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EN / 19 ALCORNOCALES: El bosque antiguo

martes, 27 de diciembre de 2011

Es el bosque primigenio, la foresta antigua, primitiva. Se remonta su memoria allende el tiempo inmemorial de la Era Cenozoica, cuando aún el mediterráneo era trópico húmedo y cálido, poblado de criaturas imposibles, de plantas magníficas, hace 60 millones de años. Queda aún el murmullo denso de ese mundo inaccesible en algunos rincones de Los Alcornocales, como un rastro, una huella del mundo que fue y que ha evolucionado para convertirse en otro nuevo, más complejo, más rico, más sabio. Muestra Alcornocales su secreto solo a los que en su interior se adentran, a los viajeros que dejan atrás las carreteras transitadas de bullicios y anhelan el contacto firme con una naturaleza aún por domesticar, casi en estado puro, con la mácula decente de la agricultura cabal, de la ganadería sostenible. Entre sus estrechos y canutos vive el bosque, su espíritu pergeñado en verdes y ocres de otoño. Los Alconocales no aparece, hay que buscarlo, descubrirlo, acudir como si de una llamada telúrica se tratara. Para que el Parque Natural desvele sus senderos, sus caminos apenas insinuados, hay que internarse entre sus árboles, rozar con la yema de los dedos la superficie de los troncos, acariciar las heridas de sus raíces centenarias. Tiene magia literaria, esa esencia que destilan Jack London o Delibes cuando hablan de la naturaleza indómita. Nos adentramos en el Parque natural, el alcornocal más grande y mejor conservado de España.

