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EN 06 LA DEHESA DEL MERCADILLO: Cinturón forestal

martes, 28 de junio de 2011

Como un abrazo protector, la Dehesa del Mercadillo rodea con sus brazos, corona, la zona norte de Ronda. Un apretado pinar salpicado de encinas centenarias que mira de tú a tú a la Hoya del Tajo rondeño, a los imponentes montes de la vecina Montejaque, a los caminos que van y vienen de Antequera y de Sevilla. Perfuma, con su denso aroma mediterráneo, pino, romero, tomillo, la llegada de los visitantes desde el norte y traslada su fragancia milenaria hasta la profunda y honda ciudad del Tajo. Silencio. Sólo el zumbido de algún insecto, el violín de la chicharra, un ladrido lejano, un trino aislado.

Parque Periurbano la Dehesa del Mercadillo

Allende los tiempos, cuando el ser humano tuvo primera memoria, alguien bautizó este lugar como Dehesa del Mercadillo por haberse situado precisamente en estos lares un mercado de ganado. La relación entre la ubicación del parque y su uso como punto intercambiador de mercancías tiene su lógica. Se sitúa en la zona norte de Ronda, antes de la entrada a la ciudad, los viajeros que provenían de la vecina provincia de Sevilla lo cruzaban, los que traían el camino desde Antequera también debían cruzarlo, los que llegaban desde Málaga tenían un fácil acceso a él, igual que los que accedían desde Sierra de las Nieves a través de El Burgo. Punto de unión, cruce de caminos. Tal es así que la Dehesa está atravesada por una serie de vías pecuarias como la Cañada Real de Setenil, el Cordel de Ronda a Olvera, la Vereda al Molino de la Fuente, el camino del Llano de la Cruz y la Cañada Real de Ronda a Jerez y Sevilla.
La Dehesa del Mercadillo fue declarada Espacio Natural Protegido en el año 2000 y cuenta con 137,77 hectáreas de extensión.

Entre el pinar

Hemos estacionado el coche en la parte norte del Parque Periurbano, junto a unos servicios de recreo y el acceso al centro de Reforestación de Ronda, donde varios vehículos de Medio Ambiente, un camión cisterna de bomberos y un helicóptero reposan. Vamos a atravesar del bosquete de pinos de norte a sur, caminando por las vías abiertas hasta descubrir la Olla del Tajo de Ronda y la pared granítica del Hacho de Montejaque, bajo el que se encuentra el abismo el Hundidero.
Los servicios, columpios y zona de barbacoas están bastante deterioradas por el uso y las encinas señorean por encima de los toboganes y las resbaletas. Una valla metálica baja separa la zona de esparcimiento del pinar, donde la umbría fresca reina sobre el primer sol de la mañana que comienza a apretar. Es un pinar de silencios, acompañado por los leves zumbidos de algunos insectos y los violines de chicharras aisladas. Más allá de la valla, si se camina con despacio y tranquilidad puede descubrirse el salto de algún conejo despistado. Señala la guía en la que nos hemos informado que los tejones y zorros también abundan. La masa forestal de la Dehesa está conformado por pinos piñoneros y pinos integrales, pero la sorpresa de encontrar los troncos retorcidos de alguna encina centenaria es una buena recompensa. Realizan algunas formas casi imposibles en el aire, sosteniendo sus copas sobre brazos ramudos sólidos que se extienden en horizontal. Priman los colores de secano, los ocres, amarillos, naranjas oscuros. El paseo por el pinar es tranquilo, sosegado y aunque se salvan un buen trecho de metros hasta la zona más alta, la paz que destila el lugar hace que se dulcifique la suave ascensión.
Recoge nuestro caminar un perfume de romeros y de tomillos y podemos ver aulagas, retamas, jaras y majuelos, mejorana. Pura esencia mediterránea de bosque aromatizado.
Este paraje, atravesado por esta red de vías pecuarias, no ha perdido aún su carácter eminentemente ganadero. Todos los años se realiza en sus inmediaciones una parada de sementales, donde las Fuerzas Armadas del Estado (provenientes de Jerez) ponen a disposición de los habitantes de la comarca sus sementales para montar a las yeguas privadas y de este modo mejorar la raza equina en la zona. La tradición, que se lleva a cabo en el Llano de la Cruz, se realiza desde el siglo XIX.
Caminamos por las trochas que, fundamentalmente en otoño y primavera, son utilizadas por los rondeños para realizar senderismo, bicicleta de montaña y equitación hasta llegar a la vista de la Olla del Tajo.

