrecilla e incluso el Peñón de Gibraltar. Ante nuestra mirada, un frondoso bosque de alcornoques, pinos y encinas que se aprietan unos contra otros, las hendiduras de los arroyos en el denso manto de las colinas, la fragancia de naturaleza exhuberante ascendiendo desde el Genal... Vemos el apiñado caserío de Algatocín, ubicamos el torreón de la iglesia, la cuesta que asciende hasta la ermita, el trazado irregular de sus estrechas calles.... Tomamos aire y descendemos con el automóvil hacia el centro. Apenas distan 30 kilómetros hasta Ronda, y en los fines de semana esta carretera es muy transitada por motoristas, así que también se recomienda cierta precaución y sosiego, para además, disfrutar mejor del paisaje.

Llegada y, lo primero, desayuno

Para entrar en el centro de Algatocín desde la carretera Ronda-Algeciras es necesario, una vez llegado a la entrada del pueblo, tomar el desvío que indica Estepona-Genalguacil y que atraviesa la parte baja del municipio donde se recomienda aparcar en el primer sitio que se descubra libre. Es un pueblo estrecho y con mucha vida, donde todo está muy cerca, así que no temamos pasear un tanto. Con toda probabilidad nos encontraremos en primera instancia con La Alameda, una plaza céntrica y que parece aglutinar la vida social algatocileña. Es este un lugar perfecto para iniciar la visita, ya que desde ella partes numerosas calles y callejas que se pierden en las sombras. Tomamos fuerzas en el bar que está situado en el frontal de la misma plaza. La tostadora está rota, así que se nos recomienda tomar una especialidad local, las tortas. Las tortas son una especie de masa de churro fina que, doblada sobre sí misma, realiza formas triangulares. Se puede acompañar con miel y una ración es generosa (vendrá media docena) y es suficiente para dos personas. Tomamos dos cafés con leche y tortas: 1, 80 euros. Mientras desayunamos vemos como los hombres sentados en el resto de mesas juegan al dominó mientras otro grupo charla y reposa en dos bancos situados a la sombra. A modo de pregonero moderno, nos sorprende una música y una voz que proviene de unos altavoces y que anuncia un inminente corte de agua. Sonreímos ante la naturalidad con la que los algatocileños reciben este mensaje que parece proceder del aire y lo práctico de su aviso. Nos levantamos y comenzamos el recorrido por las calles.

La iglesia y las calles

Comenzamos a perdernos entre las calles con el objetivo de encontrar la iglesia, situada en la parte alta del pueblo. Es una pérdida consciente con la que queremos dejarnos llevar, intentar desvelar algunos de los secretos del municipio. En la misma entrada a la Alameda hay un panel den forma de mapa donde aparecen ubicados los lugares de mayor interés como fuentes, iglesias, algunas casas del siglo XVIII, etc... Pese a mantener un trazado irregular cincelado a base de calles estrechas tiene Algatocín cierto porte señorial, con algunas casas suntuosas de base cuadrada y hasta tres pisos de altura y que mantienen las ventanas y puertas enrejadas. El mismo ayuntamiento, situado tras la alameda es una de esas casas. Sorprenden las flores aquí y allá, la explosión lila de las buganvillas. Hay calles en las que la profusión floral les hace parecer un vergel. Todo es casco urbano de Algatocín es un laberinto de zetas, de escalinatas escurridizas, de esquinas que se funden unas con otras. Aparecen entre estas calles antiguas los comercios sencillos, casi como casas particulares, protegidos del sol con esas esteras que cuelgan de su marco. Y allí entran y salen las mujeres y los hombres con un pan bajo el brazo, un carrito, dos bolsas de compra. Así, lleno de vida está Algatocín, compartiendo su pasado antiguo con su presente más real en una perfecta convivencia. Llegamos a la Iglesia Parroquial de la Virgen del Rosario, sublime torreón pintado de albero y grana que recorta su presencia contra el cielo y contra los montes. Una plazuela se abre ante su puerta principal, lateral, donde unos bancos permitirán al viajero sentarse y reposar. En el camino hemos descubierto muchos más ejemplos de esta arquitectura tradicional que hace a estos pueblos apretado, apiñados, tan especiales. Algatocín guarda algunas sorpresas en forma de antiguas casas que parece ser tuvieron cierto abolengo. Caminamos entre sus calles, nos refrescamos en sus fuentes, tomamos la sombra bajo sus múltiples emparrados. Y también hacemos una importante parada técnica.