El Parque Natural de Los Alcornocales

170.025 hectáreas de superficie, de las cuales, 12.289 ha corresponden a la provincia de Málaga, y no sería correcto decir solo 12.289 ha son malagueñas, porque dada la profusión de especies vegetales y animales que alberga, el adverbio sería además de injusto, pobre. Ya que en el territorio provincial del Parque Natural de Los Alconocales se pueden encontrar espacios insólitos y únicos como los denominados “canutos”, bosques tropicales de laurisilva, una antigua alquería reconvertida en rústica, auténtica, opción de turismo rural, un pico con nombre de agua, una ermita derruida, helechos asombrosos, centenares de oquedades y abrigos naturales donde el homo sapiens del Paleolítico Inferior dejó constancia de su cosmogonía, de su mundo y alrededores, en forma de pinturas rupestres, aves emigrantes que cruzan sus cielos en busca de África… Toda una retahíla que podría llenar cientos de blocs de naturalistas, antropólogos, senderistas, ganaderos o arqueólogos.
Por de pronto, las especies forestales catalogadas, además de las 80.000 ha que ocupa el alcornoque, se componen de laurisilva, laurel, acebo, alisos y fresnos, álamos, helechos, plantas trepadoras, rododendros, acebuches, algarrobos, palmitos, lentiscos, jaras y torviscos, majuelos, cantuesos o brezos.
Su pasado prehistórico hace que Los Alconocales tenga un carácter singular. Hace 60 millones de años, la zona que hoy ocupa el Parque Natural era más cálida y húmeda que en la actualidad, este hecho propició la aparición de selvas tropicales que con el devenir del tiempo fueron desapareciendo con la desecación del clima y el entorno. Algunos reductos de estas selvas primigenias pudieron conservarse en lugares cerrados y angostos, donde la humedad se mantuvo a niveles altos (el parque tiene un índice pluviométrico de 1.000 litros anuales por metro cuadrado), precisamente este es el caso de Los Alconocales, donde se conserva la última selva mediterránea que se puede considerar como tal.
Precisamente esas zonas de cortados abruptos, de barrancos húmedos propiciaron la aparición de un ecosistema único en Europa, los llamados “canutos”, una serie de valles estrechos y cerrados por una tupida vegetación que hacen la función de invernaderos naturales, propiciando la aparición de especies endémicas y singulares en un territorio como este. Los “canutos” de Los Alconocales son únicos en España y uno de los pocos reductos de Europa junto con Turquía donde pueden apreciarse.
Además de la riqueza forestal, la faunística es rica e igualmente sorprendente. Águilas culebreras y calzadas, alimoches, milanos negros, cigüeñas blancas y negras, halcones abejeros, meloncillos, corzo y gato montés, nutrias, ginetas, ciervos, jabalíes, buitres leonados y búhos reales con algunas de las especies que habitan de manera permanente el área del parque, a las que hay que sumar las aves migratorias. Dado su situación estratégica que comunica el sur de Europa con África, son muchas las aves que utilizan este corredor natural en sus movimientos anuales. Si bien no nidifican en el parque, sí es habitual en primavera y otoño contemplar el paso de bandadas de aves formadas por miles de ejemplares y ofreciendo un espectáculo único.
Cerca de 400.000 personas viven en el entono del Parque Natural, son 17 municipios los que se incluyen en el interior del espacio protegido, d elos cuales, uno de ellos, Cortes de la Frontera, es malagueño. Se da la circunstancia de que las 4.531 ha que le corresponden son de las mejor conservadas de todo Alcornocales y en las que se ubica el complejo rústico-turístico más original, el del Área Recreativa de La Sauceda.
El espectacular entorno natural, no desmerece a la complejidad de la historia que se ha vivido en estos lares. El ser humano ha vivido en las lindes y el interior del parque de manera casi permanente desde la prehistoria, haciendo de la recolección del corcho una forma de vida, así como de la ganadería y del pastoreo, creando una armonía entre explotación comercial y sostenibilidad más que sólida. El corcho que se extrae de la corteza de los alcornoques se extrae cada nueve años. En este tiempo hay que dejar madurar al árbol, permitir que la corteza crezca de nuevo, mimarlo y cuidarlo para conseguir un producto de primera calidad. Esta particularidad en el tratamiento del corcho, hace que las zonas explotadas se regeneren de manera completamente natural, pero con las atenciones y cuidados del ser humano, generando una simbiosis única. El ganado vacuno, retinto, ramonea en las zonas de bujeo, abona el terreno de manera natural y mantiene limpio el suelo del bosque.
En 1970 Los Alcornocales fue declarado Reserva Nacional de Caza y en 1989, Parque Natural.