La Olla del Tajo

Hemos dejado a tras un vivero de plantas y nos encaminamos a la parte superior de la Dehesa. Vemos las aves rapaces planear sobre nosotros con majestuosa parsimonia, distinguimos algunos buitres y al menos dos águilas. No resulta extraño poder contemplar desde el Parque Periurbano algunos ejemplares de la avifauna local como pinzones, verdecillos, verdones, piquituertos, jilgueros y picapinos, agateadores, gorriones chillones, abubillas, pitos reales, petirrojos y mirlos o las ya mentadas águilas calzadas y buitres leonados, acompañados en el vuelo con mochuelos o cárabos.
Ante nosotros se asoma la ciudad de Ronda que a su vez parece colgar de las paredes que conforman su Tajo. No llega a verse como tal, tampoco el Puente Nuevo, pero sí su Olla. Su campo que casi parece taracea, jugando con los colores amarillos y ocres aparcelados, marcados lo límites por los caminos rurales, algunas plantaciones apretadas de olivos, suaves ondulaciones que se van estrechando hasta llegar a las estrecheces del Tajo.
Frente a nosotros la cadena montañosa presidida por el Hacho de Montejaque acompañado por la cimas del Palo, la Ventana, San Cristóbal, Torrejón o el Peñón de las Mures, pertenecientes al Parque Natural Sierra de Grazalema. Contemplamos algunos remolinos de polvo elevados al cielo por el viento. Podemos imaginar las reatas de burros acercándose hasta Ronda procedentes de otros lugares, los batallones de soldados árabes cercando la ciudad, a Orson Welles paseando por estos parajes antes de una corrida de toros, a los viajeros románticos sumergidos en la fragancia procedente del pinar. Oímos un chillido en el aire. Ahí están, una pareja de águilas, una de ellas gira en el aire y desciende de pronto a gran velocidad, la perdemos. Una pareja pasea tomados de la mano, caminan hacia el pinar, hacia la umbría fresca que procede de la masa forestal.

Despedida

Solo por un momento. Sentados sobre una roca. Cerrados los ojos. Sólo escuchamos el crepitar de algunos insectos. Aspiramos y hacemos nuestras las fragancias mediterráneas a tomillos y romeros. Rozamos con la yema de los dedos las hierbas altas. Abrimos los ojos. Frente a nosotros una encima enorme, enraizada al suelo desde hace centurias, nos contempla. Se esconde y funde sus colores verdes con los verdes de los pinos.

Enlaces de interés y consejos útiles

Enlaces de Interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web de la Junta de Andalucía, Ventana del Visitante. El Parque Periurbano la Dehesa del Mercadillo se encuentra en el término municipal de Ronda.

Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.



Ubicación: En este mapa de Google se puede referenciar el lugar de este Espacio Natural Protegido.