Parada técnica: la matanza

Existen varias tiendas en Algatocín que ofrecen uno de sus mayores tesoros: los embutidos y los productos cárnicos. No en vano, la industria chacinera del municipio tiene renombre y sus productos, tradicionales y artesanales son de calidad. La importancia de la industria chacinera ha llevado al ayuntamiento a colocar un placa en la Alameda en la que se dice lo siguiente: "Con la llegada de los colonizadores cristianos, allá por el siglo XV, los productos derivados del cerdo se fueron implantando con tal fuerza que hoy en día no hay menú casero que no contenga su trocito de morcilla, chorizo, costillas o sus buenas orejas y callos si lo que se quiere cocinar es el famoso guiso patas. Algatocín, que en esto sigue la tradición de sus antepasado, una vez llegan los fríos sigue realizando la matanza a la antigua usanza, invitando para ello a parientes y vecinos a participar en la fiesta". Con estos antecedentes no podemos resistirnos, así que entramos en uno de sus comercios y compramos 1 ristra de chorizo, una morcilla y una salchichón con "denominación de origen" algatocileña. Total: 6,50 euros. Lástima no poder disfrutar de ese guiso de patas a base de fuego lento, chacinas, garbanzos y patas de cerdo fuertemente especiado. Llegará el invierno y con él la oportunidad segura de degustarlo.

La Ermita del Calvario y despedida

Preguntamos por el camino de la ermita, fuera del casco urbano del municipio y en su parte más alta. - Sí se puede ir andando, se tardan 15 minutos nada más, está muy cerca. Sólo tienen que subir por aquí, cruzar la carretera de Ronda y en seguida verán un camino empedrado que sube hacia arriba. Pues por ahí,- nos indica una señora. Eso hacemos. Con el ascenso la vista promete una panorámica apabullante. Dejamos atrás el antiguo lavadero y continuamos la subida por el camino empedrado. El último tramo discurre bajo la sombra de algunos pinos, y se agradece. Aconsejamos llevar un poco de agua porque aunque la subida es corta, es un tanto intensa. La puerta de la ermita permanece cerrada, atada con una cuerda gruesa y un nudo de fácil deshacer. Imaginamos que con la idea de permitir entrar al visitante e impedir la entrada a los animales. La ermita es una construcción pequeña, rodeada de un denso pinar, con algunos bancos propicios para el descanso que mira de tú a tú al Valle del Genal y ahí reside precisamente su grandeza. A nuestros pies el caserío apretado y morisco de Algatocín, frente a nosotros, las montañas rotundas que conforman el Valle del Genal con el pico Torrecilla al frente, a nuestra izquierda las primeras estribaciones de la Serranía de Ronda en la que se encaraman los primeros pueblos blancos, a nuestra derecha, hacia el este y entre brumas, el Campo de Gibraltar y la mole granítica del Peñón. Fragancia de pino en el aire. Sopla una brisa fresca y perfumada. ¿Se puede pedir más?

Recomendaciones y enlaces útiles

Chacina: La industria chacinera es de primer orden. Las mismas fábricas se localizan en el municipio y comprar un tanto en alguna de ellas es una buena opción de regalo o de consumo propio. Hay varios comercios en lo que adquirir chacinas y derivados del cerdo, todas ellas de garantía.
La Ermita y el Mirador del Genal: Armarse de unos buenos prismáticos y una cámara de fotos resulta imprescindible. los paisajes y las calles de Algatocín invitan al descubrimiento y a la fotografías. Explorar los rincones secretos y observar las estribaciones de los picos es un buen modo de recuerdo.
Enlaces de interés: Como referencia, la web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web municipal, www.algatocin.es. Como referencia eminentemente local se puede visitar el blog de Algatoisa y por pertenecer al Valle del Genal y a la Serranía de Ronda, hay diversas referencias a Algatocín en www.laserrania.org.

Este blog queda abierto a todas las sugerencias y recomendaciones de sus lectores. Quiere ser una puerta abierta y cuantas más opciones haya, mejor. Os esperamos en El Color Azul del Cielo.

