RSS

EN / 04 PARQUE PERIURBANO DE GRACIA: Una historia

martes, 31 de mayo de 2011

Una brisa hecha de sombras atempera el calor matinal. La luz se deshilacha entre los pinos carrascos y cambia, jugando a pintar las faldas de ese cerro imponente que nos colmará de Gracia. Más aún, se conjugan aquí la Historia y la naturaleza en una combinación perfecta y sutil. El paseo nos ofrece los paños de las murallas y las delicadas amapolas, el zumbido de las abejas libando las flores y la generosa perspectiva de una ermita de origen árabe, el trino constante de mil melodías que proporcionan los pájaros y los restos de una fortaleza imponente. Este es el Parque Periurbano de Gracia, en Archidona, cuna de reyes.

Parque Periurbano Sierra de Gracia

Tiene 35, 3 hectáreas y se ubica en un entorno privilegiado que en el pasado le dotó de un gran valor geoestratégico. Al sur, el municipio de Archidona, al norte, tierras de labor conformadas por olivos y almendros, al este la imponente Sierra Calderón y al oeste el camino de la Hoya. El Parque Periurbano de Gracia, catalogado como tal por la Consejería de Medio Ambiente en 1999, se encuentra en un promontorio, una destacada elevación del terreno cubierta de pino carrasco en su falda y despejada en su cima, que corona la ermita de la Virgen de Gracia, una joya arquitectónica árabe que en su interior acoge aún la clásica formación de arcadas de las antiguas mezquitas. El paseo desde el núcleo urbano de Archidona hasta la cima llevará entre 30 y 45 minutos, dependiendo del ritmo y de las paradas que se hagan por el camino, resulta ser una buena cuesta, pero la ascensión se compensa con el paisaje que aparece con cada paso. Se va desvelando Archidona, el Peñón de los Enamorados de Antequera, las vegas y pastos de olivos y cereal… Además, el último tramo del paseo nos brinda la oportunidad de comprobar la contundencia de las murallas que conformaron la antigua fortaleza. Un paseo espléndido que los archidonenses utilizan también para hacer algo de deporte, caminando rápido en el ascenso y haciendo footing en el descenso. Nos pertrechamos (cámara de fotos, cuaderno de viaje, sombrero para el sol, una cantimplora, prismáticos…). Hecho.

Hasta la ermita del Santo Cristo

Vemos desde aquí la corona blanca de la ermita de la Virgen de Gracia, parece intocable, allá arriba, imponente, inaccesible. El sol matinal, aunque es pronta la mañana, aprieta y sentimos el abrigo que nos ofrece la sombra de los pinos con alegría. Durante todo el ascenso vamos a percibir una olor dulce e intenso, un aroma que se cuela por entre los árboles, fresco y sutil, pero persistente. Si ese perfume podría retenerse en el interior de un bote de cristal, sin duda nos lo llevaríamos a casa, para abrirlo y dejar que la fragancia se liberase en los pasillos, en las cocinas, en los salones de estar… La brisa nos acaricia la piel. Vemos un grupo de chumberas arracimadas, amapolas tiñendo de rojos los campos verdes y amarillos. Archidona empequeñece a cada paso y vemos más próximo el macizo gris de la sierra Calderón, los peñascos rotos que se confunden con los paños de las murallas.
La ascensión está acompañada por los mármoles de un Via Crucis. Primera Estación. Segunda Estación. Es una forma de marcar también el recorrido. Entramos de lleno en la sombra del pinar. Mil trinos que proceden de mil picos distintos configuran una banda sonora delicada e indefinible. Son gorjeos, cantos limpios, graznidos, silbidos. Intuimos los aleteos que escapan a nuestro paso, la inmovilidad primera de las aves que vuelan al intuir nuestra aproximación. Quizá sean algunas de las especies que nos podemos encontrar en este entorno natural, tales como el águila calzada, el águila perdicera, el águila culebrera, el cuco, la paloma torcaz, el críalo, el petirrojo, el mirlo común, el mochuelo común, el búho real o la perdiz roja.
Entre las copas de los árboles se intuye el manchón blanco de la ermita de la Virgen de Gracia.
Pese a que el camino es de ascenso, sentimos una sensación de agradable frescor. La sombra, la brisa…
Llega hasta nosotros, todavía, el zumbido de la ciudad, del centro urbano de Archidona, como un murmullo lejano compuesto por voces, alguna bocina, ladridos, tañidos de campanas… En una curva pronunciada abandonamos el camino para asomarnos a un mirador abalconado.
Ante nosotros se extiende Archidona, se distingue a la perfección la famosa Plaza Ochavada, el Convento de las Mínimas o el antiguo Ayuntamiento. Hacia el este, el Peñón de los Enamorados de Antequera se asoma entre la calima. Las lenguas de la carretera que circulan como sierpes negras entre los campos colmados de olivos y de cereal. Nos sentamos sobre una piedra y dejamos que la mirada se pierda. Dibujamos con el dedo el perfil de las montañas próximas, el trazado de las calles de Archidona, las carreteras…
Regresamos al camino principal para encontrarnos con la ermita del Santo Cristo. Construida en el siglo XVIII y restaurada en 1997. Es una edificación sencilla con un patio previo y una puerta con dintel de ladrillo visto. A los lados del patio, una serie de bancadas de piedra donde sentarse. Es fresco y umbrío.