Ver El Color Azul del Cielo "Espacios Naturales de Málaga" en un mapa más grande

EN / 02 DESEMBOCADURA DEL GUADALHORCE: Un secreto

martes, 3 de mayo de 2011

Aparecen bosquejadas al fondo, entre la bruma de la mañana, como insectos arácnidos de largas y complejas patas, se recortan contra el mar, contra las montañas, se mueven con lentitud, avanzando en sus pasos como fantasmas matinales, como extraídas de la Guerra de los Mundos de HG Wells. Ante ellas, las grúas enormes del puerto de Málaga, aquí, en nuestro primer plano, la marisma. Los meandros sinuosos, orilleros, que describen cerradas curvas, volutas curvadas sobre sí mismas. El espejo de una laguna aquí, la Escondida, de otra allá, la Grande, reflejan la luz del sol matinal. Se escucha el eco de los graznidos, trinos, cloqueos de los pájaros y cierto rumor del tráfago que provoca el tráfico en la lengua de carretera oscura que es la A7. Aquí reposa un secreto, un mundo cortado por senderos y trochas desde el que se escucha el murmullo apagado de la ciudad, un tesoro natural accesible, donde el vuelo errante de las aves se recorta en el cielo junto con el de esos otros pájaros de metal que van a aterrizar en el aeropuerto Pablo Ruiz Picasso. Un secreto que tantas veces hemos visto en nuestro ir y venir, que tantas veces hemos vislumbrado entre los quitamiedos de la autopista, que tantas veces hemos intuido entre las prisas de la vida cotidiana. Aquí desemboca el río Guadalhorce y su unión con el Mediterráneo, forma una marisma preñada de vida, de lagunas, de aves, de pequeños mamíferos, de insectos, de flores y plantas. Un territorio mestizo entre el sabor dulce del río y el salado del mar, un plácido oasis verde que reposa entre Málaga capital y Torremolinos. El Paraje Natural de la Desembocadura del Guadalhorce.

El Paraje Natural de la Desembocadura del Guadalhorce

El río Guadalhorce es una corriente colmada de perfumes de naranjos y limones que recorre las entrañas de Málaga, da de beber los bancales de frutales y a las plantaciones de verduras y hortalizas para desembocar en el mar. Juegan entonces del río y el Mediterráneo ese juego de solapamientos en el que nada es lo que parece. Un fragmento del mar se torna dulce y el último tramo del río se torna salado, invirtiéndose los papeles y creando un ecosistema único.
La Desembocadura del Guadalhorce fue nombrada Paraje Natural en el año 1989, y en sus 67 hectáreas contiene una variada y amplísima fauna aviar. Dada su posición estratégica entre África y Europa, forma parte de la zona de escala, descanso y alimento de un sinfín de aves migratorias costeras. Este paraje tiene la particularidad de haber sido modificado por el ser humano y su aspecto actual se debe primero a su injerencia gravosa y después a su reconstitución. En los años setenta la extracción de áridos para la construcción dejó al descubierto en la desembocadura del río una serie de graveras (Una gravera es un yacimiento natural de grava. El depósito de este material en estos yacimientos se debe a un transporte en suspensión en un medio acuoso, posterior depósito y consolidación. Geológicamente pueden provenir del trasporte de las partículas en un glaciar en un proceso largo en el tiempo, o por las corrientes de un río, lago, corrientes subterráneas que fluyen posteriormente al exterior. Consecuentemente el material que encontramos es un árido de canto rodado, no de cantos angulosos como los que encontramos en la explotación de canterasy minas. Wikipedia dixit) que comenzaron a ser colonizadas por diversa flora y fauna. En 1989 se protege el espacio y en 1998 se comienza una larga tarea de acondicionamiento hasta alcanzar el aspecto que hoy en día presenta. El complejo lagunar artificial está recorrido por dos senderos principales de 1,5 kilómetros de longitud cada uno y contiene 5 miradores desde los que contemplar el interior de la marisma. Además, este paraje natural tiene el tramo de litoral costero salvaje más extenso de la provincia de Málaga.

El secreto

Resulta chocante encontrar este paraíso apenas a 7 kilómetros de la capital malagueña. Las marismas se encuentran rodeadas de un desarrollado entorno urbanita y, pese a todo, mantienen la esencia de su temperamento natural. Quizá sea gracias a su ubicación. Sólo tiene un acceso, un puente. En su cabecera, el río Guadalhorce se parte en dos y el paraje natural se encuentra rodeado de dos importantes corrientes de agua que desembocan en el mar. El puente está cerrado para el gran tráfico rodado y a él se accede desde las urbanizaciones de Guadalmar. Una vez cruzado, nos adentramos en un mundo de falsa calma. Nos pertrechamos y permanecemos en silencio durante unos minutos. Aislamos el sonido de los coches, aislamos el sonido de los aviones, aislamos el murmullo de la ciudad y comenzamos a oír chapaleos en el agua, cloqueos y graznidos, susurros entre la hierba, trinos, aleteos. Cerramos los ojos y dejamos que el primer sol de la mañana caliente la piel. Respiramos hondo, los abrimos y vemos refulgir el verde de la marisma, las cintas oscuras de los meandros, el azul brumoso del mar, los reflejos especulares de las lagunas. Laguna Grande, La Casilla, Escondida, Eucaliptal, Costera, Limícola, Río Viejo… Nos adentramos en este íntimo secreto malagueño.