12 GENALGUACIL: MUSEO HABITADO

martes, 30 de junio de 2009

Villa Museo, pueblo museo, arte en la calle, la calle del arte, escultura viva. Esto es Genna-Alwacir, jardines del visir en su pasado, Genalguacil en su presente inquieto. Genalguacil, sorpresivo y mágico. Telúrico en su naturaleza, delicado en su concepción del arte. Genalguacil que vive entre el pasado y la vanguardia, que crea un embrujo único, personal, mágico. Genalguacil para recorrer. "Una experiencia única de creatividad, convivencia y naturaleza". Genalguacil, museo habitado. Genalguacil para perderse, para no regresar.

Primero, la naturaleza
La carretera que une Estepona con Genalguacil, sinuosa, encaramada a la falda de la montaña que asciende y asciende y asciende, nos adentra sin quererlo en un cada vez más frondoso bosque de pino mediterráneo. Es una trufada alfombra verde, compacta, que no deja resquicio por el que vislumbrar la tierra rojiza, bermeja, que lo sustenta. Pero, sin duda, el mejor regalo que ofrece el trazado es una impresionante panorámica de la Costa del Sol Occidental. Los días en los que sople viento de poniente, intuimos se podrá contemplar las montañas del Atlas africano, el perfil perfecto de El Peñón, Manilva, Casares, Estepona, Marbella... Paramos tras una curva sólo por el capricho de disfrutar del intenso paisaje. Huele a pino y a jara. Verde intenso, recortado sobre el color azul del cielo, recortado sobre la brumosa presencia del mar. Sobrecogidos, no podemos imaginar lo que nos espera apenas diez kilómetros más adelante.
Continuamos por la carretera hasta llegar a un cruce de caminos, una trifurcación. A la derecha Jubrique-Genalguacil. A la izquierda Genalguacil y un desvío con una advertencia "carretera asfaltada hasta el Kilómetro 9,300". Junto a la carretera un cartelón nos indica el camino para una de nuestras visitas "Los Reales de Sierra Bermeja", una reserva declarada en 1989 como Paraje Natural por la Junta de Andalucía y que es una de las más impactantes visitas que hemos realizado.

Los Reales de Sierra Bermeja


El Paraje Natural de Sierra Bermeja pertenece a los municipios de Casares, Estepona y Genalguacil. Separa la serranía de Ronda del mar Mediterráneo. Tiene un color pardo, ocre, rojizo que hace llevar a gala su nombre, Sierra Bermeja. Posee una intrincada red de senderos en los que perderse. En sus laderas, al norte, se pueden contemplar pinsapos, especie endémica de Sierra de las Nieves y Serranía de Ronda y es que fue aquí donde el botánico Edmund Boissier describió para el mundo científico al "Abies Pinsapo". Luce múltiples balconadas desde las que contemplar la inmensidad del mar y el arco perfecto que forma la Costa del Sol Occidental desde el Peñón de Gibraltar hasta Marbella. Tiene una presencia telúrica, totémica, que te hace sentir pegado a la tierra de manera inimaginable, casi magnética. El conjunto que forman los árboles, la montaña y el mar es de una hermosura sobrecogedora.
La carretera de montaña que asciende durante cuatro kilómetros hasta Los Reales es estrecha, los pinos, de uno y otro lado, casi llegan a tocarse por encima de ella formando una bóveda. A la derecha dejamos el paseo de pinsapos a los que acudiremos de regreso. Aparcamos un tanto más arriba, pasada el área recreativa y el refugio de Agustín Lozano. Caminamos hacia el Mirador de Salvador Guerrero. Dentro de toda la oferta que extiende Los Reales ante nosotros hemos optado por esta. Un paseo corto, de unos quince minutos por la cara sur de la sierra y con la presencia, siempre permanente del mar ante nosotros. El espectáculo es impresionante, no hay palabras. El horizonte del Mediterráneo y el cielo se conjugan para ofrecer, con el perfil de la costa, un espectáculo natural incomparable. Caminamos por un sendero rojizo entre matas bajas y jaras. Hemos dejado atrás los árboles y sólo hay trocha despejada ante nosotros. La brisa trae perfumes de mar, como un recordatorio de la mole azul que tenemos ante nosotros. Entendemos aquí porqué estas montañas reciben el nombre de Sierra Bermeja, tal es el color de la tierra, de un rojizo vivo. La causa es la presencia de peridotita, el mineral que le da este aspecto. Es un horizonte abrumador, azotado por el viento y de una belleza sobrecogedora. Imprescindible su visita. En silencio, contemplamos la panorámica que tenemos ante nosotros. No decimos nada, sólo nos dejamos llevar. Regresamos al parking con esa sensación de querer más, de el imperioso regreso para descubrir todos los recovecos de este paraje del que sólo hemos disfrutado una mínima parte. Montamos en el coche e iniciamos el descenso hasta el camino que nos lleva hacia los pinsapos. Aparcamos y nos asomamos. Ideal para hacer senderismo armados con la cámara de fotografías. El pinsapo es un árbol excepcional y de una rara y compleja morfología, sus ramas parecen acabar en tres dedos y sus agujas son gruesas. Todo silencio, apenas se mecen los árboles con la brisa. Leemos el panel explicativo. El sendero se prolonga por 4 kilómetros y medio con una duración aproximada de ida y vuelta de 4 horas y está calificado como de modalidad media. Sólo en su entrada ya se observa la profusión de pinsapos. Es esta, sin duda, una oferta natural de primer orden. Tomamos la carretera y nos dirigimos a Genalguacil por Jubrique, una ruta más larga (a Genalguacil también se puede ir por Gaucín) pero que nos ha facilitado el acceso a Los Reales. Son 28, 5 kilómetros los que nos faltan para llegar hasta el centro urbano.