En el bosque

Llegar hasta el Área Recreativa de La Sauceda es ya un elogio del paisaje. La carretera, serpea entre barrancos, entre una masa verde de árboles antiguos. El caminar es lento, despacioso. Digerimos el paisaje mientras nos sumergimos en él, su grandiosidad, su apartada localización, la espectacularidad de sus variados horizontes. La Sauceda se encuentra en la cola de Málaga, es casi una península malagueña que se adentra en Cádiz a través del término municipal de Cortes de la Frontera. Para llegar hasta allí se pueden recorrer varios caminos, desde la A-373 en la carretera Ronda – Algeciras, o a través de Jimena de la Frontera, dirección Ubrique, llegando desde Sotogrande. El acceso no es sencillo y quizá ahí resida parte del éxito de su conservación. Pese a todo es un lugar sorprendentemente concurrido en los fines de semana y festivos, las diferentes rutas que parten desde el área recreativa, de distintos niveles y accesibilidad, el complejo turístico rural y la magia del entorno resultan un atractivo más que destacado para aquellos que deseen acercarse a esta naturaleza asilvestrada.
Más que caminar, uno se zambulle en el mar de verdes, ocres, en el óleo de colores intensos que pinta Alcornocales. Una vez dentro, nos invade la sensación de pertenencia a algo muy superior a nosotros mismos, un ente total que dibuja y colorea con cuidado extremo lugares como este, insuflándoles la vida. Es la Naturaleza, con mayúsculas, de la que formamos parte y que la vida urbanita parece haber borrado de nuestro ADN. Pertenecemos a este mundo olvidado, provenimos de sus cavernas, de sus oquedades, de sus refugios y abrigos. Ya hemos caminado, nuestra memoria genética lo atestigua, por estos senderos colmados de helechos, protegidos por ramas antiguas, trufados de sombras, embebidos de lluvia y de rocío. Hemos pisado ya esta tierra oscura, de arcilla primera, hemos rozado con los dedos los árboles de antaño, hemos escuchado el sonido de los animales agazapados y huidizos. Y ahora lo descubrimos como si fuera la primera vez.
Hemos estacionado el coche en el parking que hay junto a la carretera y nos disponemos a hacer un sendero que nos permitirá conocer de manera muy accesible la esencia de Alcornocales. Caminaremos en sentido contrario al que lo hace la gran mayoría de personas que visitan el parque desde la Sauceda. Iremos hasta la Casa Forestal, ascenderemos por una pendiente prolongada y suave, a través de una zona de bujeo y arcillas, para adentrarnos en el bosque cerrado de alcornoques, visitar la Laguna del Moral, para descender hasta llegar al complejo rural de La Sauceda, almorzar junto a la antigua ermita derruida y descender por el barranco de Pasadallana de nuevo hasta el parking. En el trayecto nos cruzaremos con el sendero Travesía del Aljibe, que si la seguimos nos llevaría hasta el pico del mismo nombre, a 1.092 metros de altitud y con unas vistas asombrosas de las costas malagueña y gaditana. Normalmente, los senderistas que llegan hasta el área recreativa lo hacen desde la entrada situada a la izquierda, lo que les llevará a tener que subir a través de una cuesta más pronunciada y si se carga con material para pasar la noche o el día en las cabañas se hará más costoso. El recorrido desde la Casa Forestal es algo más largo, pero mucho menos elevado, discurre en un cien por cien por pista y resulta menos fatigoso.
Ascendemos, cruzamos las alambradas que impiden el escape del ganado a través de los pasos habilitados. Los alcornoques, evidentes desde la carretera, se hacen una realidad casi desde el inicio del camino. De tronco grueso, retorcido sobre sí mismo muestran las cartas de su fortaleza y ancianidad. Cogemos altura y un nuevo paisaje se abre tras de nosotros, la serranía de Ronda con sus altos picos destaca en el horizonte, una espesa cubierta forestal apenas deja llanos sin ocupar, que se asemejan a islas perdidas en un mar verde. La tierra que pisamos es oscura, arcillosa y rojiza. Se abren algunos pastos aquí y allá y se escucha el tintineo escondido de las esquilas de la ganadería retinta. Caminamos, cruzamos un par de alambradas más. El cielo de otoño es azul y rotundo y contrasta fuertemente con las primeras sombras que proporciona el bosque. Este bosque que parece extraído de una novela de Tolkien, que nos ayuda a imaginar la presencia de los seres enigmáticos de las tradiciones populares. Las ruinas de algunas casas abandonadas ayudan a recrear un mundo imaginario, alimentado entre las luces y las penumbras, entre las veredas umbrías, al calor de las brasas en invierno.
El bosque se cierra sobre nosotros y el suelo se puebla de hojas caídas que alfombran el camino. Comienzan a escucharse otros sonidos, el de los frutos que caen aquí y allá, huidizos, quebradizo su sonido, el zumbido permanente de los insectos que escuchamos y no vemos.