El paseo

Los senderos están perfectamente señalizados, los caminos son de terrizos y llanos, perfectos para hacer un poco de footing, caminar en mountain bike o simplemente pasear. Es un entorno natural ideal para acudir con niños dadas las posibilidades que ofrece para observar aves y otros mamíferos, para ver insectos, encontrar rastros, etc. Los paneles indicativos piden dos cosas. No alejarse de los caminos principales y guardar silencio. El silencio es la mejor manera de encontrarse con la fauna aviar. Muchas aves reposan en sus nidos, entre el follaje y las jaras y sólo con nuestro caminar despiertan y alzan el vuelo sorprendidas y sorprendiéndonos. Cruzamos nuestros pasos con un par de ciclistas y un par de corredores. Todo permanece reposado. Disparamos con la cámara de fotos aquí y allá, observando las plantas y comentando en voz queda esta o aquella especie. Es un caminar relajado. A la derecha, apenas a 300 metros encontramos el mirador de Laguna Escondida y aquí tenemos nuestro primer contacto con la fauna local. Nos acercamos con sigilo al mirador de madera, accesible a la laguna gracias a sus ventanas recortadas. Despacio. Leemos en un panel el proceso de creación de este complejo lagunar, su descubrimiento, sus particularidades. Nos sentamos en los bancos de madera, preparados además para el uso del trípode. Allí vemos una pequeña bandada de patos. Clic-clic-clic. Permanecemos en silencio y nos dejamos llevar por el influjo de los reflejos de la luz sobre el agua. Leemos que según las épocas en este ecosistema se pueden llegar a ver la garza real, la garceta, la garcilla bueyera, el martinete, el tarro blanco, el zampullín chico, el corredor moñudo, la gaviota de Audoin, el águila pescadora, la cigüeña negra o el martín pescador. Disfrutamos de la tranquilidad, del zambullirse de las aves, de la brisa matinal…
Continuamos camino, en silencio, despacio. Vemos rastros de aves y reptiles cruzando el carril de terrizo, recientes, húmedos. Cruzan de aquí para allá como avisos de una fauna antigua, sutil volátil y caprichosa. Llegamos en nuestro caminar hasta el mirador de Laguna Grande, situado en lo alto de un promontorio. Un paraíso se abre ante nuestros ojos. Un mar pequeño y cerrado por juntos y matorral ribereño. Una lámina de agua de superficie escasa, de apenas un metro de profundidad donde juegan a eso de la supervivencia un grupo de aves, patos, zancudas. Suspiramos y dejamos que el sol reverberado anide en nuestros ojos. Antes de tirar unas cuantas fotografías, observamos el paisaje. Allá al fondo las grúas y la antigua chimenea. Aquí las matas, las flores coloridas. Este es el secreto de la Desembocadura del Guadalhorce, la diferencia tan enorme en apenas unos centenares de metros de distancia. De la naturaleza asilvestrada al urbanismo desatado en unos minutos, solo con cruzar un puente.
Llegamos al mar. Nos perdemos en su oleaje sutil. Desandamos el camino andado y llegamos a la bifurcación que nos llevará al camino de Río Viejo, por donde caminaremos a su vera, buscando las curvas sutiles de sus meandros, sus particularidades. Y la Laguna de la Casilla donde comenzó la reconstrucción de este espacio único y delicado, frágil y poderoso. Caminamos en silencio. Nos cruzamos con dos corredores, nos asomamos a sus miradores, fotografiamos. Comentamos en susurros. Nos abrimos al mar. Nos perdemos en ensoñaciones.
Una duda nos asalta… ¿Cómo se ve el secreto desde fuera, al otro lado de las corrientes que lo protegen, alejados del puente?