Camino de Genalguacil y avituallamiento antes de la visita

Es un camino largo, repleto de curvas. Un camino que hay que tomarse con tranquilidad. La recompensa merece la pena. A la espalda de Los Reales se encuentra un bosque inmenso que combina a la perfección los pinos mediterráneos con otras especies arborícoras. En el camino, casi sin solución de continuidad y en un paraje casi umbrío, los pinos dejan a la vuelta de una curva, a las encinas, los cerezos y los castaños de copa dorada. Una carretera sin apenas compañía que atraviesa un auténtico vergel. Con las ventanillas bajadas, el aroma penetra en el interior del coche, es embriagador. La mañana se nos ha echado encima, así que, una vez dejado el desvío hacia Algatocín a la derecha e inmersos las primeras estribaciones del llamado pueblo-museo, decidimos parar en la primera fonda que encontremos. La Venta de las Cruces, situada en la entrada a Genalguacil y apenas a 200 metros del centro. Ya sentados, nos llevamos las manos a la cabeza. Vaya aquí el primer consejo del viaje. Hay que llevar dinero en efectivo, en el municipio no hay cajeros automáticos, y la venta, no admite tarjetas de crédito. Lo que prometía ser una buena comida se transforma en un delicioso tapeo. 2 cervezas, 1 tapa de carne con tomate, 1 tapa de carrillada y 1 helado... 5,70 euros. Todo es casero, y bajo, un techado de paja, a la sombra, parece que sabe mejor. Tomamos nota de la venta para regresar, con efectivo, en otra ocasión.