Hasta la ermita de Gracia

El ascenso es pronunciado, en eses, pero se realiza muy bien, sin demasiados problemas. Cada vez más cerca vemos los paños de la muralla, lienzos de piedra que fundaron los romanos, que asentaron los árabes, que aprovecharon los cristianos. El Pico del Conjuro, sobre el que se asientan ermita y murallas, sólo está protegido en su ladera sur, ya que al norte un brutal tajo impide el acceso por esa vertiente. Seguimos el camino. Nos cruzamos con dos corredoras, con otro corredor solitario, saludamos. Caminan deprisa hacia la cumbre.
Mientras nos acompaña la banda sonora de bisbiseos, crujidos, zumbidos… La fauna del parque es variada y muy rica. Desde anfibios como la rana y sapo común, pasando por reptiles como el lagarto ocelado, la culebra de escalera, la culebrilla ciega o los mamíferos como el ciervo, el jabalí, el zorro o el conejo. Cuando cae la noche también es muy fácil encontrar murciélagos, musarañas, ratones morunos, tejones o el famoso lirón careto.
Las sombras mayestáticas de las murallas compiten con la majestuosidad de las sierras. Se imbrican los roquedales con los paños amurallados, confudiéndose en su base la construcción humana y la natural. Llegamos así hasta los restos de una almena. Hemos dejado atrás el bosquete de pinos carrascos y comienza a despejarse la cima. Comprobamos el poder geoestratégico de este lugar, cruce de caminos entre Granada, Málaga, Córdoba y Antequera. Casi podemos imaginar a ese centinela árabe en este mismo lugar en el que nos encontramos, vislumbrando al fondo del horizonte la nube de polvo que levantarían los carros de los mercaderes, los batallones de soldados… Imaginamos, imaginamos, imaginamos.
La ermita de la Virgen de Gracia ya se encuentra ante nosotros, y es una realidad.

La ermita de la Virgen de Gracia

Se puede acceder hasta ella en coche, pero si lo hiciéramos perderíamos los detalles del magnífico entorno natural que nos ha aupado hasta aquí. Cómo el paisaje ha ido creciendo con cada paso, cómo ha calado en nosotros la presencia constante de los trinos de los pájaros. Disfrutamos en la llegada.
Archidona fue una localidad muy destacada en la época andalusí. La Arsiduna árabe fue capital de la Cora de Rayya y precisamente aquí fue coronado emir Abd-Al-Rahman I, de ahí la importancia de su fortaleza y de su mezquita, única que se conserva en la provincia de Málaga. Tal y como apunta el panel explicativo que encontramos en la cima, “Al templo se accede por un patio semiporticado del siglo XVIII y ya en su interior puede contemplarse en primer término el alzado de la Sala de Oración (haram) de la mezquita andalusí, con arcos de herradura sobre columnas de fustes posiblemente romanos. La zona del presbiterio, con bóvedas elípticas y decoración de yesería, refleja la reforma del siglo XVII y XVIII. La iglesia está presidida por el lienzo de la Virgen de Gracia. La torre campanario conserva la estructura de alminar árabe, desde el que se llamaba a la oración”.
En el exterior de la ermita podemos contemplar una hermosa balconada donde un panel explicativo nos ubica los puntos más destacados del horizonte. Sierra Chimenea (en el Torcal de Antequera), Sierra Pelada, Sierra de las Cabras, Villanueva del Rosario, Villanueva del Trabuco, las Lagunas de Archidona… Contemplamos el paisaje, lo disfrutamos. Oteamos los picos con los prismáticos. Nos deleitamos.