Desde fuera

Salimos de la marisma y nos dirigimos por un carril de tierra hasta el mar, casi en línea recta. Una muralla de altos juncos impide ver el interior del paraje natural, lo esconde y lo protege, lo mima y parece acunarlo cuando se mece con el viento. Acompañamos al río entre lilas y margaritas, entre violetas encendidos y blancos inmaculados. Oímos como chapalean algunos patos cuando nos acercamos a ellos, cómo se zambullen en el agua al verse sorprendidos. Intuimos la presencia de otras aves y vemos algunas pequeñas bandadas cimbrearse en el aire, evolucionar y girar de manera brusca, posarse sobre los charcos del camino, inclinarse para beber. El mar, justo ante nosotros, su reflejo. Nos cruzamos con más ciclistas, con más deportistas. El engañoso suave fluir del Guadalhorce acompaña nuestro paseo y parece traer los perfumes de la Hoya de Málaga, los naranjos y limoneros, el azahar que impregna de aromas dulces la primavera. Llegando al mar comenzamos a intuir otro sonido, el del batir de las olas sobre la arena. Se mecen las espigas de las gramíneas. Dos pescadores lanzan sus cañas al Mediterráneo, fuman un pitillo, reposan sobre una silla de colores. Una barca salva la corriente del río y toma dirección Málaga. Miramos hacia atrás y vemos observamos este secreto de Málaga, poderoso y delicado, sutil, fuerte y precario. La ciudad aletea tras la marisma, con sus edificios altos, con sus grúas portuarias en forma de araña.

Despedida

Observamos los reflejos de la laguna, espejean y entre el caleidoscopio se mueven las garzas y los patos, turban la placidez de la lámina de agua con su chapaleo, con sus rumbos efímeros marcados en la marisma. Alzan el vuelo y se amansan unos metros más allá. Cloquean y se enzarzan en disputas en las que uno de ellos siempre sale perdiendo. Levantan el vuelo sus alas mojadas, húmedas y se recortan contra el azul del cielo. Permanecemos sentados en los bancos de madera del observatorio, sin prisa, mimetizándoos con el entorno, adquiriendo el ritmo leve de sus respiraciones, sus tonos verdes y oscuros. Nos quitamos poco a poco el traje de intrusos y nos sentimos, con despacio, uno más.

Enlaces de interés y consejos útiles

Enlaces de Interés:
Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web de la Junta de Andalucía, Ventana del Visitante. La desembocadura del Guadalhorce se sitúa muy próxima a Málaga capital

Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.



Ubicación: En este mapa de Google se puede referenciar el lugar de este paraje natural, situado entre Málaga y Guadalmar.


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EN/ 01 DUNAS DE ARTOLA-CABOPINO: El laberinto de arena

martes, 19 de abril de 2011

Era de antiguo. De antiguo cuando esta franja de arena móvil, dúctil, caprichosa abarcaba el horizonte desde Punta Ladrones en Cabopino hasta San Pedro Alcántara. Silenciosa en apariencia, ser vivo, natural, que lamía el borde del mar y se retrepaba hacia la montaña. Cincelada por las querencias del viento, modelada por efecto de la suave erosión del empuje mediterráneo, formada y reformada y vuelta a formar en las brisas marinas. Las sabinas engullidas por la arena que renacían aquí y allá, los pinos piñoneros que bajaban sus ramas hasta rozar con sus agujas el suelo. Era de antiguo. Cuando los piratas berberiscos aún diezmaban las costas y los habitantes mediterráneos se escondían tras el parapeto de las montañas. Como vestigio de las razzias y las rapiñas, la Torre de los Ladrones, la más alta del litoral malagueño, imponente. Más tarde vendría la marejada turística que exigió otros placeres, con otras necesidades, y esa enorme duna, larga y extensa, fue menguando hasta ocupar el terreno actual de 192.715 metros cuadrados. Punta Ladrones y Río Real, esas son sus referencias actuales, los hitos entre los que se mueve, sedosa y viva. Está declarado Espacio Natural Protegido por la Junta de Andalucía como Monumento Natural desde septiembre de 2003. Aún conserva cierto aspecto asilvestrado, indomable. Caminamos. Hundimos los pies en este pedazo de esencia mediterránea, la arena tibia, templada por el primer sol, la banda sonora compuesta por el batir de las olas, el graznido de un pájaro, el despertar de la chicharra. Caminamos y nos adentramos en el laberinto de las Dunas de Artola.