Todo Genalguacil: centro urbano, arte y calle

Caminamos y a la vuelta de la esquina nos encontramos con la mayor particularidad de este municipio. Es, literalmente, un museo al aire libre. En el año 1994 se celebró el Primer Encuentro de Arte. Sólo había una norma. El ayuntamiento ponía los materiales para crear las esculturas a condición de que éstas se quedaran en el municipio. El trato entre artistas, munícipes y vecinos resultó fructífero para todas las partes y, desde entonces, cada dos años (pares) Genalguacil acoge estos Encuentros de Arte. De esta manera, el paseo por el pueblo es algo más que una intensa experiencia de la Andalucía interior auténtica, es además un paseo por el arte, una sorpresa continua que deja boquiabierto y entusiasmado al visitante. Pinturas y esculturas de madera, hierro, corcho, barro.... toman las esquinas por sorpresa. Hemos estacionado el coche en la propia venta y el camino hasta el centro es ya un espectáculo, nos topamos con un asaeteado elefante de madera, un tótem indio, una colorida veleta... Las calles de genalguacil son, muchas de ellas, estrechísimas y plagadas de recodos con sorpresa, esculturas, obras de arte en cada rincón. Es sorprendente y chocante y dota a este pueblo encalado y de calles perfectamente empedradas de un encanto dispar, auténtico y tradicional y vanguardista y moderno y actual. Posee un encanto sutil y delicado. sus calles están cuidadas hasta el máximo detalle y no exagera su sobrenombre de Villa Museo. Caminamos por entre las callejas con los ojos abiertos de par en par, dejando que vuele la imaginación, que nos lleve el propio pueblo por sus calles allá donde quiera. Las modernas esculturas contrastan con la explosión de color de las buganvillas. Todo parece tener cierta cualidad mágica, una pátina de irrealidad, de escenario vivo. Recorremos la Calle Real, apretada y blanca, que al final de su trazado irrumpe en el mirador de la Lomilla que se abre, abrupto hacia los montes. Resulta irresistible no sentarse en el banco que se encuentra al lado y contemplar el paisaje compartido con una nueva escultura. Al final de la calle Real, a la izquierda nos encontramos con otra de las joyas del municipio.
La Iglesia de San Pedro Martir de Verona. Blanca con los tirantes granates y el penacho de su campanario rojo intenso, su torre octogonal mira al cielo. Vemos cómo una mujer entra en el templo por su puerta lateral, la seguimos y preguntamos si se puede pasar. Sin objeciones y con una sonrisa, nos invita. Es una pequeña iglesia de tres naves, de interior vivo. Columnas de ladrillo visto sostienen los arcos de medio punto que separan cada una de las naves. El altar, con su frontal de piedra, alberga una sola imagen, la de San Pedro Martir de Verona. La Plaza de la Constitución, donde desemboca la puerta principal de la iglesia forma un balcón perfecto desde el que se contemplan las sierras de Csares y Manilva e intuimos el pueblo de Gaucín tras ellas. Optamos, de nuevo, por perdernos entre las callejas del pueblo. Existe un mapa que indica la posición exacta de cada uno de los tesoros de Genalguacil, donde se ubica cada escultura, quién es su autor, en qué año fue creada, pero creemos que lo mejor es sorprenderse, dejarse llevar por el ritmo que imprime el pueblo a la visita. Y es que en cada esquina hay una sorpresa. Es una delicia perderse entre sus calles quebradas. Un viaje atemporal entre los arriates, tiestos y buganvilla. La armonía entre su intrincado pasado árabe y las modernas esculturas es tal que parece que hayan convivido desde siempre con total naturalidad. Se complementan y potencian las unas con las otras, lo moderno, más moderno, lo tradicional, más tradicional, sin rupturas. Perderse entre el dédalo de sus calles es un regalo que no se puede dejar pasar. Es una visita imprescindible en la que todo está en las paredes, en las callejas, en los rincones. Sólo pasear, contemplar y dejarse llevar. Parece que aún estamos allí. No hemos regresado aún.
Algunas fotografías


Enlaces de interés e información útil
Consejos: Armase con una cámara de fotos con batería a pleno rendimiento, las imágenes que se pueden tomar del municipio son impactantes. Caminar y dejarse llevar por el ritmo interno del pueblo, sin prisas. Perderse y disfrutar de la pérdida. Cuidado con la gasolina, los desplazamientos no son cortos y tener el tanque lleno nos ahorrará algún susto. Llevar dinero en efectivo, no hay cajeros en el municipio y tampoco se puede pagar con tarjeta de crédito.
Enlaces de interés: Partimos con la referencia del Patronato de Turismo de la Costa del Sol que nos ofrece los datos básicos que completamos con la página web municipal de Genalguacil, la página personal Genalguacil.info y la web palimpalem.com, donde encontrar el mapa del tesoro. Museo: Se puede visitar el museo municipal, en el que se encuentran algunas de las esculturas que, por diferentes razones, no están instaladas en el exterior. Los datos del museo son: C/ Lomilla, 9 - 29492 Genalguacil y teléfono: 952.15.21.30. Conviene llamar antes de acudir, ya que los horarios pueden ser un tanto flexibles.
Este blog queda abierto a todas las sugerencias y recomendaciones de sus lectores. Quiere ser una puerta abierta y cuantas más opciones haya, mejor. Os esperamos en El Color Azul del Cielo.