Juega la luz con la sombra en un entretenimiento de equívocos, mostrando los colores del otoño, ocres, rojizos, pajizos, para velarlos luego a nuestra vista. Caminamos y confundimos los hitos del camino con rastros de huellas primitivas. Los helechos, quebradizos en este otoño tardío se arremolinan junto al tronco de los árboles, algunos de ellos con el tronco pelado. Sus ramas se retuercen hasta crear figuras antropomorfas, asemejan seres humanos elevando los brazos al aire, buscando con los dedos el sol que no penetra hasta el interior profundo del bosque. Caminamos. Caminamos.
Y percibimos los ecos de las guerras antiguas y modernas. De la Guerra de la Independencia contra Francia, que por estos pagos dejó guerrillas ocultas, bandoleros terciados, cuevas habitadas e historias de faca y trabuco. O de la Guerra Civil, que tiñó con sangre este bosque primero, de pólvora renegrida de odios, que terminó con las construcciones humanas, derruyéndolas hasta que fueron engullidas por la foresta. Estos ecos también resuenan en nuestro sendero, cargando nuestra mochila con voces que van más allá de la propia naturaleza.
Nos descoloca algún rayo de sol que se cuela con un haz polvoriento entre el follaje y quizá eso nos llevará a la confusión que nos impidió alcanzar la Laguna del Moral y nos ayudó a descubrir otros y nuevos caminos fuera del mapa y del plano que llevábamos y una imagen poderosa que aún permanece en nuestras retinas. Un caballo blanco.
Como una aparición, después de abandonar el camino principal para retomar la que creíamos era la senda correcta, se apareció ante nosotros la silueta inconcebibles de una casa de piedra, semejante a un refugio de montaña. Permanecía cerrada y nada más que el murmullo de un río llegaba hasta nosotros. Tras esa primera casa, aparece otra y con una tercera forman un precario patio en el que reposa, y nos mira, un caballo blanco. Las ramas de los árboles parecen querer arañar el tejado de las casas. Avanzamos internándonos en este poblado de sabor añejo hasta descubrir una placa solar, un land rover estacionado junto a las casas y un hombre que sale de una de ellas. Hemos llegado al poblado abandonado de La Sauceda que ha reconvertido su caserío en unas sólidas y sencillas casas de turismo rural en las que se puede recrear la vida del pasado próximo, sin agua corriente y sin luz y a 15 euros la noche. Charlamos con el hombre, nos indica que el poblado se gestiona desde la Casa Forestal que hay junto al aparcamiento y que suelen estar bastante concurridas. Entramos en una de ellas. Dos literas, un pared entre ellas, un gran chimenea. Nada más. Lo precario se transforma en añejo y auténtico y anotamos mentalmente pasar aquí en los meses venideros una, dos o tres noches, al amor del lar encendido, junto a la chimenea, dispuestos a contar historias antiguas a la luz de las velas, con el espíritu de los viajeros románticos del XIX. Esta zona está situada en la parte superior del poblado, algo más alejada de la ruta que lleva al Aljibe y no cerca de la cabaña equipada con lavabos, duchas y barbacoas, de ahí su tranquilidad. Apenas cien metros más allá comenzamos a descubrir los indicios de otros senderistas que tiene como objetivo único llegar hasta aquí y acampar para pasar la noche. Con un grupo algo más preparado, mochila al hombro, buenas botas, bastón a la mano, que se dirigen hacia la Travesía. Llegamos así hasta la antigua ermita, semiderruida, que dota al paisaje de un tono más irreal aún. Tiramos fotos, nos abrigamos tras la marcha, nos sentamos en una de las múltiples mesas de madera y damos buena cuenta de las pitanzas, queso y longanizas que hemos traído. Hablamos del paisaje que nos rodea, de la magia de la naturaleza, del lugar único que supone Los Alcornocales, del reporterismo de viajes, de Málaga y sus tesoros, de los rincones escondidos. Un buen tiento de agua fresca y seguimos camino de descenso.
Se transforma aquí el bosque. El camino que baja hasta el parking es más pronunciddo en su desnivel, más estrecho y sortea en más de una ocasión los arroyos que lo cruzan. Rocas desgajadas de las montañas reposan en sus cauces y dejan lucir su pátina espléndida de verdín, de líquenes adheridos a su piel rugosa. Nos cruzamos con grupos de senderistas que suben o bajan, algunos pertrechados para pasar noche en las cabañas, otros en deportivas, otros ansiosos por descubrir, un grupo de niños que corretean. Nos salimos de la ruta marcada en un par de ocasiones para descubrir los restos de un antiguo molino, algunos lienzos de muros, algunas techumbres derruidas. El murmullo del agua nos precede. Tras cruzar una última valla que cerramos a nuestro paso llegamos a campo abierto, sin solución de continuidad, parece que hayamos saltado del bosque al prado sin hacer una concesión a la transición.
La foresta se cierra tras nosotros y parece engullir a los caminantes que ascienden, entre la sobra verde de los alcornoques. Adiós. Hasta pronto.