Torre Ladrones

Aquí se inicia nuestro paseo, bajo la sombra de la torre proyectada hacia el oeste. Sombra que parece indicarnos el camino a seguir, la dirección a tomar. No tiene las Dunas de Artola un itinerario fijo que seguir. Un dédalo de caminos abiertos entre la espesura más o menos contundente recorren todo su trazado. Caminos abiertos que cambian de un verano a otro, de una primavera a otra y que se descubren o destapan dependiendo de la acción del viento. Algunos de estos senderos recorren el complejo dunar de levante a poniente y otros de norte a sur, desde los pinos que esconden el camino de terrizo principal hasta desembocar en el mar. No es extraño durante la época estival contemplar los bamboleos de los turistas mientras pisan esta arena milenaria cargados de sombrillas y gorros y balones de playa y neveras, como aves raras en un paraíso que parece no ubicarles. Miramos hacia arriba, Torre Ladrones, es imponente. 15 metros de altura nos contemplan. Es la más alta del litoral malagueño y formaba parte de un complejo de defensa marítimo ideado por los Reyes Católicos tras la conquista del Reino de Granada con el fin de proteger la costa de los envites de los piratas, en especial de la armada turca y de la piratería berberisca. El nombre de la torre corresponde a la deriva del vocablo ladronera, un recurso defensivo consistente en la existencia de un matacán o un voladizo superior parapetado por el que se podía observar y hostigar a los atacantes. Se estima que Torre Ladrones fue construida en 1497. El nombre de torre almenara proviene de la voz árabe almanara que se puede traducir como faro, debido al sistema de señales que utilizaban las torres entre sí para comunicarse y que consistía en el prendimiento de fuegos en lo alto de las mismas.