Despedida

Embebida aún nuestra mirada por el refulgente azul del cielo y el intenso blanco encalado de la ermita iniciamos el descenso hacia el centro urbano. Se incorpora un nuevo sonido a nuestra banda sonora, el tintineo de las esquilas y el balido incesante de un rebaño de ovejas. Nos cruzamos con el pastor y tres de sus perros. Charlamos. Lleva a su cargo más de quinientas ovejas. Nos despedimos. Se pierden los balidos entre los pinos.
El sonido de las esquilas se funde con el tañido de las campanas.

Enlaces de interés y consejos útiles

Enlaces de Interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web de la Junta de Andalucía, Ventana del Visitante. El Parque Periurbano de Gracia se encuentra dentro del término municipal de Archidona.

Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.



Ubicación: En este mapa de Google se puede referenciar el lugar de este paraje natural, situado en Archidona.


Ver El Color Azul del Cielo "Espacios Naturales de Málaga" en un mapa más grande

EN / 03 LA LAGUNA DE LA RATOSA: Espejismo Azul

martes, 17 de mayo de 2011

Juega la lámina azul entre los olivos. Se esconde, aparece, se vuelve a esconder. Se asoma entre dos acebuches, se escabulle. Juega con nuestra mirada como un espejismo. Y no solo hoy. La Laguna de La Ratosa aparece y desaparece con las estaciones. Azul intenso en la primavera y el invierno. Manchón pardo en verano y en otoño. Es un territorio cambiante, mutable, sutil y delicado, frágil. Bulle ahora de vida. Cloqueos, trinos, siseos, rumores, susurros, aleteos, pasos, chapaleos, zambullidas... Todos ellos componen su banda sonora, una sinfonía natural que el ser humano acompasa con el murmullo lejano de los tractores, el fluir veloz e inusitado del AVE. La tierra roja, oscura, en fuerte contraste con la laguna azul, con el verde pálido de los olivos, con el aleteo rosa y blanco de los flamencos. Ya tenemos la banda sonora y la paleta de colores. Ahora solo hay que dejarse llevar.

El Parque Narural de la Laguna de la Ratosa

La Laguna de la Ratosa fue declarada Reserva Natural en 1999, sus características la hacen especial. Es frágil, se encuentra en un entorno fuertemente cultivado por el hombre, se ve sometida a los caprichos de las estaciones, vaciándose casi por completo en verano y regenerando su vida en el invierno y la primavera. Es, además, relativamente pequeña, con 24 hectáreas de superficie y su origen se encuentra en el desagüe natural que provoca un acuífero subterráneo. Su localización entre los municipios de Alameda y Humilladero, en el interior de la provincia malagueña, limítrofe con la sevillana, hace que su ecosistema sufra los rigores de los calores estivales que evaporan su contenido hasta hacerla casi desaparecer. Este hecho propicia que la Laguna de la Ratosa solo tenga una pequeña franja de juncos y cañaverales y que, de esta manera, las aves no nidifiquen en sus inmediaciones, siendo lugar de paso y alimento. Debido a estas singularidades, el acceso al interior de la laguna está estrictamente prohibido, excepto con fines de investigación y se hace necesario un permiso de Medio Ambiente para acceder. Pero esta circunstancia es solo para expertos, los legos en la materia van a disfrutar muchísimo caminando por la orla externa de la superficie lagunar. Damos fe. Aún con todo, la Laguna de la Ratosa forma parte de un ecosistema mayor en el que se encuentran, además de ella, la laguna de Fuente de Piedra, la de Campillos y la de Archidona, a la que hay que sumar, como puerta de entrada a la península desde África, la Desembocadura del Guadalhorce.