Despedida


El caballo blanco gira su enorme testuz hacia nosotros. Parpadea su enorme ojo y en él se refleja el verde intenso, el azul rotundo y radical, el ocre delicado. Parpadea su enorme ojo y en él vemos al viajero romántico, al bandolero, al soldado republicano agazapado. Parpadea su enorme ojo y en él contemplamos la inmensidad del parque natural, la riqueza de su tierra embebida de humedad centenaria, el abrazo milenario de sus raíces, la profundidad de sus barrancos y simas. Parpadea su enorme ojo y en él se escriben los relatos que pueblan y alimentan nuestra imaginación desde que éramos niños. Los Alcornocales es un lugar antiguo, muy antiguo, y en él queda el poso d ela historia de la tierra.

Enlaces de interés e información útil

Otras rutas senderistas en la parte malagueña de Los Alcornocales: Además de la ya mencionada aquí de La Laguna del Moral, el Parque Natural de Alcornocales en Málaga ofrece otras rutas como el carril bici de Cañillas-El Colmenar-Peñón Berrueco, o los senderos de la Garganta de la Pulga o La Sauceda, entre otros.

Enlaces de interés: Toda la información aparece en la página web del Patronato de Turismo de Málaga -Costa del Sol y en la web especializada de la Junta de Andalucía, la Ventana del Visitante. El Ayuntamiento de Cortes de la Frontera ofrece también información detallada, así como la entrada de este blog correspondiente a Cortes de la Frontera: 74 CORTES DE LA FRONTERA: Corazón de Parques Naturales. En la página web de Sauceda Aventura se pueden alquilar las casas rurales mencionadas en el reportaje. www.saucedaventura.com.


Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.



Ubicación: En este mapa de Google se puede referenciar el lugar de este Paraje Natural Protegido.


Ver El Color Azul del Cielo "Espacios Naturales de Málaga" en un mapa más grande

Gracias a Paco y a Sara de nuevo por la grata compañía, por las conversaciones interminables y por el contundente avituallamiento.

74 CORTES DE LA FRONTERA: CORAZÓN DE PARQUES NATURALES

martes, 7 de septiembre de 2010

Y más aún que pintado parece cincelado el caserío de Cortes de la Frontera sobre las sierras que rebrincan detrás. Una herida blanca sobre el roquedal grisáceo, un manchón alargado, definido casi en línea recta sobre los campos de cereal y el incipiente bosquete de alcornoques, un meridiano de casas blancas tachonando la sierra... Se asemeja a una balconada sobre el valle del Guadiaro, una atalaya vigía de la vida en el río, en la vía férrea que trae trenes como suspiros por su seno... Dejamos atrás la carretera que une Ronda con Algeciras y pronto abandonamos las frondosidades de castaños que pueblan el Valle del Genal, para dar paso a los primeros alcornoques, que aparecen con timidez al inicio del camino y que ganan en apretura y frondosidad según nos encaminamos hacia Cortes. Vive el bosque bajo mediterráneo en estas ondulaciones de cimas y picos su máximo esplendor. Las montañas, picos graníticos, vigilan nuestro caminar, dominando desde su altura todo el Valle del Guadiaro, donde despunta, al fondo, el municipio vecino de Jimera de Líbar. Suena el río, suena, también en esta época de cálido verano. Cruzamos el río y el barrio de La Estación que ha crecido a la vera del cauce y del ferrocarril Boadilla-Algeciras. Y desde el fondo del valle, ascendemos hasta el reposo serrano que es Cortes de la Frontera. Reposo que parece contradecir la historia y origen del nombre del municipio que los romanos denominaron Cortex, que se traduce como coraza o defensa, y que los árabes decidieron respetar dada la situación geoestratégica del mismo.