Las Dunas

Nos adentramos. Una bandera tricolor se pinta en el horizonte con los colores del agua, del mar y de la vegetación dunar. Verde, azul y gris acero. La banda sonora del oleaje batiendo suave sobre la arena, los trinos de los pájaros, el serpenteo de los reptiles entre el matorral acompasa el ritmo lento de la duna que parece tener vida propia. El perfume agostado del litoral, donde el calor que desprende la arena tamiza el salitre del mar. Hemos preparado antes del viaje un cuaderno natural con las especies florales y faunísticas más destacadas de este entorno. No tardamos en distinguir la silene littorea que salpica con su color lila aquí y allá, en grupos más o menos grandes, en individuos aislados sobre el verde como náufragos. En el suelo, fragmentados, rotos, desparejados, restos de conchas vacías, nacaradas, grandes y pequeñas que recorren el tortuoso camino hasta transformarse en parte de la arena, un tesoro de infancias que los niños hemos recopilado con fruición. Forman las plantas combinaciones multicolores, donde estallan las azucenas de playa, blancas y en contraste. Según nos alejamos de la línea de mar y extraviamos nuestros pasos por los senderos más alejados, la vegetación se hace más sólida y contundente, protegidos por la barra de arena. Es ahí donde los lentiscos y los pinos se abrazan y constituyen una tupida red vegetal que se protege de los embates del viento marino. Los pinos piñoneros, bajos, rozando el suelo con sus ramas, protegiendo el tronco con su envoltorio de las arenas móviles. Hunden sus raíces en el suelo, que se extienden como nervios en el terreno volátil, y afloran a la superficie aquí y allá como una rama solitaria y nervuda, retorcida. Se esconden de nuevo. Forman los pinos auténticas grutas vegetales a las que se accede por cerrados pasadizos. Esconden en su interior refugios naturales en los que la duna respira y la vegetación reposa. Cerrados como covachas que aprovechan algunas aves para anidar. Los caminos más transitados, ausentes de vegetación, conducen directamente al mar, a las playas, desembocan sobre el mediterráneo como buscando una ruta de escape hacia el azul. Y es que el ambiente dunar es denso e intenso, de andar pesado, de fragancias exuberantes y recias, perfumes antiguos. Es así que oprimen un tanto sus colores de puro camuflaje natural y entre ellos, el brochazo luminoso del mar. Contemplamos también las sabinas retorcidas, que se ven dibujadas, perfiladas, esculpidas por los caprichos del viento. Y de él se protegen, adoptando formas imposibles, con sus copas arrastrando por el suelo. Es este un paisaje mestizo y cambiante. Aúnan sus fuerzas como uno solo los pinos, los lentiscos, las sabinas hasta el punto de no saber dónde empiezan unos y donde terminan otros. Juegan las Dunas de Artola a ser un caleidoscopio de colores y contrastes. Miramos hacia el suelo y descubrimos los rastros de las aves, esquivas. Las escuchamos, su piar, su trino, su graznido, pero no lo gramos verlas más que elevando el vuelo, realizando trapecios en el aire. Vemos cómo sus patas forman delicadas huellas sobre la arena. Parecen diseños antinaturales, geométricos, perfectos. Dos o tres formas triangulares, una fina línea serpenteante. Gaviotas argénteas, mirlos, abubillas, mochuelos, cernícalos, chorlitejos patinegros… Todos esquivos al objetivo de la cámara. Escuchamos sus movimientos, sus voces estridentes, sus cantos ligeros, su aleteo tras un matorral, como una presencia fantasmal que se esconde de nuestro aparente sigilo. Sólo los rastros son dato comprobable de su existencia. Cambian las dunas de Artola. Se mueven. Mutan. Se transforman. Se regeneran. Se desplazan. Cubre la vegetación con sus penachos verdes, el hercúleo cuerpo amarillo, arenoso y frágil poderoso y sutil que palpita en su interior. La brisa salinosa del mar bate su superficie. Se asolean las lagartijas al sol. Merodean los escarabajos como un diamante negro y móvil. El barrón se mece al compás marcado por la brisa, parece sostener con sus cuerpo finos, filamentoso el peso de las arenas móviles, igual que el agropyron junceum, una gramínea que parece trigo de playa. El perfume de las dunas es tan intensamente mediterráneo que forma parte de la esencia de esta tierra, pegado a la piel se lo levan los bañistas, los visitantes aterrazados en los chiringuitos, los turistas que buscan una playa diferente… Para facilitar su conservación y mejorar su visita, el Ministerio de medio Ambiente prepara un proyecto que contempla el cierre perimetral del paraje natural y la colocación de pasarelas de madera para el tránsito de personas, así como la desaparición del carril central que permite la entrada a las dunas o la reubicación del único chiringuito que aún se encuentra dentro del monumento.

Despedida

Aspiramos la fragancia de los pinos, de la arena tibia, de las flores. Escuchamos el gorjeo de los pájaros, el ladrido de un perro al fondo. Percibimos los cálidos rayos de sol sobre la piel. Contemplamos el mar azul ante nosotros, los paseantes matinales en la orilla mojándose los pies. Una gaviota se lanza sobre el agua. Nos sentamos entre el matorral, sobre una ondulación algo mayor e inevitablemente nos pinchamos el trasero con el eryngium maritimum, un cardo de afiladas espinas. Sólo este nos faltaba por ver.

Enlaces de interés y consejos útiles

Enlaces de Interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web de la Junta de Andalucía, Ventana del Visitante. Para conocer más acerca del municipio en el que se ubica, se puede visitar el enlace de el Color Azul del Cielo correspondiente a Marbella.

Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.




Ubicación: En este mapa de Google se puede referencias el lugar exacto de este paraje natural, situado entre Río Real y la urbanización de Cabopino y que pertenece enteramente al municipio de Marbella.


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