El paseo, el silencio y la vida

Hemos estacionado el coche junto al rótulo de la laguna de las Castañuelas. Allí nos recibe una nube de mariposas blancas, de libélulas azules, que revolotean junto a las orillas de la laguna. El suelo es de un intenso color rojo. Nada más salir del coche escuchamos unos graznidos. Una formación de diez flamencos volando en uve nos sobrevuela. Baten las alas con una cadencia suave, lenta, rítmica. Están muy cerca, apenas se asustan con nuestra presencia. Giran en el aire y se hunden entre la sombra de los olivos. Observamos el agua atentamente y distinguimos nadando sobre ella a los primeros habitantes de la Ratosa. En la laguna se pueden distinguir hasta quinces aves distintas, entre las que se encuentran el somormujo lavanco, zampullín cuellinegro, zampullín chico, garza real, garcilla bueyera, flamenco rosa, aguilucho lagunero, polla de agua, focha común, cigüeñuela, avoceta, gaviotas como la reidora y la sombría, pagazas piconeras o fumareles. Caminamos.
El silencio es una herramienta y un aliado. Bordeamos la laguna junto a los olivos, saludamos a dos o tres fumigadores que trabajan sobre los acebuches domesticados, paseamos, en silencio. Es esta la única forma de percatarse de todos los sonidos sutiles que nos rodean, a cada paso un chapaleo en el agua, una zambullida, un siseo. Entrevemos los anillos verdosos de una serpiente huyendo del camino principal, un lagarto amarillo de casi medio metro de largo cruzar apenas a cinco pasos, un conejo parado, quieto, estático, en la fronda que rodea la laguna.
De tanto en tanto nos paramos y atendemos, observamos con más detalle y lo que parecían inmóvil se mueve ante nosotros con sutilidad, en un baile único y secreto. Se mecen los juncos y cañaverales, dejando entrever la superficie azul de la laguna. Caminamos por un camino de terrizo utilizado por los tractores, camino que casi forma un perímetro natural en torno a la laguna. Una curva y tras ella, escondido entre las altas hierbas ribereñas, un grupo de flamencos blancos, su gran pico, su aleteo rosa. Sacamos los prismáticos y observamos con atención. Sacamos la cámara y tiramos un par de fotos. Tememos espantarlos. Caminamos despacio, poco a poco, sin hacer ruido. Según nos vamos acercando a ellos, se desplazan sobre el agua, sin aspavientos, sin una explosión de batir de alas, nadando suavemente. Poco a poco se alejan, delicados. Una garza picotea el fondo del agua junto a ellos. Seguimos caminando y la laguna se esconde tras un extenso campo de margaritas, lilas y amapolas enmarcado por los consabidos olivos. Vemos, a lo lejos, el AVE, como una aparición fluida, silenciosa y fugaz cruza el horizonte.
Los aromas son sutiles, dulces, frescos. Aspiramos hondamente. Nos acercamos a la orilla todo lo que nos lo permite el lodo rojizo que rodea toda la laguna. Vemos más gallaretas acuáticas, negras, pico blanco, nadando en uve seguidas de sus polluelos.
Las mariposas liban lilas y margaritas y amapolas y vuelan aquí y allá de forma aparentemente errática. Libélulas azules zumban sobre las plantaciones de cereal.
Pero hay más, más que no vemos, que no llegamos a observar, pero que sabemos está ahí, sumergida, y es que tal y como apunta la Ventana del Visitante: La laguna de la Ratosa tiene interés florístico debido a la riqueza de especies de vegetación sumergida y a la presencia de la rara y amenazada Althenia orientalis, planta acuática que vive en fondos poco profundos.
En las partes despejadas de la laguna, junto a la orilla y dado el carácter salobre de sus aguas, aparecen restos de escamas salinas blancas, como un aviso de la proximidad de los calores veraniegos, de la vida efímera de la Ratosa, de su existencia caprichosa y frágil, sutil. Caminamos.

Despedida

Permanecemos en silencio. Quietos. Intentamos mimetizarnos con el entorno. Nada pasa al principio. Después, poco a poco, la vida retoma sus rutinas ajenas a la presencia humana y comenzamos a escuchar un nuevo cloqueo, un aleteo cadencioso, el zumbido de las libélulas, un trino escondido entre los olivos, el siseo sutil de un reptil, el crujir del ramaje, el susurro de los juncos, el canto de los grillos, nuestra respiración… Hasta formar parte de la fauna de la Ratosa.

Enlaces de interés y consejos útiles

Enlaces de Interés: Tomamos como referencia la página web del Patronato de Turismo de la Costa del Sol y la página web de la Junta de Andalucía, Ventana del Visitante. Para conocer más acerca del municipio en el que se ubica la laguna de la Ratosa, se puede visitar el enlace del Color Azul del Cielo correspondiente a Alameda.

Época: La mejor época para visitar la laguna de la Ratosa es la comprendida entre los meses de febrero y junio, más adelante la laguna cambia debido a la evaporación y lo que es una amplia lámina de agua en primavera se transforma en casi una salina en verano y otoño.

Fotografías: Se muestran en este apartado la colección completa de fotografías correspondientes al post.











Ubicación: En este mapa de Google se puede referencias el lugar exacto de este paraje natural, situado entre Alameda, Humilladero y el municipio sevillano de la Roda de Andalucía.


Ver El Color Azul del Cielo "Espacios Naturales de Málaga" en un mapa más grande