Estacionamos: El Centro de Visitantes

Seguimos las indicaciones de centro urbano y estacionamos en la Avda. de la Libertad, una de las dos principales arterias que enmarcan el trazado urbano de Cortes. Espigado de manera transversal, alargado, con apenas tres calles horizontales que asientan el resto de la estructura urbana, conectada por una miríada de calles y callejas que conectan estas dos arterias fundamentales hacia arriba y hacia abajo. Cortes de la Frontera se encuentra en un lugar privilegiado, en las últimas estribaciones de la serranía rondeña, a la vera del valle del Genal, próxima al Parque Natural de Grazalema y al de Sierra de las Nieves, e incluida en el Parque Natural de los Alcornocales que se extiende, en su mayor parte, por la provincia de Cádiz. El Centro de Interpretación de Visitantes se encuentra muy próximo a la Plaza de Toros y perfectamente señalizado. Desde el mes de julio y hasta septiembre el centro está abierto los jueves, sábados y domingos de 10 a 14 horas por la mañana jueves y domingos y los sábados de 10 a 14 horas por la mañana y de 19:00 a 21:00 por la tarde. En el Centro de Visitantes, sus encargados nos ofrecieron exhaustiva información sobre Cortes de la Frontera y los lugares destacados a visitar, además de orientarnos sobre los caminos y senderos (y condiciones de los mismos) a recorrer por el Parque Natural de Los Alcornocales. Comenzamos a ver en el mismo centro una característica de Cortes: los elementos artísticos o prácticos elaborados con corcho. Se pueden adquirir bancos o pequeños regalos a módicos precios que van desde 1,5 euros hasta los 15, cayados de madera tallados, guías y mapas excursionistas, camisetas del parque, etc. Todo ello en el piso inferior. En el superior se encuentra el Centro de Interpretación en el que a través de una serie de dioramas se explican y detallan las características de los tres parques que se integran dentro del término municipal de Cortes.

Hasta la Plaza de Toros

Desde la entrada del Centro de Visitantes subimos apenas diez metros hasta alcanzar, de nuevo, la Avenida de la Libertad. La visita a Cortes de la Frontera es una visita sencilla, los monumentos más destacados se encuentran muy próximos y situados casi en fila recta. No hay problema de pérdida. Con treinta metros de diámetro, la Plaza de Toros de Cortes es la segunda de la serranía, después de la rondeña y la justificación histórica de su existencia radica en la importancia del ganado en esta zona y comarca como paso obligado entre las dehesas gaditanas y la Sierra de Ronda. Se construyó en 1824 y fue reformada prácticamente en su totalidad en 1921, sin embargo, tal y como consta en la placa explicativa situada junto a la entrada, hay constancia de la celebración de festejos taurinos en este mismo espacio mucho antes de la construcción de la plaza. "El ruedo tiene (exactamente) 27,7 metros de diámetro y tiene capacidad para 1.000 personas. Se celebra un único festejo en agosto durante la feria de Cortes". Vislumbramos la arena tras un burladero, las primeras filas de los tendidos. Tiene la plaza planta y piso de altura, configurado este último por unas arcadas de medio punto con balconada de forja. El exterior pintado de albero, enmarcado entre arcos de ladrillo visto.

La Iglesia y la Casa de Valdenebros

Continuamos nuestro paseo para descubrir las cuidadas calles de Cortes, empedradas y delicadas, esmeradas en su presencia, cargadas de árboles, algunas curiosas palmeras, ventanas de forja negra y zaguanes que se adentran en las casas, arriates de flores, macetas coloridas, perfumes de azahar... Nos topamos con la Fuente de Los Caños, cuatro buenos grifos de agua fresquísima a los que no podemos decir que no, así que nos sumergimos el rostro y la cabeza en ellos... Deliciosa agua serrana... Un tanto más adelante de la fuente nos encontramos con la torre campanario de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario rompiendo el skyline de Cortes y a su derecha, la fachada principal de la Casa de los Valdenebros. Esta última es impactante. Luce espadaña en lo alto y marca de grana las piedras que conforman el portal, parte de la fachada con hornacina y la propia espadaña. La casa, y su capilla, fueron edificadas en el año 1760, para cuya construcción se siguió el estilo barroco-mudéjar aunque sólo ha llegado hasta nuestros días la fachada. En la actualidad el interior se encuentra totalmente remozado. Para los que gusten de historias, decir que en la antigüedad se cuenta que había un pasadizo subterráneo y secreto que comunicaba la casa con la iglesia y la capilla. Ahora se encuentra, dicen, cegado. La Casa de los Valdenebros también es conocida como la Casa de las Tetitas, por la forma redondeada que tenían los remaches metálicos de su portón. Junto a la casa, se encuentra el templo de Nuestra Señora del Rosario. La historia del origen y fecha de construcción de la parroquia es incierto. Se sabe que en esa misma ubicación existió una iglesia a principios del siglo XVI, pero no es hasta el siglo XVIII cuando aparece una prueba irrefutable de la existencia del templo, en un escrito que hace referencia a un retablo. La iglesia es de importantes dimensiones y lo más destacable es la torre campanario, adosada, con fábrica de ladrillo y rematada en un pináculo de cerámica blanca y azul reconocible entre el resto de templos de la serranía. El interior es austero, inmaculado de blancos y con un sencillo altar. El coro está rematado con la presencia de un imponente órgano. Los techos, pintados de un suave crema, provocan que el edificio parezca más liviano. Encendemos las preceptivas velas, para que nos guarden los santos en nuestro caminar. Salimos a la luz de la mañana.


El ayuntamiento

Nos sorprenden, a la salida de la iglesia una serie de toques de campana. No proceden del templo, son recios y puntuales en su aviso y parecen venir de algo más abajo en la calle. Seguimos el tañido como si de un flautista de Hamellin se tratara hasta encontrarnos, en menos de veinte metros, con un gran espectáculo arquitectónico: el Ayuntamiento de Cortes de la Frontera. Para no errar en la descripción técnica, trascribimos aquí lo que el consistorio cortesano señala sobre su Casa Consistorial: "Ayuntamiento es un importante edificio de piedra de bella y severa fachada de corte neoclásico, fechado en el friso en 1.784, época de la ilustración. Fue mandado construir por Carlos III con dinero público y está hecho con sillares de arenisca y es de arquitectura civil. Como todos los Ayuntamientos tiene autonomía local, muestra de ello es el escudo que se encuentra sobre el reloj. La fachada se articula con dos pisos de galerías, con cinco arcos de medio punto en cada una de ellas, que apoyan en pilares de piedra entre pilastras sin decoración. Sobresale ligeramente de la fachada el núcleo central, con tres arcos en cada uno de sus pisos, y sobre ellos se dispone el frontón triangular centrado por el reloj y el escudo real". Impacta su portada de piedra, recia, de tonos de arena oscura en contraste con el cielo azul festoneado de nubes blancas. El ayuntamiento está precedido de una plaza con bancadas escalonadas donde se barrunta realizarán diversas actividades, dado su aspecto natural de anfiteatro. Reclaman nuestra atención las tres campanas con las que se corona, una sobre otra y de mayor a menor y que han sido las causantes de nuestra llegada a buen puerto. Restañan también ahora anunciando las horas del día.

El mirador de Las Camaretas

Las calles situadas detrás del ayuntamiento son un dédalo de esquinas que se doblan para encontrarse con una plazuela o con otra esquina que se dobla sobre sí misma. Bullen de vida, de cortesanos que caminan, pasean, hacen la compra en las tiendas de ultramarinos o toman una cerveza fresca, con tapa o sin ella, en alguno de los bares que allí se encuentran. La presencia del Mercado de Abastos influye en este trajín de cotidianidad. Charlan los hombres y las mujeres, pasean los niños. Un tanto perdidos decidimos preguntar por el mirador. Sin demasiadas ni prolijas explicaciones, el camino es tan sencillo que nos avergüenza haber tenido que preguntar) nos indican que subiendo esta calle que recibe el mismo nombre que el parque mirador, nos lo encontraremos de frente. En el Centro de Visitantes nos han aconsejado la visita, ya que desde esta posición privilegiada se obtienen unas excelentes vistas del valle del Guadiaro. Y no mentían. Las vistas hacia la izquierda terminan con la presencia de Jimera de Líbar en la altura, a la derecha se cierran sobre Sierra Crestellina en Casares y el Campo de Gibraltar. Al fondo, la barriada de La Estación, un tramo de la vía del tren, a nuestro alrededor, la tranquilidad de las sombras mecidas por la brisa, de los bancos sobre los balcones, de la temperatura cálida, rebajada gracias a la situación del mirador. Respiramos y huele a flores dulces. Sólo se escucha el rumor de las ramas de los árboles meciéndose unas sobre otras. Nos sentamos, cerramos los ojos, nos dejamos llevar, planeando hasta el fondo del valle.

Despedida

Nos perdemos paseando entre sus callejas, dejando que ls pisadas resuenen con suavidad sobre el empedrado, nos abrigamos en las sombras de las casas y escuchamos el murmullo de la vida cortesana. Algunos hombres se aventan sentados en unos bancos frente a la plaza de toros, otras mujeres conversan sobre el precio del pescado, dos jóvenes especulan sobre los modelos a lucir esta noche... Todo forma parte de la banda sonora que complementa nuestro recorrido por las calles, nuestra pérdida y nuestro regreso, nuestra divagación y nuestro encuentro con Cortes de la Frontera.

Información turística y enlaces de interés

La Sauceda: Cortes de la Frontera tiene una zona de acampada que cuenta con 23 cabañas con chimenea, sin luz eléctrica, con servicios higiénicos y duchas, agua caliente, recepción, tienda verde, salón social, aula de formación, transporte de equipaje hasta las cabañas, servicios de leña gratuitos, albergue, zona de acampada y barbacoas. Se encuentra abierta todo el año. Las actividades que se realizan desde la misma son rutas a caballo, espeleología, senderismo, rutas en burro, visitas por el parque natural. Visitas al bosque de laurisilva, la Pilita de la Reina, el peñón del Buitre y Cortes de la Frontera.
El Cañón de las Buitreras: El cañón es un tajo de más de cien metros de profundidad y con desniveles que alcanzan hasta los doscientos metros y que está producido por la acción del río Guadiaro sobre una cuenca de piedras calizas. El acceso al cañón presenta ciertas dificultades, hay paredes que llegan a alcanzar la casi total verticalidad, por lo que se encuentra incluido dentro de las rutas habituales de escalada en el municipio. Para disfrutar de este paisaje se recomienda llegar hasta el conocido como Puente de los Alemanes, o buscar una perspectiva desde la zona más alta del desfiladero. El cañón de las Buitreras está catalogado como Monumento Natural de Andalucía.
Enlaces de interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web municipal de Cortes de la Frontera.

Este blog queda abierto a los comentarios, anotaciones, opiniones que los navegantes deseen realizar. Nos vemos en El Color Azul del Cielo.